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La literatura brasileña, al igual que la de los demás países hispanoamericanos, aparece en sus comienzos muy influida por la producción literaria portuguesa y sobre todo española; esta influencia se deja sentir a lo largo de todo el periodo denominado Colonial, que abarca los siglos xvi, xvii y xviii. En esta época suelen citarse las figuras de algunos escritores, que, aunque nacidos en Portugal, visitaron el Brasil y describieron luego las excelencias de aquella tierra, impresionados por su originalidad y belleza. Este es el caso del Padre José de Anchieta, Soares de Souga y Manuel de Nóbrega. La naturaleza y el hombre americano aparecen por primera vez en la poesía portuguesa en el poema épico Prosopopeya (1601) de Bento Teixeira Pinto (1545?-1605?), primer poeta colonial en lengua portuguesa.
El profundo influjo del barroco literario que acusan las letras portuguesas en el siglo xvii se deja sentir igualmente en el Brasil; la ciudad de Bahía, que contaba desde 1549 con una Universidad, fundada por el primer gobernador de Brasil, Tomás Soüza, fue centro de una actividad intelectual muy considerable. Nos encontramos en ella con un grupo de escritores brasileños, que no sólo estudian y admiran a los poetas latinos, italianos e hispanos —sobre todo a Quevedo y Góngora— sino que además se hallan imbuidos de un fuerte sentimiento patriótico y un afán por describir con todo el cariño habitantes, costumbres y flora del país.
En este periodo la oratoria fue uno de los géneros cultivados con preferencia; una de sus figuras más destacadas fue el famoso padre jesuita Antonio Vieira (1608-97), quien en sus eruditos discursos se mostró un temerario defensor de los indios. Su estilo, caracterizado por la repetición, las antítesis, la hipérbole y los latinismos, fue continuado por una serie de oradores, como los jesuitas Antonio de Sá (1620-78) y Eusebio de Mattos (1629-92), y de historiadores como Sebas-tiáo da Rocha Pita (1660-1738) y Nuno Marques Pereira (1652-1728), cuyo Compendio narrativo do peregrino da América (1728). se ha considerado como la primera novela del Brasil.
La misma influencia barroca se dejó sentir en la poesía, como podemos apreciar en la obra de Gregorio de Mattos (1633-96), que junto a una serie de acerbas y duras sátiras de la sociedad de Bahía, dio muestras de una sensibilidad lírica extraordinaria y de un perfecto dominio del portugués, al que enriqueció con palabras y formas idiomáticas nuevas. Otro de los poetas del grupo de Bahía fue Manuel Botelho de Oliveira (1636-1711), autor de un poema al estilo gongorino, Música de Parnaso, en el que describe los cereales y frutas del Brasil.
A partir de la segunda mitad del siglo xviii se dejó sentir en Brasil la influencia de la poesía más bien fría y artificiosa de Italia, Francia y Portugal, así como de las Academias literarias que en estos países se fundaron, si bien los resultados no fueron muy satisfactorios. En Bahía se crearon también algunas Academias al estilo de las europeas, en las que, bajo la protección de los Virreyes, se cultivó un tipo de poesía de sonetos laudatorios dedicados a nobles y reyes, cantos de amor y de elogio, sátiras y elegías. En todo este periodo sólo destacan dos poetas: Manuel de Santa María Itaparica (1704-68) y Antonio José da Silva (1705-39).
Este formalismo literario, en contraste con la realidad de la vida brasileña de la época —tenían lugar por aquel entonces las gestas de los «bandeirantes»—, trajo consigo la decadencia literaria de la ciudad de Bahía, cuyo puesto pasó a ocupar el centro minero de Minas Gerais a partir de la segunda mitad del siglo xviii. Floreció aquí un grupo de poetas «Mineiros», cuya principal figura fue José Basilio Gama (1740-95), autor de una composición en verso blanco, O Uraguay (1796), en la que describe la guerra de España y Portugal contra los indios del Paraguay en 1756. Digno de atención por su utilización de elementos nativos es Santa Rita Durao (1722-84), quien en su célebre poema épico Caramurú (1781) relata el descubrimiento de Bahía por Diogo Alvares Correia, a mediados del siglo xvi. El malestar general que empezaba a sentirse en todo el país y que traería consigo el movimiento revolucionario y la independencia de la nación provocó dentro de este grupo de poetas «Mineiros» una exaltada rebelión, la «Inconfidéncia mineira», en la que muchos poetas fueron sus héroes y víctimas. El gobernador de Minas Gérais, que había sido una de las principales causas de la rebelión, fue satirizado en la obra anónima Cartas Chilenas (1786). Figuras destacadas de este grupo fueron Thomaz Antonio Gon-zaga (1744-1808), autor del célebre poema Marília de Dirceu (1792); Ignacio José de Alvarenga Peixoto (1744-93) y Manuel Ignacio da Silva Alvaren-ga (1749-1814).
