Eran dos en número, elegidos por votación; todo acto censorial requería el refrendo de ambos.
La mayoría de sus poderes era consecuencia de su función original y más importante: confeccionar el censo, generalmente cada cinco años, antes de verificarse la solemne ceremonia de la purificación o lustrum.
Esta tarea correspondió primero a los reyes y después a los cónsules, pero hacia el 443 a. de J.C. pasó a manos de los censores, instituidos para desempeñarla.
El censor romano también tenía la facultad de supervisar la conducta moral y social de los ciudadanos romanos. Tenían la autoridad para censurar y castigar comportamientos considerados inapropiados o inmorales, como la extravagancia en el vestir, la conducta licenciosa o la falta de respeto a las tradiciones y costumbres romanas.
Además, los censores tenían la responsabilidad de mantener el orden público y velar por el cumplimiento de las leyes y normas establecidas en la sociedad romana. Podían imponer multas, confiscar bienes e incluso exiliar a aquellos ciudadanos que consideraban una amenaza para la estabilidad y el buen funcionamiento de la República.
Reservado en principio a los patricios, el cargo pudo ser desempeñado por plebeyos desde el año 351.
Las leyes publilianas de 339 establecían que por lo menos uno de los censores había de ser plebeyo. Su poder de clasificar a los ciudadanos en tribus (suburana, esquilina, collina y palatina) y centurias con derecho a voto en las asambleas puso en sus manos el control de la franquía de hombres y clases; su derecho a redactar las listas de ecuestres y, más tarde, de senadores les permitía dignificar o degradar a los ciudadanos (v. Comicio).
De estos poderes y de su aptitud para estampar un estigma sobre cualquier nombre de las listas derivan sus funciones de guardianes de la moral pública y privada de Roma. También ejercían considerable influencia financiera por estar encargados de redactar el censo territorial; administraban asimismo buena parte de las tierras del Estado.
Lucio Cornelio Sila redujo considerablemente sus atribuciones. Domiciano se nombró a sí mismo censor vitalicio, pero el cargo desapareció prácticamente poco después.
En definitiva, el censor romano era un magistrado con amplios poderes y responsabilidades, encargado de llevar a cabo el censo, clasificar a los ciudadanos, controlar la moral pública y privada, y mantener el orden social en la antigua Roma.
Su figura ejerció una influencia significativa en la vida política, social y económica de la República Romana.
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