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(1614-85). Pintor español de la Corte de Carlos II. Nació en Avilés (Asturias), hijo de un hidalgo sin fortuna. Su primera formación artística debió de hacerla en Valladolid, junto a un tío suyo que era igualmente pintor. En Madrid, donde llegó en 1623, estudió con Pedro de las Cuevas y Bartolomé Román, pero su maestro predilecto fue Velázquez, cuyas obras estudió y copió, así como las de Van Dyck. Desde muy joven cultivó la pintura al fresco, en cuya modalidad colaboró frecuentemente con Francisco Rizi, del que fue gran amigo. En 1655 pintó en palacio los frescos del Salón de los Espejos. Introducido en la Corte por Velázquez, fue nombrado pintor de Cámara por Carlos II en 1669 y, dos años después, pintor del rey, del que fue constante y casi único retratista. Habiéndose granjeado el favor del monarca, fue el artista predilecto de palacio y gozó de gran predicamento en la sociedad de su época.
La actividad artística de Carreño presenta dos facetas: la de pintor de temas religiosos y la de retratista. En ambas destacó como gran maestro. Muestran sus composiciones religiosas un cierto sesgo barroco en el movimiento de las formas y ofrecen valientes armonías de color, mientras que sus retratos se caracterizan por la serena elegancia y la nota de distinción que ofrecen las figuras. La fluidez de su pintura revela una técnica suelta y un refinado sentido del color, lo que da a su estilo ese garbo ágil y brioso que le es propio. Dejó abundantes retratos de Carlos II —los más interesantes los que lo representan en edad infantil— y de la reina doña Mariana. Entre sus otras obras se citan frecuentemente una bella Magdalena en el desierto, la Fundación de la Orden de la Trinidad, el Milagro de San Isidoro y Santa Ana enseñando a leer a la Virgen.
La actividad artística de Carreño presenta dos facetas: la de pintor de temas religiosos y la de retratista. En ambas destacó como gran maestro. Muestran sus composiciones religiosas un cierto sesgo barroco en el movimiento de las formas y ofrecen valientes armonías de color, mientras que sus retratos se caracterizan por la serena elegancia y la nota de distinción que ofrecen las figuras. La fluidez de su pintura revela una técnica suelta y un refinado sentido del color, lo que da a su estilo ese garbo ágil y brioso que le es propio. Dejó abundantes retratos de Carlos II —los más interesantes los que lo representan en edad infantil— y de la reina doña Mariana. Entre sus otras obras se citan frecuentemente una bella Magdalena en el desierto, la Fundación de la Orden de la Trinidad, el Milagro de San Isidoro y Santa Ana enseñando a leer a la Virgen.
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