El primer monasterio fue establecido en el bosque de Citeaux (Cistercium), cerca de Dijon, y fue gobernado de acuerdo con la estricta interpretación de la regla de San Benito (v. Benito, San; Benedictinos).
Con la incorporación a la Orden de San Bernardo de Claraval (1112) se extendió rápidamente por los países occidentales de suerte que, hacia mediados del siglo xiii, existían ya 2000 abadías (v. Bernardo de Claraval, San). Su primer monasterio en Inglaterra fue la abadía de Waverley, en Surrey (1128).
Cuando Enrique VIII suprimió los monasterios existían 75 abadías y 26 conventos de monjas de la Orden en Inglaterra y 11 abadías y 7 conventos de monjas en Escocia.
Las principales abadías francesas fueron las de Claraval y Pontigny. Aunque la Orden se propusiera practicar la verdadera regla de San Benito, sus seguidores empezaron a acumular riquezas y, a medida que éstas aumentaban, disminuía la severidad de sus costumbres. Ante la aparición de tales síntomas de relajamiento, los más ardientes y austeros se separaban de cuando en cuando para fundar por su cuenta nuevas órdenes, entre las cuales fue famosa la de los trapenses (v. Trapenses).
La Orden cayó en decadencia aun antes de la Reforma, al producirse la cual muchos de sus monasterios habían sido ya cerrados. Sin embargo, tuvieron tiempo de contribuir al progreso social mediante el fomento de la agricultura.
En la actualidad sólo conserva la Orden algunos monasterios desparramados por Europa y América.
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