Artículo enciclopédico: caballerías, libros de (novelas)

caballerías, libros de (novelas)


caballerías, libros de (novelas)
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Actualizado: 24/09/2015
  1. Los libros de caballenas constituyen, dentro de la literatura española, un género novelesco que, nacido y divulgado en la Edad Media, logró una enorme y general aceptación en el siglo xvi y cuya degeneración artística llegó a convertirse en algo tan ridículo que provocó la concepción del Quijote de Cervantes, obra que, en una apreciación inmediata y elemental, no es más que una genial parodia de aquellos libros. Son los libros de caballerías unas extensas narraciones en prosa que relatan las hazañas o proezas, llamadas «aventuras», de un ser extraordinario por su valentía, muchas veces portentosa y sobrehumana, que al propio tiempo cifra en él las virtudes del honor, de la lealtad y de la generosidad y que no raramente lucha y vence para enriquecerse de unos méritos que lo hagan digno del amor de la dama en la que ha puesto su afecto.

    Este ser es el «caballero andante», que unas veces vaga solo, o únicamente acompañado de su escudero, por tierras exóticas y fabulosas, luchando contra la maldad, los monstruos o poderes mágicos, y otras veces, al mando de grandes ejércitos o de. nutridas escuadras, guerrea contra poderosas fuerzas de paganos e idólatras, en defensa del ideal cristiano o en apoyo de reinos o imperios sometidos o amenazados por los infieles. El caballero andante lucha contra el mal —opresores de humildes, traidores, ladrones, déspotas, infieles, monstruos malignos como gigantes o dragones—; pero su afán por la acción, por la «aventura», es en él una especie de necesidad vital y un anhelo por imponer su personalidad en el mundo. En los libros de caballerías la acción, por lo general muy variada y rápida, tiene una importancia superior a la psicología o caracterización de los personajes, incluso en el mismo protagonista, pues, salvo contadas y calificadas excepciones, todos los caballeros andantes son iguales: una especie de paradigma de todas las virtudes heroicas y sentimentales.


    Este género tiene sus orígenes en la literatura francesa del siglo xii, en la que aparecen los primeros fomans, o sea novelas, de tipo caballeresco. Dejando aparte los posibles elementos célticos, principalmente galeses, que cierto sector de la crítica considera las fuentes o los originales de algunos de los libros y temas que constituyen la primitiva novela caballeresca francesa, reparemos en que ésta se inicia en los relatos artúricos, o de la llamada «materia de Bretaña», que escribieron en verso el champañés Chrétien de Troyes, cuya producción se sitúa aproximadamente entre los años 1170 y 1190, y con las obras de varios escritores que desarrollaron el apasionante tema de los amores de Tristán e Iseo, de las que se conservan fragmentariamente los textos de Thomas y de Bérould. La novela caballeresca, gracias principalmente a las obras de Chrétien, se sitúa en el ambiente legendario, lejano y exótico de la corte del rey Artús, personaje fabuloso que, gracias a leyendas y patrañas de algunos historiadores, se creía que había reinado en la Gran Bretaña y que aparece como una especie de Carlomagno o de Alejandro el Grande. Una lucida corte de valerosos caballeros y de altas y bellas damas, entre las que destaca la reina Ginebra, rodea al rey Artús; entre aquéllos sobresalen los de la Tabla Redonda (o sea «mesa redonda»), todos ellos ejemplo de valentía y de lealtad. Entre las cinco novelas de Chrétien de Troyes señalemos la titulada El caballero de la carreta, basada en los amores entre Lanzarote del Lago y la reina Ginebra, y El cuento del Grial, una de las obras maestras de la literatura francesa, que tiene por protagonista al joven Perceval, o Parsifal, y desarrolla una bellísima ficción, llena de misterio y de poesía, en la que se compenetran lo caballeresco y lo cristiano, gracias al tema eucaristico del grial y de la lanza de la Pasión.