A principios del siglo xix el Brasil logró, al igual que los demás países hispanoamericanos, su independencia política. Este hecho no trajo consecuencias tan sólo en el campo económico, sino en el filosófico y literario; el Brasil abrió sus puertas a una serie de ideas y corrientes europeas, entre las que ejerció especial influjo el romanticismo, cuya exaltación de las nacionalidades y culto al hombre primitivo y a la naturaleza virgen encontraron terreno abonado en un país que se hallaba en plena fase de institucionalidad y auto-formación.
En el periodo de la independencia destacan las figuras de dos poetas: José Bonifacio de Andrada e Silva (1763-1838) y Antonio Pereira de Sousa Caldas (1762-1814); en su obra apreciamos ya la exaltación y los sentimientos de patriotismo, libertad y odio típicamente románticos, pero habremos de llegar al periodo inmediatamente posterior a la independencia para encontrar una escuela de eminentes poetas y prosistas que han contribuido a la formación de la literatura nacional propiamente dicha.
El Romanticismo fue el movimiento que más influyó en las letras brasileñas durante esta época, influjo que se prolongó durante más de medio siglo. En lo que a la poesía se refiere, la religiosidad y sentimentalismo del llamado Primer Romanticismo, de Lamartine, hallaron eco en Domingos José Gonçalves de Magalhaes (1811-82), autor de Poesías (1832) y Suspiros poéticos e saudades (1836), y en cierto modo en el más grande poeta romántico del Brasil, Antonio Gonçalves Días (1825-64), cuyas obras I- Juca Pirama, Os Tymbiras, Escrava y Poesías americanas, están impregnadas de un sentimentalismo cristiano y de una suave y vaga melancolía —la «saudade»—, así como de un amor profundo a su tierra y a su raza.
No obstante, esta actitud del Primer Romanticismo fue pronto abandonada y sustituida por un hondo pesimismo sentimental, una desilusión prematura, en una palabra, el «Mal du siècle» o «Weltschmerz» de los románticos franceses y alemanes posteriores, cuyos principales representantes brasileños fueron Manuel Antonio Alvares de Azevedo (1831-52), Casimiro de Abreu, Fagundes Varella, Laurindo Rabello y Jun-queira Freire. Otra tendencia más sana se manifestó en el grupo romántico de la llamada escuela «Condo-reira», que, bajo la dirección de Antonio de Castro Alves (1847-71), mostró una preocupación de tipo social al intentar la abolición de la esclavitud y la implantación de la República.
El Parnasianismo, que surgió como reacción a la poesía melancólica e íntima del Romanticismo, ya que atendía más al aspecto formal y a dar una impresión visual de la belleza, tardó bastante en afianzarse. Por ello encontramos aún una superposición de ambas tendencias en poetas como Luis Guimaraes (1845-98), autor de Corimbos (1869), Filigranas (1872), Sonetos e Rimas (1880), y Joaçrjim Maria Machado de Assis (1839-1909), autor de Crisálidas (1864) y Falenas (1870) y una de las figuras más destacadas de la poesía brasileña. Como parnasianos puros podemos citar a Olavo Bilac (1865-1918), autor de Poesías (1888) y Tarde (1919), Raymundo Correia (1860-1911) y Alberto de Oliveira (1859-1937).
El Simbolismo, que sobrevino como reacción a esta tendencia, volviendo a ensalzar el mundo de las sugestiones vagas, el símbolo, así como el valor del sentimiento íntimo, tanto o más que el aspecto formal del poema, tuvo distinguidos representantes, como Joáo de Cruz e Souza (1862-98), autor de Broquéis (1893), Faráis (1900) y Últimos sonetos (1905), Bernardo da Costa Lopes (1859-1916); Mario Pederneiras (1868-1915); y Alphonsus de Guimaráens (1870-1921), al que se ha considerado verdadero discípulo de Verlaine.
