En su búsqueda de la quintaesencia del naturalismo se interesó por la fotografía y ayudó a la elaboración de dos películas surrealistas, El perro andaluz y La edad de oro. Empleó estéticamente las experiencias visionarias, las reinterpretaciones de la memoria y las deformaciones psicológicas y hasta patológicas que, trasladadas a la pintura, cobraron nuevo sentido. Hacia 1930 empezaron a actuar en él otras influencias más convencionales y fue cuando sus antiguos camaradas denunciaron su técnica como una «técnica ultrarretrógrada y académica». En 1940 se trasladó a Estados Unidos, donde obtuvo grandes éxitos económicos. Siempre conservó una casa en España, donde ejecutó algunas de sus pinturas religiosas más notables, como La Madona de Fort Lligat. En la década de 1950 empezó a diseñar joyas de un estilo fantástico, con gran éxito de público. Escribió también varios libros bien acogidos, como La vida secreta de Salvador Dalí (1942) y 50 secretos de artesanía mágica (1948). Probablemente su cuadro más conocido es La persistencia de la memoria (1931). Véase Surrealismo.
Falta aún perspectiva para enjuiciar, en toda la descomunal dimensión de su potencia creadora, a este curiosísimo fenómeno del siglo xx, que, dentro de sus inagotables recursos para el escándalo y la sorpresa, ha sido el único artista que ha sabido captar, desde los complejos freudianos hasta la fisión de la materia, la trascendente aventura de nuestro mundo atormentado. Egocéntrico (él mismo hablaba de la «maciza arquitectura de su egoísmo» y se definía como «genio ampurdanés»), extravagante (en Londres dio una charla con escafandra porque se proponía descender al subconsciente), contradictorio hasta dar a la paradoja el valor de categoría, sigue asombrando con su polifacetismo —actividades cinematográficas, decorados de ballets, proyectos de construcciones como la neoyorquina Casa del sueño, ilustraciones de libros como las de Don Quijote de la Mancha (1949)— y la alucinante maravilla siempre nueva de sus cuadros: Desintegración de la persistencia de la memoria (1952-54), Máximo dinamismo de la madona de Rafael (1954), Naturaleza muerta viviente (1956), El descubrimiento de América (1958) y, sobre todo, El Cristo de San Juan de la Cruz (Galería de Arte de Glasgow).
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