    Pronto surgieron en Francia una serie de imitadores y de continuadores de las obras de Chrétien de Troyes, primero en verso, pero ya en el siglo xiii en prosa. La literatura caballeresca proliferó enormemente y se convirtió en la lectura predilecta de damas y caballeros, que en ella veían sublimada la esencia de su condición social y su actitud en la vida. En el primer cuarto del siglo xiii, paralelamente a los extensos relatos sobre Tristán, aparece una larguísima narración, con centenares de personajes y multitud de episodios, escrita en una diáfana prosa francesa, que recibe el nombre de Lancelot (por Lanzarote) o de Vulgata, corpus constituido por un conjunto de cinco grandes libros, entre los que destacan los titulados Lanzarote (propiamente dicho), Merlín y la Demanda del Santo Grial. Lo esencial de este extenso relato lo forman las aventuras de Lanzarote, con sus amores con la reina Ginebra y su arrepentimiento, y las hazañas de Galaaz, el hijo de aquél, prototipo de caballero perfecto y sin tacha alguna, tanto desde el punto de vista militar como cristiano, pues por sus virtudes será el predestinado a llevar a feliz término la difícil aventura del Grial. Varios autores, sin duda siguiendo el plan trazado por un ordenador o director, han colaborado en esta vasta novela, en la que dejan profunda huella las ideas místicas de la orden del Císter.


    La Demanda del Santo Grial, el Merlín, el Tristán y otras narraciones caballerescas francesas se divulgaron muy pronto por España, donde a partir del siglo xiii, y sobre todo en el xiv, fueron muy populares y se vertieron a los tres romances de la Península (castellano, catalán y portugués). Su éxito suscitó el nacimiento de la novela de caballería española. Se trata de libros que, más o menos inspirados en los romane franceses, desarrollan temas de invención propia y narran las hazañas de caballeros creados por la fantasía de escritores españoles. Precisamente con un libro de caballerías, el denominado El caballero Cifar, se inicia la creación novelística original en castellano. En él se combinan elementos muy dispares, se enlaza perfectamente una narración de sólida trama aunque concurrida por digresiones didácticas a veces de gran extensión, pero que dan un curioso carácter moralizador y cristiano a la novela. Escrito en los primeros años del siglo xiv por el arcediano de Madrid Ferrand Martínez, El caballero Cifar desarrolla un asunto inspirado en la leyenda de San Eustaquio, trasladada a un ambiente caballeresco, pero se interfiere con dos episodios de tipo mágico y maravilloso: el de la Señora del Lago y el de las Insolas Dotadas o del emperador que jamás reía, que constituyen dos de las narraciones de más inquietante fabulosidad de la literatura castellana medieval. Con frecuencia se ha comparado al escudero del caballero Cifar, llamado «el ribaldo», personaje muy dado a entreverar refranes en su conversación, con Sancho Panza, aunque sin duda el paralelismo es casual, pues Cervantes no parece que conociera esta novela.


    El libro de caballerías español más importante y más famoso es el Amadís de Gaula, que ya gozaba de popularidad en el siglo xiv, pues lo mencionan el Canciller Pero López de Ayala y el poeta Pero Ferruz. Recientemente se han descubierto unos fragmentos del Amadís de principios del siglo xv, en castellano, lo que hace improbable la antigua suposición de que la novela se escribiera originariamente en portugués. A fines del mismo siglo xv el Amadís que conocemos fragmentariamente fue refundido, con más tendencia a abreviarlo que a ampliarlo y modernizando el lenguaje, por un regidor de Medina del Campo llamado Garci Rodríguez (no Ordóñez) de Montalvo, y en esta forma se imprimió en Zaragoza en 1506, edición a la que siguieron muchas otras durante todo el siglo, a pesar de tratarse de un libro muy extenso. Amadís, hijo natural del rey Perión de Gaula, tras haber pasado la infancia escondido, se enamora de la hermosa Oriana, hija del rey Lisuarte de Inglaterra, y por su amor emprende las aventuras propias de un caballero andante, que constituyen un variado conjunto de peripecias y trances heroicos y maravillosos, en el transcurso de los cuales la maga y profetisa Urganda protege al protagonista, al paso que el encantador Arcalaus es su enemigo y genio malo. Una crisis de celos por parte de Oriana provoca la desesperación de Amadís, que se entrega a áspera penitencia en la soledad de la Peña Pobre, adoptando el nombre de Beltenebros. Por fin se reconcilian los dos enamorados y Amadís va a Oriente, donde le acaecen numerosas aventuras, entre ellas su lucha con el endriago, pavoroso dragón, al que vence en la Isla del Diablo, y es victoriosamente recibido en la corte de Constantinopla. Luego se ve precisado a guerrear contra el emperador de Roma, a quien Lisuarte ha entregado a Oriana por esposa. Pero ha habido matrimonio secreto entre Amadís y Oriana, del cual nacerá el caballero Esplandián. El desconocido autor del Amadís de Gaula es un escritor de fina sensibilidad y de grandes facultades expresivas, capaz de fundir la realidad con la fantasía y dar vida a sus personajes. El Lanzar ote francés en prosa y el Tristán constituyen las fuentes más sobresalientes de la obra española.


