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En España aparece ya en el siglo x el del médico árabe español Arib ben Said-el-Kateb, titulado Kitaba-el-Anna y conocido generalmente por Calendario de Córdoba, con datos metereológicos, médicos y agrícolas. Síguenle otros muchos, más o menos pintorescos. El contenido de algunos se anuncia ya en el mismo título, como sucede con el publicado, en Valencia, por Bartolomé Antist, en cuya portada reza: Almanach o pronóstico de los efectos que se esperan según las configuraciones de los planetas y estrellas que han de suceder en diversas partes del mundo y particularmente en el horizonte de Valencia (1580). En otros se recogen hechos históricos memorables, como el famoso Lunari o repertori del temps (1583), compuesto por Joan Ale-many, que nos habla de la conquista de Granada, el descubrimiento del Nuevo Mundo y otros notables eventos, sin olvidar, por supuesto, las conjunciones y oposiciones de la Luna. El poeta Diego de Torres Villarroel (1694-1770) publicó bajo el título El gran Piscator de Salamanca, a imitación de los que se hacían en Italia, una serie de Almanaques en prosa y verso, en que pronosticaba sucesos futuros con tan buena fortuna o acierto que llegó a anunciar a plazo fijo la muerte de Luis I y la Revolución francesa. El kalendario manual (1771), editado en Madrid, prefiere ocuparse de los linajes reales y nobiliarios del país, al parecer con gran acierto, ya que se publica hasta 1815 sin interrupción y prosigue bajo los títulos de Guía de forasteros y Guía oficial de España hasta formar una colección de 130 tomos. Aunque por derroteros totalmente distintos, alcanza no menor fortuna el Almanaque del verdadero zaragozano (1842), de Joaquín Yagüe, que pronostica el tiempo de todos y cada uno de los días del año a los labradores, entre los que sigue gozando de invariable popularidad. Otros de los que acertaron a ganar la carrera del tiempo fue el Calendan Catalá, publicado por Francisco Pelayo de 1864 a 1885 y continuado por Juan Batlle hasta los tiempos modernos. Citaremos aún entre los más conocidos el de Bailly-Bailliere, en realidad una copia del Hachette de París; el Año en la mano, iniciado en Barcelona en 1908, y, como muestra de almanaque científico, el Almanaque Náutico, preparado desde 1792 por el Observatorio Marítimo de San Fernando.
Para más información ver: almanaque.
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