Cantar I: el Destierro del Mio Cid
Rodrigo Díaz, es enviado por el rey Alfonso a cobrar las parias que pagaba el rey moro de Sevilla, y encuentra allá como gran enemigo al conde García Ordóñez, poderoso magnate castellano. El Cid le venció en la batalla de Cabra, y al hacerle prisionero le mesó la barba, afrenta mayor que un caballero podía recibir. A causa de esta descomedida afrenta, sufrió el Cid inmediata desgracia. Al volver a Castilla, es acusado por enemigos cortesanos de haber guardado para sí parte de las parias sevillanas, y el rey Alfonso, airado, le destierra. Alvar Fáñez, sobrino del Cid con los demás parientes y vasallos del héroe parten con él fuera del reino.
Las acusaciones de los mestureros o cizañadores eran falsas; cuando el Cid abandona su casa de Vivar para ir al destierro, sale pobre y tiene que detenerse en Burgos para buscar algún dinero prestado de los judíos Raquel y Vidas. Los vecinos de Burgos compadecen al desterrado, pero no se atreven a hospedarle, porque el rey lo ha prohibido.
El Cid pasa por el monasterio de Cardeña para despedirse de su mujer doña Jimena y de sus dos hijas pequeñas, que allí quedan refugiadas. Atraviesa el Duero por junto a San Esteban de Gormaz y, cuando duerme la última noche en la frontera del reino de Castilla, para entrar en tierra de moros, el ángel Gabriel viene a él en visión para anunciarle ventura en todos los días de su vida. Tal ventura se deriva de la misma injusticia del destierro que, dando independencia a la acción del héroe, le permite alcanzar la grandeza que en obediente servicio del rey nunca hubiese logrado.
Los éxitos del desterrado son al principio penosos y lentos. Se apodera de dos castillos, Castejón en la Alcarria y Alcocer sobre el río Jalón; gana abundantes riquezas; envía a Minaya Álvar Fáñez a Castilla para llevar al rey Alfonso treinta caballos del botín cogido a los moros y otros dones para doña Jimena y para la catedral de Burgos.
El Cid hace tributaria toda la región de Teruel y de Zaragoza con tierras que estaban bajo la protección del conde don Ramón Berenguer de Barcelona. Vence y prende al conde en el pinar de Tévar, pero le pone en libertad generosamente, al cabo de tres días.

Cantar II: las Bodas de las hijas del Cid
El Cid gana a Murviedro y logra apoderarse de Valencia donde da un obispado al clérigo don Jerónimo, venido de Francia. Pero en medio de tanta prosperidad, el dolor del destierro pesaba sobre su alma y se mostraba en su aspecto, pues «por amor del rey Alfonso» que le había echado de su tierra, hizo el solemne voto de dejar su barba crecer intonsa; este descuido de la barba era la mayor señal de tristeza y duelo que los antiguos tenían.
Luego el Cid envía a Minaya con un segundo presente para el rey Alfonso, cien caballos de las recientes victorias, reconociéndose por vasallo y rogándole permita a doña Jimena ir a vivir en Valencia. El rey, que se hallaba en Carrión, da ese permiso, alabando las conquistas del Cid. Los trofeos de las victorias del desterrado despiertan en dos infantes, o jóvenes nobles, de Carrión, pertenecientes a la gran familia de los Vani-Gómez, el deseo de casar con las dos hijas del Cid para disfrutar las riquezas del Campeador; es un deseo vergonzante, porque ellos, hijos de condes, desprecian la humilde casa de Vivar.
Alvar Fáñez lleva a Valencia la mujer y las hijas del Cid; éste las recibe con grandes alegrías, y desde lo alto del alcázar valenciano les muestra satisfecho la gran ciudad con su rica huerta, entregándosela como heredad propia.