    A mediados del siglo xv el caballero valenciano Johanot Martorell, hombre dado a las aventuras y a las empresas novelescas y que había viajado por el Mediterráneo y por Inglaterra, escribió una extensa novela titulada Tirant lo Blanch, que en 1511 se publicó traducida al castellano con el título de Tirante el Blanco. La primera parte del libro transcurre en Inglaterra, donde el joven caballero Tirante el Blanco se da a conocer y realiza sus primeras hazañas. Luego se traslada a Sicilia y la novela adquiere un nuevo sesgo, mezcla de alegre ironía y de sensualidad. Hallándose Constantinopla en peligro de caer en manos de los turcos, Tirante se traslada al Imperio griego al mando de una escuadra y no tan sólo consigue grandes victorias, sino también el amor de la princesa Carmesina, hija del emperador bizantino, quien otorgará al héroe las dignidades de César del Imperio. Una tempestad arroja a Tirante a las costas de África, donde gana para el Cristianismo gran número de reinos y bautiza a infinidad de sarracenos en estos largos años en que se ve separado e incomunicado de Grecia y de su dama Carmesina. Por fin regresa a la capital griega, vence nuevamente a los turcos y se desposa con la princesa; pero, con gran sorpresa por parte del lector, cuando todo parecía prometer un final feliz, Tirante muere víctima de una normal enfermedad y Carmesina fenece de pena sobre su cadáver. Lo importante del Tirante el Blanco, y lo que le singulariza respecto a los demás libros de caballerías, es su alegre humor y su verosimilitud, ya que las empresas y hazañas narradas en la novela caen siempre dentro de lo posible y se evita cuidadosamente el elemento maravilloso y mágico. El sabio manejo de la prosa y de los recursos expresivos permiten a Johanot Martorell describir con toda minuciosidad y con notable pormenorización toda suerte de batallas, artificios bélicos, ingeniosidades estratégicas y escenas complicadas, pero al propio tiempo es capaz de evocar todo un ambiente y de trazar una bien perfilada psicología o de dar intensidad a un trance con gran poder literario y con eficacia.


    El Amadís de Gaula, al imprimirse a principios del siglo xvi, abrió una larga y complicada serie de libros de caballerías españoles. Ya en la edición de 1508 antes citada, la refundición de la novela primitiva iba seguida de una continuación, Las sergas de Esplandián, dedicada a relatar las hazañas del hijo de Amadís y de la que es autor original Garci Rodríguez de Montalvo. Pero pronto, dado el éxito de este libro, diversos autores se afanaron en escribir continuaciones del Amadís de Gaula y del Esplandián, acuciados por los impresores, o editores, que advertían el gran éxito de este tipo de narración. Así surgieron los libros titulados Lisuarte de Grecia, Amadís de Grecia, Florisel de Niquea y otros, en los que se describen los hechos de los descendientes de Amadís en un estilo cada vez más amanerado y repitiendo machaconamente aventuras que se van haciendo más inverosímiles y más arbitrarias, lo que supone una auténtica degeneración de este tipo de novela.