La última tendencia poética, ya en el siglo xx, conocida con el nombre de Modernismo Brasileño, fue inaugurada oficialmente por una conferencia de Graga Aranha en Sao Paulo (1922) y tuvo como características una exaltación de lo nacional y desprecio absoluto de lo europeo, con una apreciación de la modernidad y originalidad en el poeta como ideales máximos de belleza; aunque esta tendencia desembocó en ciertas extravagancias, tuvo en principio algunos representantes notables, como el gran poeta Jorge de Lima (1893-1953), autor de Poemas (1925), Nuovos Poemas (1927), Bangué e Negra Fulo (1928), Tempo e eternidade (1935), en colaboración esta última con Murilo Mendes.
De los demás poetas contemporáneos debemos recordar a Mario de Andrade (1893-1945), Manuel Ban-deira (1886), Emilio Moura, Guilherme de Almeida (1890), Murilo Mendes (1901) y Vinicius de Moraes (1914).
Por lo que respecta a la novela, volviendo a la época romántica, nos encontramos con una serie de escritores que nos dan una visión idealista y exaltada de su país, del paisaje y la raza, visión que, aunque alejada de la realidad, no deja de tener un gran encanto poético. Tal es el caso de José de Al encar (1829-77), autor de O Guarany (1857), Iracema (1865) y Ubirajara (1875). Las primeras manifestaciones de novela realista las encontramos ya en esta época con Manuel Antonio de Almeida (1831-61), autor de Memorias de um Sargento de Milicias (1854).
La novela regional tuvo notables representantes como Bernardo J. Silva Guimaraes (1825-84), autor de Historia e Tradigoes (1872), O ermitáo de Munquém (1871) y Mauricio (1877), cuya acción nos traslada al «Sertáo» o tierras brasileñas del interior, exploradas por los «Bandeirantes». Siguieron esta misma tendencia Franklin Távora (1842-88), Goelho Netto, Af-fonso Arinos, así como el gran novelista Euclides da Cunha (1866-1909), autor de Os Sertoes (1902).
El tránsito del Romanticismo al Realismo en la novela está claramente representado por Affonso d’Es-cragnolle, vizconde de Taunay (1843-99), autor de Retirada da Laguna (1871) e Inocencia (1872). La novela realista, propiamente dicha, fue cultivada por el ya citado Joaquim Maria Machado de Assis, autor de Bras Cubas (1881), Quincas Borba (1891) y Dom Casmu-rro (1900), en las que además muestra su maestría en el arte del análisis psicológico.
El Naturalismo francés ejerció un profundo influjo en los novelistas brasileños, que cultivaron con acierto el «Román Expérimental» de Zola; merece citarse entre los más destacados a Aluízio Azevedo (1857-1913), autor de O mulato (1881), y Júlio Ribeiro (1845-90), que compuso A carne (1888). Un realismo más delicado exhibieron Raúl Pompéia (1863-95) y H. M. Inglez de Souza (1853-1918).
Como puede verse, la novela brasileña a finales del siglo 19 tomó un giro netamente realista y naturalista y en cierto modo regionalista, gracias sobre todo a Euclides da Cunha. Al propio tiempo, Graga Aranha (1868-1913) le dio un carácter nacional y brasileñista, pues con su obra de tesis Chanaan (1901), en la que presenta la discusión de dos personajes sobre la formación de la nación brasileña, consiguió despertar en el mundo entero el interés por la literatura nacional.
Los novelistas más modernos han procurado continuar esta tendencia, describiendo y analizando la vida brasileña, ya sea de la ciudad, del campo o la selva, y en especial de las tierras del Sertao, al NE del país. Digna de tenerse en cuenta en este sentido es la obra de Domingos Olimpo (1850-1906), autor de Luzia-Homen (1903), y Affonso Henrique de Lima Barreto (1881-1922), autor de Recordagoes do escrivao Isaís Caminha (1909), Triste firn de Policarpo Quaresma (1915) y Vida e Morte de J. M. Gonzaga de Sá (1909). Novelistas posteriores que se han distinguido por su descripción de la vida rural y la tierras del NE son José Lins do Regó (1901-57), autor de Menino de engenho (1932), O Moleque Ricardo (1935), Fogo Morto (1943); José Amé-rico de Almeida (1887), autor de A bagaceira (1928); y Graciliano Ramos (1892-1953), que en sus novelas Cahetés (1933), Sao Bernardo (1935), Angùstia (1936) y Vidas Secas (1938) nos da a conocer su absoluto dominio del lenguaje y el análisis psicológico. En cambio, Erico Verissimo (1905) ha preferido describir escenas ciudadanas en sus obras Caminos Cruzados (1935), Um lugar ao sol (1936), Saga (1940), en las que acusa la influencia de otros novelistas europeos, en especial Aldous Huxley. Jorge Amado (1912), mostró en su ciclo de seis novelas de Bahía el apego a su tierra: O país do Carnaval (1931), Cacau (1933), Suor (1934), Jubiabá (1935), Mar Morto (1936) y Capiteles da Areia (1937).
