Los bromuros afectan las zonas motoras y sensitivas de la corteza cerebral y en grandes dosis deprimen los reflejos al perturbar el enlace entre la sensación periférica y el cerebro. Al aminorar la actividad motora del cerebro contrarrestan las convulsiones y reducen el número de ataques epilépticos. Son eficaces en casi el 90 % de los casos de epilepsia, pero a veces se necesitan grandes dosis, hasta de 10 g diarios, para reducir la frecuencia de los ataques. En la terapéutica contra la epilepsia, los bromuros van siendo remplazados por productos con menos efectos secundarios.
Los bromuros se absorben muy rápidamente; una elevada concentración en el estómago puede causar intoxicación, con la consiguiente baja de cloruros. La administración prolongada origina una muy enojosa y molesta afección llamada «bromismo», que puede desembocar en dermatitis y diversas perturbaciones gastrointestinales, mentales y neurológicas. Los bromuros alcalinos y alcalinotérreos se usan en farmacia, los de sodio y potasio se emplean en fotografía y lo de litio y calcio como desecantes industriales.
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