Cualquier muchacho que disponga de espacio para correr ha aprendido por sí mismo el arte de construir cometas, preparando primeramente el armazón de finos listones de madera o bambú fijados mediante tachuelas, para recubrirla luego de papel pegado, y terminar colocando dos, tres o más tirantes de longitud conveniente, que reunidos se atan al extremo de la cuerda arrollada en un carrete. Hasta que la experiencia le enseñe cómo conseguir un vuelo equilibrado, suele agregar a su cometa una cola de trapos. Aun así, su cometa puede darle a conocer el «perverso espíritu» de las cosas inanimadas, precipitándose hacia tierra, rizando el rizo, rompiéndose bruscamente o quedándose enganchada en tejados y tendidos de cables. La construcción y manejo de cometas es toda una lección de habilidad y paciencia que cualquier muchacho puede aprender sin necesidad de maestro.
Las cometas han prestado útiles servicios en la guerra, elevando en el aire dispositivos de señales, cámaras fotográficas, e incluso hombres, como sucedió en la Guerra Ruso-Japonesa. Desde el advenimiento de la guerra aérea se han utilizado como blanco en las maniobras de la artillería antiaérea. El cable de la cometa de Benjamín Franklin condujo a tierra la electricidad de las nubes, lo que constituyó una original y notable experiencia entre las muchas realizadas en el estudio del estado atmosférico. Los meteorólogos las han empleado para elevar sus aparatos de observación. Desde los primeros estudios sobre el vuelo, las cometas han permitido conocer las condiciones atmosféricas y han cooperado al desarrollo de los planeadores, que a su vez hicieron posible el vuelo de los actuales aviones. Existen numerosos tipos diferentes de cometas. Véase Franklin, Benjamín.
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