El cuento ha tenido también algunos destacados cultivadores, como Antonio de Alcántara Machado (1901-35) y Marques Rebelo (1907).
Para más información ver: Brasil.
El profundo influjo del barroco literario que acusan las letras portuguesas en el siglo xvii se deja sentir igualmente en el Brasil; la ciudad de Bahía, que contaba desde 1549 con una Universidad, fundada por el primer gobernador de Brasil, Tomás Soüza, fue centro de una actividad intelectual muy considerable. Nos encontramos en ella con un grupo de escritores brasileños, que no sólo estudian y admiran a los poetas latinos, italianos e hispanos —sobre todo a Quevedo y Góngora— sino que además se hallan imbuidos de un fuerte sentimiento patriótico y un afán por describir con todo el cariño habitantes, costumbres y flora del país.
En este periodo la oratoria fue uno de los géneros cultivados con preferencia; una de sus figuras más destacadas fue el famoso padre jesuita Antonio Vieira (1608-97), quien en sus eruditos discursos se mostró un temerario defensor de los indios. Su estilo, caracterizado por la repetición, las antítesis, la hipérbole y los latinismos, fue continuado por una serie de oradores, como los jesuitas Antonio de Sá (1620-78) y Eusebio de Mattos (1629-92), y de historiadores como Sebas-tiáo da Rocha Pita (1660-1738) y Nuno Marques Pereira (1652-1728), cuyo Compendio narrativo do peregrino da América (1728). se ha considerado como la primera novela del Brasil.
La misma influencia barroca se dejó sentir en la poesía, como podemos apreciar en la obra de Gregorio de Mattos (1633-96), que junto a una serie de acerbas y duras sátiras de la sociedad de Bahía, dio muestras de una sensibilidad lírica extraordinaria y de un perfecto dominio del portugués, al que enriqueció con palabras y formas idiomáticas nuevas. Otro de los poetas del grupo de Bahía fue Manuel Botelho de Oliveira (1636-1711), autor de un poema al estilo gongorino, Música de Parnaso, en el que describe los cereales y frutas del Brasil.
A partir de la segunda mitad del siglo xviii se dejó sentir en Brasil la influencia de la poesía más bien fría y artificiosa de Italia, Francia y Portugal, así como de las Academias literarias que en estos países se fundaron, si bien los resultados no fueron muy satisfactorios. En Bahía se crearon también algunas Academias al estilo de las europeas, en las que, bajo la protección de los Virreyes, se cultivó un tipo de poesía de sonetos laudatorios dedicados a nobles y reyes, cantos de amor y de elogio, sátiras y elegías. En todo este periodo sólo destacan dos poetas: Manuel de Santa María Itaparica (1704-68) y Antonio José da Silva (1705-39).
Este formalismo literario, en contraste con la realidad de la vida brasileña de la época —tenían lugar por aquel entonces las gestas de los «bandeirantes»—, trajo consigo la decadencia literaria de la ciudad de Bahía, cuyo puesto pasó a ocupar el centro minero de Minas Gerais a partir de la segunda mitad del siglo xviii. Floreció aquí un grupo de poetas «Mineiros», cuya principal figura fue José Basilio Gama (1740-95), autor de una composición en verso blanco, O Uraguay (1796), en la que describe la guerra de España y Portugal contra los indios del Paraguay en 1756. Digno de atención por su utilización de elementos nativos es Santa Rita Durao (1722-84), quien en su célebre poema épico Caramurú (1781) relata el descubrimiento de Bahía por Diogo Alvares Correia, a mediados del siglo xvi. El malestar general que empezaba a sentirse en todo el país y que traería consigo el movimiento revolucionario y la independencia de la nación provocó dentro de este grupo de poetas «Mineiros» una exaltada rebelión, la «Inconfidéncia mineira», en la que muchos poetas fueron sus héroes y víctimas. El gobernador de Minas Gérais, que había sido una de las principales causas de la rebelión, fue satirizado en la obra anónima Cartas Chilenas (1786). Figuras destacadas de este grupo fueron Thomaz Antonio Gon-zaga (1744-1808), autor del célebre poema Marília de Dirceu (1792); Ignacio José de Alvarenga Peixoto (1744-93) y Manuel Ignacio da Silva Alvaren-ga (1749-1814).
