Tomaron sus miembros el nombre de templarios, cuando Balduino II, rey de Jerusalén, los estableció en un emplazamiento próximo al antiguo templo de Salomón. Ya desde la primera Cruzada, formaron la vanguardia del ejército cristiano, por lo que la Iglesia les recompensó espléndidamente, llegando a acumular grandes riquezas, lo que despertó envidias.
La pérdida de San Juan de Acre (1291), último baluarte cristiano en Tierra Santa, privó a la Orden, que contaba a principios del XIV con 15.000 caballeros, de la razón fundamental de su existencia. Todo ello preparó el camino que había de conducir a su desaparición. Felipe IV el Hermoso de Francia y su ministro Nogaret fueron los principales impugnadores de los templarios.
El papa francés Clemente V decretó su abolición en 1312. Convertida en heredera del reino de Aragón junto a las del Hospital y Santo Sepulcro, por el testamento de Alfonso I el Batallador (1134), la Orden del Temple no tuvo, sin embargo, en España la importancia que en otros países
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