El año 75 a. de J.C. se trasladó a Sicilia en calidad de cuestor. Allí se documentó para la acusación que dirigía contra Verres, el año 70 a. de J.C., la cual le ayudaría a avanzar en su carrera política. El año 69 fue elegido edil-curul y a los tres años, pretor. Cinco años más tarde, los aristócratas de Roma le apoyaron para el consulado, que consiguió el año 63. Aunque hábil administrador y el más destacado orador de Roma, fracasó en conseguir el apoyo de la nobleza por haber ejecutado sin juicio previo a los partidarios de Catilina (v. Catilina). El momento fue aprovechado por César y Pompeyo, que, después de concertar el llamado «Primer Triunvirato», depusieron a Cicerón. El año 58 fue enviado al destierro por Clodio con la aprobación de César (v. César, Cayo Julio; Pompeyo el Grande). Al permitírsele regresar el año 57, Cicerón, que se había negado a reconciliarse con César, atacó despiadadamente al futuro dictador, atrayendo hacia sí la amenaza de un segundo destierro. Quizá para calmarse buscó refugio en la literatura y escribió De Oratore (55), De República (54) y De Legibus (52). En la Guerra Civil del año 49 a. de J.C. se unió a Pompeyo, a la sazón el mayor adversario de César, en Grecia, pero se disgustó tanto con su propio partido que regresó a Italia.
Durante el periodo de la dictadura de César se retiró de la política y se dedicó de nuevo a la literatura.
De esta época datan muchas de sus obras más famosas como De partitione oratoria, De finibus y otras. Tras el asesinato de César escribió obras sobre la naturaleza de los dioses, sobre la amistad, sobre los derechos morales y otras materias y, finalmente, regresó a Roma, en cuyo Senado pronunció su famosa primera Filípica contra Antonio. Ésta y la segunda, que circuló poco después, indicaban el apoyo de Cicerón a Octavio contra Antonio. Pronto se formó, sin embargo, una coalición entre Antonio, Octavio y Lépido y, aunque tuvo oportunidad de escapar, Cicerón, siempre vacilante, aplazó la huida demasiado tiempo y fue muerto cerca de Formia por los soldados del triunvirato.
La política romana se caracterizaba por el soborno, las alianzas personales en constante fluctuación y las supercherías. Cicerón, indudablemente capaz, pero presuntuoso y extraordinariamente ambicioso, carecía de penetración para observar los males sociales de Roma. De haberla poseído, habría sido el amo de Roma, como lo fue César, Mejor orador que éste, carecía con frecuencia de atractivo político. Pero el estilo elegante y conciso de Cicerón ejerció enorme influencia literaria y cultural, una influencia que ciertamente fue mucho más duradera que las pequeñas e innobles maquinaciones políticas de la Roma antigua.
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