Yúcef, rey de Marruecos, quiere apoderarse de Valencia, pero es derrotado y huye mal herido por el Cid. Del inmenso botín de esta batalla, el vencedor envía al rey Alfonso, en reconocimiento de vasallaje, aunque él está desterrado, doscientos caballos con sillas, con frenos y con sendas espadas colgadas de los arzones. El nuevo presente, llevado, como los dos anteriores, por Alvar Fáñez, llega a Valladolid, donde estaba el rey (Valladolid es la ciudad recién repoblada por Pedro Ansúrez, conde de Carrión y cabeza de la familia de los Vani-Gómez); la magnificencia del donativo despierta gran admiración en el rey, a la vez que mortifica la envidia de García Ordóñez y aviva la codicia de los dos infantes de Carrión.
Los dos infantes piden al rey que les trate casamiento con las hijas del Campeador; el rey accede aunque se reconoce con pocos títulos para pedir: To eché de tierra al buen Campeador, / e faciendo yo a él mal y él a mí grand pro, / Del casamiento non sé si s’habrá sabor. Alfonso propone a Minaya avistarse con el Cid para perdonarle el destierro y tratar del casamiento.
El Cid, al oír el mensaje de Alvar Fáñez, muestra disgusto, pues le repugna el orgullo de aquellos infantes, pero al fin consiente el casamiento y acudirá a las vistas.
Las vistas se celebran frente a Toledo, con gran solemnidad. El rey perdona al desterrado públicamente, con vivo pesar de García Ordóñez, y propone y «ruega» el casamiento de los infantes de Carrión con las hijas del Cid, doña Elvira y doña Sol. El Cid repara que sus hijas aún no tienen edad para casarse, pero acata la voluntad del rey. El Campeador se vuelve con los infantes a Valencia donde se celebran las bodas.
Cantar III: la afrenta de Corpes
Los infantes de Carrión dan muestras de gran cobardía, sobre todo en la batalla que el Cid tiene contra el rey Búcar de Marruecos, venido también a recobrar Valencia, el cual queda vencido y muerto. El Cid, piadosamente engañado por los suyos, se muestra satisfecho, porque sus yernos se han estrenado con valentía en la batalla.
El Cid se ve en la plenitud de su poder, pero los infantes de Carrión, que no podían sufrir las disimuladas burlas de que eran objeto por su cobardía, ansían vengarse.
Quieren afrentar al Cid en sus hijas y le piden permiso para irse con ellas a Carrión. El Cid, sin sospechar la maldad, les colma de riquezas, dándoles como ajuar de sus mujeres 3000 marcos, a más de sus dos preciosas espadas, Colada y Tizón, y hace que su sobrino Félez Muñoz vaya con sus primas a Carrión. Los infantes emprenden su viaje pasando por Medinaceli. Pero al llegar al Duero, más allá de San Esteban de Gormaz, en el espeso robledo de Corpes, maltratan cruelmente a doña Elvira y doña Sol, dejándolas allí medio muertas. Félez Muñoz recoge a sus primas abandonadas y de Valencia viene Alvar Fáñez para llevarlas a su padre. El Cid despacha a Muño Gustioz, que pida al rey justicia: «el rey casó mis hijas, no yo; así, la deshonra mía toda es de mi señor».
Condolido el rey, convoca su corte en Toledo. A ella concurren el Cid y los de Carrión, éstos confiados en un poderoso bando de parientes y amigos a cuya cabeza está el conde García Ordóñez. Allí ante la corte, el Cid expone su agravio, obteniendo de los infantes la devolución de las dos espadas, Colada y Tizón, así como la de los 3 000 marcos de ajuar, y por fin exige que la deshonra del robledo de Corpes sea reparada en duelo.
Pedro Bermúdez, Martín Antolínez y Muño Gustioz retan de traidores a los infantes Diego y Fernando y a Asur Gonzáñez (hermano de ellos). En esto, dos mensajeros entran en la corte a pedir las hijas del Cid para mujeres de los infantes herederos del trono de Navarra y de Aragón. El rey otorga tan altos casamientos; y reanudando los retos, ordena que la lid de los tres retadores se haga en las vegas de Carrión.
Allí, en su misma tierra, los infantes quedan vencidos en duelo y confesos como «malos y traidores». El Cid, vengadas jurídicamente sus hijas, casa a doña Elvira y doña Sol, con la mediación del rey Alfonso, haciéndolas señoras de Navarra y de Aragón.
♦ Para más información leer: Cantar de Mio Cid
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