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Aunque este adjetivo implica ausencia de tonalidad, se denomina música atonal la escrita con el propósito deliberado de evitar toda relación tonal en las composiciones musicales por rechazar la armonía tonal tradicional. Como la música apenas puede existir sin tonalidad o, cuando menos, sin un matiz tonal, semejante atonalidad es un tanto paradójica.
Ofrecen los mejores ejemplos de atonalidad las obras de Arnold Schònberg y de sus discípulos. En este sistema musical que no guarda relación con ningún sistema armónico anterior tienen igual importancia los doce sonidos, es decir, todos los sonidos posibles. Se los coloca en fila o serie, de suerte que ninguno reaparezca hasta haber sido empleados los doce. Además, las posibilidades quedan limitadas por ciertas reglas inventadas por el compositor.
Los continuadores de Schònberg fueron menos rígidos en cuanto a técnicas atonales y al principio dodecafònico. Con frecuencia la combinación de la armonía tradicional y la dodecafònica resulta más satisfactoria. Entre los compositores del grupo vienés formado en torno a Schònberg descuellan Alban Berg, Anton von Webern y Ernst Krenek.
El compositor que más éxitos obtuvo al emplear la escala de tonos enteros fue Debussy. En 1910, Alexander Scriabin, místico e intensamente romántico, ensayó un sistema de armonía basado en la superposición de cuartas en vez de terceras consecutivas. También Schònberg intentó crear acordes de cuartas consecutivas. El interés por el color y el sentimiento substituye a la preocupación por el funcionalismo propio de las relaciones entre los acordes establecido en la música de los primeros tiempos, como seguro presagio de revolucionarios e inminentes cambios musicales.
Históricamente, pues, la atonalidad tiene sus raíces en el repudio de las prácticas normales de la composición. A Schònberg no le agradaba, con cierta justificación, que le llamasen compositor atonal. Schònberg, Berg, Webern y Krenek reciben a veces la denominación de compositores expresionistas, vocablo que procede de la Pintura porque, igual que en ésta, viene implicando la expresión de sentimientos y emociones íntimos del artista.
Ofrecen los mejores ejemplos de atonalidad las obras de Arnold Schònberg y de sus discípulos. En este sistema musical que no guarda relación con ningún sistema armónico anterior tienen igual importancia los doce sonidos, es decir, todos los sonidos posibles. Se los coloca en fila o serie, de suerte que ninguno reaparezca hasta haber sido empleados los doce. Además, las posibilidades quedan limitadas por ciertas reglas inventadas por el compositor.
Los continuadores de Schònberg fueron menos rígidos en cuanto a técnicas atonales y al principio dodecafònico. Con frecuencia la combinación de la armonía tradicional y la dodecafònica resulta más satisfactoria. Entre los compositores del grupo vienés formado en torno a Schònberg descuellan Alban Berg, Anton von Webern y Ernst Krenek.
El compositor que más éxitos obtuvo al emplear la escala de tonos enteros fue Debussy. En 1910, Alexander Scriabin, místico e intensamente romántico, ensayó un sistema de armonía basado en la superposición de cuartas en vez de terceras consecutivas. También Schònberg intentó crear acordes de cuartas consecutivas. El interés por el color y el sentimiento substituye a la preocupación por el funcionalismo propio de las relaciones entre los acordes establecido en la música de los primeros tiempos, como seguro presagio de revolucionarios e inminentes cambios musicales.
Históricamente, pues, la atonalidad tiene sus raíces en el repudio de las prácticas normales de la composición. A Schònberg no le agradaba, con cierta justificación, que le llamasen compositor atonal. Schònberg, Berg, Webern y Krenek reciben a veces la denominación de compositores expresionistas, vocablo que procede de la Pintura porque, igual que en ésta, viene implicando la expresión de sentimientos y emociones íntimos del artista.
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