A los ataques de Ordoño II de León, que en los años 914, 916 y 918 asoló los territorios musulmanes, respondió con una incursión de represalia, en la que su hágib Badr obtuvo la victoria de Mindonia (918). Dos años más tarde el mismo Abderrahmán, al frente de sus huestes, se apoderó de Osma, destruyó el castillo de San Esteban de Gormaz y venció a los reyes de Navarra y León, coaligados contra él, en la batalla de Vaidejunquera, donde se hizo con un botín inmenso. Al año siguiente, Ordoño II llegó a las puertas de Córdoba y en 923 se apoderó de Nájera, mientras el rey de Navarra se hacía dueño de Viguera. El califa vengó estas derrotas con una incursión a sangre y fuego sobre Pamplona. En Mauritania hizo reconocer su soberanía por el príncipe rifeño Nekor; el mismo acatamiento hubieron de prestar en 929 los estados de Argel y Orán.
El nuevo rey de León, Ramiro II, aprovechando la circunstancia de haberse sublevado una vez más Toledo, corrió en su ayuda, subyugó Madrid (932) y venció a los musulmanes en Osma (933). El califa paró el golpe invadiendo de nuevo Castilla y destruyendo Burgos y otras fortalezas. Para hacer frente a la nueva amenaza, Ramiro II formó una coalición con la reina regente de Navarra, Tota, el gobernador de Zaragoza, Mohamed Ben Hachim, y el Conde de Barcelona, coalición que fue vencida en 937 con la pérdida de Zaragoza, que pasó a poder de Abderrahmán. Continuó éste en 939 su avance hacia el N, pero, abandonado de los nobles musulmanes, descontentos porque había confiado el mando de sus huestes al eslavo Nadja, sufrió tremenda derrota en la batalla de Simancas. Perseguido por Ramiro II hasta Alhandega, quedó tan malparado que a duras penas pudo escapar con vida mientras perdía la suya su
general en jefe. En 955 firmó con los cristianos, divididos por las querellas intestinas que se suscitaron bajo Ordoño III y el conde castellano Fernán González, un tratado de paz.
Como el nuevo rey leonés Sancho I «el Craso» se negara a entregar las plazas estipuladas por el tratado de paz, el califa envió contra él a su general Ahmed, que lo redujo a mandamiento. Destronado Sancho por Ordoño «el Malo», se refugió en Navarra, gobernada a la sazón por su abuela, la regente Tota. Esta, apelando a los buenos oficios de Abderrahmán, pidióle un médico para curar la obesidad de Sancho y un ejército para reponerlo en su trono. El califa hizo ambas cosas. Envió a Pamplona al médico judío Hasdai —gran político y diplomático, que curó a Sancho y logró que éste, con su abuela y su tío, el rey de Navarra, visitaran a Abderrahmán en Córdoba— y mandó un ejército a conquistar León para Sancho (959). Abderrahmán, tras haber enviado un nuevo ejército a talar Susa y Tabarca, en el N de África, murió dos años más tarde.
Su remado constituye el apogeo de la dominación musulmana en España. Administrador excelente, repuso el tesoro que habían agotado sus antecesores y dejó en las arcas públicas 20000000 de monedas de oro. Incrementó el comercio, creó una marina poderosa que se hizo con la hegemonía del Mediterráneo y fomentó la agricultura, la industria, la literatura y la enseñanza. La fama de su grandeza le granjeó el reconocimiento de todos los príncipes, muchos de los cuales —Hugo de Provenza, rey de Italia, el emperador de Oriente Constantino VII y los reyes de Alemania— enviaron a Córdoba, que con su medio millón de habitantes se convirtió en una de las ciudades más espléndidas del mundo, representaciones diplomáticas.
Entre sus descendientes figuran Abderrahmán IV Mortadha, proclamado califa en 1018 y asesinado en 1019. y Abderrahmán V, proclamado en 1023 y asesinado en 1024.
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