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(460?-357? a. de J.C.). Filósofo griego presocrático, natural de Abdera (Tracia), por lo que se le denomina frecuentemente «el Abderita».
También fue llamado el «Filósofo burlón», porque se mofaba de las locuras humanas. Su sistema ético, que hacía del placer —moderado por la evitación de excesos— y del cultivo de la templanza, de la rectitud y de la nobleza la finalidad principal de la vida, demuestra que su carácter era más jovial que melancólico.
En este siglo xx sostenía Sigmund Freud que, al margen de lo que debiera ser, el hombre vive en realidad conforme al «principio del placer», suavizado normalmente por lo que llamó «principio de la realidad»; teoría que ofrece sorprendente semejanza con la ética de Demócrito.
Dueño por herencia de vastos bienes, llevó una vida de holgura y se dedicó a acumular conocimientos. Hay autoridades que le consideran el hombre más culto de su época. Según Diógenes Laercio, Demócrito escribió setenta y dos obras sobre Gramática, Física, Matemáticas y Ética, de las cuales sólo han sobrevivido algunos fragmentos. Cuanto se sabe de sus ideas débese al testimonio de otros autores.
En la historia del pensamiento griego se le recuerda como el materialista quizá más consistente. Aunque su teoría atómica deriva parcialmente de las ideas de Leucipo, débese considerar a Demócrito como el verdadero fundador del atomismo (v. Atomismo).
Consideró al Cosmos compuesto únicamente de innúmeras partículas primarias, imperecederas, irreductibles, en agitación constante y perpetua en un espacio necesariamente vacío para permitir su movimiento.
La realidad de una sustancia cualquiera reside en sus átomos; sus cualidades (color, sabor, olor, temperatura, dureza) eran para Demócrito convencionales y esencialmente relativas; la vitalidad de una sustancia depende del movimiento constante de sus átomos constitutivos.
El mundo atomístico de Demócrito está regido por la necesidad mecánica; la intención, el espíritu, la previsión fueron conceptos rigurosamente excluidos de su sistema. Nada existe, nada sucede que no sea totalmente explicable por la necesidad mecánica.
Los dioses existen, decía, pero son mortales y, como los demás seres, están constituidos de átomos, aunque quizá de átomos de materia más pura que la de que el hombre está formado. El alma no es sino un epifenómeno atomístico de un cuerpo atómico y a la muerte perece con ese cuerpo.
Si bien el materialismo y el idealismo son tenidos habitualmente por antagónicos, no cabe duda que el materialismo de Demócrito es, en cierto modo, idealista, en virtud de la serenidad de su universo mecánico.
La idea en Demócrito no regula el mecanismo; es un mecanismo perfectamente ordenado. La vida cómoda de Demócrito le impidió concebir la Naturaleza como caótica, idea central de los puntos de vista de la mayoría de los pesimistas griegos.
Amaba el mundo y la forma en que se agita y podía reírse de las locuras de hombres materialmente menos afortunados que él.
También fue llamado el «Filósofo burlón», porque se mofaba de las locuras humanas. Su sistema ético, que hacía del placer —moderado por la evitación de excesos— y del cultivo de la templanza, de la rectitud y de la nobleza la finalidad principal de la vida, demuestra que su carácter era más jovial que melancólico.
En este siglo xx sostenía Sigmund Freud que, al margen de lo que debiera ser, el hombre vive en realidad conforme al «principio del placer», suavizado normalmente por lo que llamó «principio de la realidad»; teoría que ofrece sorprendente semejanza con la ética de Demócrito.
Dueño por herencia de vastos bienes, llevó una vida de holgura y se dedicó a acumular conocimientos. Hay autoridades que le consideran el hombre más culto de su época. Según Diógenes Laercio, Demócrito escribió setenta y dos obras sobre Gramática, Física, Matemáticas y Ética, de las cuales sólo han sobrevivido algunos fragmentos. Cuanto se sabe de sus ideas débese al testimonio de otros autores.
En la historia del pensamiento griego se le recuerda como el materialista quizá más consistente. Aunque su teoría atómica deriva parcialmente de las ideas de Leucipo, débese considerar a Demócrito como el verdadero fundador del atomismo (v. Atomismo).
Consideró al Cosmos compuesto únicamente de innúmeras partículas primarias, imperecederas, irreductibles, en agitación constante y perpetua en un espacio necesariamente vacío para permitir su movimiento.
La realidad de una sustancia cualquiera reside en sus átomos; sus cualidades (color, sabor, olor, temperatura, dureza) eran para Demócrito convencionales y esencialmente relativas; la vitalidad de una sustancia depende del movimiento constante de sus átomos constitutivos.
El mundo atomístico de Demócrito está regido por la necesidad mecánica; la intención, el espíritu, la previsión fueron conceptos rigurosamente excluidos de su sistema. Nada existe, nada sucede que no sea totalmente explicable por la necesidad mecánica.
Los dioses existen, decía, pero son mortales y, como los demás seres, están constituidos de átomos, aunque quizá de átomos de materia más pura que la de que el hombre está formado. El alma no es sino un epifenómeno atomístico de un cuerpo atómico y a la muerte perece con ese cuerpo.
Si bien el materialismo y el idealismo son tenidos habitualmente por antagónicos, no cabe duda que el materialismo de Demócrito es, en cierto modo, idealista, en virtud de la serenidad de su universo mecánico.
La idea en Demócrito no regula el mecanismo; es un mecanismo perfectamente ordenado. La vida cómoda de Demócrito le impidió concebir la Naturaleza como caótica, idea central de los puntos de vista de la mayoría de los pesimistas griegos.
Amaba el mundo y la forma en que se agita y podía reírse de las locuras de hombres materialmente menos afortunados que él.
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