La Iglesia Católica definió en Trento que el ser de Adán fue in deterius commutatum, cambiado en peor, y condenó la herejía luterana que enseñaba la corrupción radical y total y la imposibilidad de evitarla, por lo que todos los actos humanos son pecado. Es doctrina que ha enseñado siempre la Iglesia Católica y que encuentra en nuestra fragilidad apoyo indiscutible.
Las mismas mitologías paganas tienen barruntos de este suceso primordial de la Humanidad, aunque envueltos en las acostumbradas puerilidades indignas que contrastan con la sobriedad, la elevación y la dignidad del relato bíblico, el cual, junto al castigo, hace brillar la misericordia de Dios en la promesa del Redentor y de su Madre Santísima.
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