A finales del siglo xii aumentó rápidamente el número de sus adeptos, así como la oposición de la Iglesia, hasta que finalmente, en 1208, el papa Inocencio III proclamó una cruzada contra la secta, apoyado por el Rey de Francia. Los albigenses encontraron protección en Raimundo, conde de Tolosa, que se erigió en defensor de su causa. Los nobles del N de Francia, al mando de Simón de Montfort, hicieron armas contra los herejes, que murieron a millares en las persecuciones subsiguientes.
Al conocer Inocencio III las crueldades infligidas a los albigenses, destituyó a su legado Milo por no haber sabido refrenar a los ejércitos de los nobles. También devolvió a Raimundo los territorios confiscados. De nuevo se alzó éste, sin embargo, en favor de los herejes. A su muerte (1222) su hijo Raimundo VII ocupó su lugar frente a Luis VIII, que proseguía la campaña contra los herejes. En los años subsiguientes murieron a millares por ambas partes hasta que, en 1229, capituló Raimundo y fue liberado de los castigos que le esperaban al acceder a pagar un fuerte tributo y a entregar todos sus territorios a Luis IX y a su hermano. Dispersados los albigenses, la Inquisición continuó su labor de exterminar la herejía. Abandonados por los nobles del mediodía francés, encontraron cada vez más difícil celebrar reuniones secretas y ganar nuevos adeptos. La herejía fue decayendo durante el siglo xiii y acabó por desaparecer en el siguiente.
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