El exterior de éste y muchos otros palacios y mezquitas —ocre o blanco— no puede ser más modesto. Las espaciosas salas aparecen prácticamente desprovistas de mobiliario. En las paredes se ven hornacinas labradas para colocar lámparas y vasos. En los zócalos de los muros brillan los azulejos: amarillos, azules, rojos, dorados, blancos. Sobre esbeltas columnas de mármol blanco, los gráciles arcos de herradura. Forman la decoración temas geométricos, epigráficos y vegetales muy estilizados. Los interiores de estos palacios con sus fuentes y surtidores en el centro de las salas y sus decoraciones de colores brillantes son como una prolongación de los jardines de los patios.
Además de mezquitas, palacios y mausoleos, existen todas las construcciones propias de una civilización que en su día alumbró al mundo, desde Córdoba y Damasco. La fisonomía de las ciudades es muy peculiar. Casas blancas, de muros espesos y escasas aberturas, pródigas de sombra y frescor. Innúmeras terrazas, herméticas durante el día, abiertas por la noche al cielo estrellado y la caricia de la brisa. Calles angostas, profundas, quietas. Patios fragantes, donde se escucha el grato son de la fuente. Todo ello forma parte de la arquitectura que los árabes expandieron por medio mundo en poderoso oleaje cuyo rumor no ha cesado todavía.
Para más información ver: árabe, arquitectura.
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