    En 1511 aparece, fuera del ciclo de Amadís pero imitándolo, el libro de caballerías llamado Palmerín de Oliva, que también hallará pronto continuadores, entre los que destacan el Primaleón, auténtica joya de la literatura caballeresca, y el Palmerín de Inglaterra, obra madura y bien construida, con momentos de gran belleza y de delicado idealismo, que exalta noblemente el ideal caballeresco. Al lado de estos dos grandes ciclos, el de los Amadises y el de los Palmerines, se imprimen sin cesar, durante todo el siglo xvi, toda suerte de libros de caballerías, entre los que abundan los disparatados, absurdos y escritos en un estilo detestable. Débese este fenómeno a una exigencia de los lectores, que pedían más libros de caballerías. Entre los entusiastas de este género hallamos a personalidades tan relevantes como el emperador Carlos V, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola, pero también a gente llana y humilde y hasta los descubridores y colonizadores de América, que en algunas ocasiones bautizaron las tierras que conquistaban con nombres de la fabulosa y pintoresca toponimia de los libros de caballerías, como ocurre con California y la Patagonia.


    Frente a este tan general entusiasmo de los españoles del siglo xvi por los libros de caballerías se opuso, durante toda esta centuria, la voz de los moralistas y escritores graves, algunos de ellos influidos por el erasmismo, que con gran frecuencia escribieron páginas muy violentas contra este género literario, tildándolo de provocativo de la sensualidad, mentiroso y altamente nocivo para los jóvenes y doncellas. Con palabras muchas veces similares acusaron a los libros de caballerías y condenaron su lectura escritores de la categoría de Luis Vives, fray Antonio de Guevara, Juan de Valdés, Pero Mexía, Diego Gracián, Gonzalo Fernández de Oviedo, Andrés Laguna, Melchor Cano, Arias Montano, fray Luis de Granada, Malón de Chaide y muchos otros. Se trata de grandes personalidades del pensamiento español del siglo xvi que, con rara unanimidad, atacan rigurosamente un género literario que se resiste a perecer porque cuenta con la fidelidad y entusiasmo de un gran número de lectores. Se prohibe que los libros de caballerías vayan a América, pero son enviados con trampas y subterfugios. La voz de los moralistas y las disposiciones oficiales prohibitivas —éstas sólo referentes a América— no lograron la finalidad que se proponían y no consiguieron que los libros de caballerías dejaran de imprimirse y de leerse.


    Esta empresa estaba reservada a Miguel de Cervantes, quien, al iniciarse el siglo xvii, publicó su Don Quijote de la Mancha, parodia tan acertada y tan graciosa de la literatura caballeresca que el género quedó total y definitivamente desacreditado. Después de la publicación del Quijote la impresión y lectura de los libros de caballerías menguan de un modo claro y evidente, con lo que se cumple el propósito tantas veces repetido por Cervantes, quien escribió su gran novela con el fin de «poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías». Todo lector de principios del siglo xvii advertía en el Quijote una constante y graciosa parodia de las novelas caballerescas, que quedaban sumidas en el más bochornoso de los ridículos. De esta suerte Cervantes, con la sátira y la ironía, logró lo que en modo alguno habían conseguido los moralistas y autores graves del siglo anterior con sus ataques serios y razonados. Los libros de caballerías españolas alcanzaron gran éxito y notable difusión en el extranjero, principalmente en Francia y en Italia, y en el siglo xvii algunos de sus temas fueron aprovechados en el teatro español.


    Dejando aparte las muestras degeneradas de este tipo de literatura, es justo conceder que varios de los libros de caballerías, principalmente el Amadís de Gaula, el Tirante el Blanco, el Primaleón y el Palmerín de Inglaterra, son obras de mérito y de interés, con momentos de alta calidad literaria. Y hay que conceder también que el género en sí, con sus tramas sorprendentes, sus episodios maravillosos y mágicos, sus ambientes exóticos y su noble exaltación de la figura del héroe, da a la literatura española, cuyo realismo pasa por ser una de sus características esenciales, una corriente de poético idealismo y de sorprendente maravilla, frutos de una poderosa imaginación.











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