A principios del siglo xix el Brasil logró, al igual que los demás países hispanoamericanos, su independencia política. Este hecho no trajo consecuencias tan sólo en el campo económico, sino en el filosófico y literario; el Brasil abrió sus puertas a una serie de ideas y corrientes europeas, entre las que ejerció especial influjo el romanticismo, cuya exaltación de las nacionalidades y culto al hombre primitivo y a la naturaleza virgen encontraron terreno abonado en un país que se hallaba en plena fase de institucionalidad y auto-formación.
En el periodo de la independencia destacan las figuras de dos poetas: José Bonifacio de Andrada e Silva (1763-1838) y Antonio Pereira de Sousa Caldas (1762-1814); en su obra apreciamos ya la exaltación y los sentimientos de patriotismo, libertad y odio típicamente románticos, pero habremos de llegar al periodo inmediatamente posterior a la independencia para encontrar una escuela de eminentes poetas y prosistas que han contribuido a la formación de la literatura nacional propiamente dicha.
El Romanticismo fue el movimiento que más influyó en las letras brasileñas durante esta época, influjo que se prolongó durante más de medio siglo. En lo que a la poesía se refiere, la religiosidad y sentimentalismo del llamado Primer Romanticismo, de Lamartine, hallaron eco en Domingos José Gonçalves de Magalhaes (1811-82), autor de Poesías (1832) y Suspiros poéticos e saudades (1836), y en cierto modo en el más grande poeta romántico del Brasil, Antonio Gonçalves Días (1825-64), cuyas obras I- Juca Pirama, Os Tymbiras, Escrava y Poesías americanas, están impregnadas de un sentimentalismo cristiano y de una suave y vaga melancolía —la «saudade»—, así como de un amor profundo a su tierra y a su raza.
No obstante, esta actitud del Primer Romanticismo fue pronto abandonada y sustituida por un hondo pesimismo sentimental, una desilusión prematura, en una palabra, el «Mal du siècle» o «Weltschmerz» de los románticos franceses y alemanes posteriores, cuyos principales representantes brasileños fueron Manuel Antonio Alvares de Azevedo (1831-52), Casimiro de Abreu, Fagundes Varella, Laurindo Rabello y Jun-queira Freire. Otra tendencia más sana se manifestó en el grupo romántico de la llamada escuela «Condo-reira», que, bajo la dirección de Antonio de Castro Alves (1847-71), mostró una preocupación de tipo social al intentar la abolición de la esclavitud y la implantación de la República.
El Parnasianismo, que surgió como reacción a la poesía melancólica e íntima del Romanticismo, ya que atendía más al aspecto formal y a dar una impresión visual de la belleza, tardó bastante en afianzarse. Por ello encontramos aún una superposición de ambas tendencias en poetas como Luis Guimaraes (1845-98), autor de Corimbos (1869), Filigranas (1872), Sonetos e Rimas (1880), y Joaçrjim Maria Machado de Assis (1839-1909), autor de Crisálidas (1864) y Falenas (1870) y una de las figuras más destacadas de la poesía brasileña. Como parnasianos puros podemos citar a Olavo Bilac (1865-1918), autor de Poesías (1888) y Tarde (1919), Raymundo Correia (1860-1911) y Alberto de Oliveira (1859-1937).
El Simbolismo, que sobrevino como reacción a esta tendencia, volviendo a ensalzar el mundo de las sugestiones vagas, el símbolo, así como el valor del sentimiento íntimo, tanto o más que el aspecto formal del poema, tuvo distinguidos representantes, como Joáo de Cruz e Souza (1862-98), autor de Broquéis (1893), Faráis (1900) y Últimos sonetos (1905), Bernardo da Costa Lopes (1859-1916); Mario Pederneiras (1868-1915); y Alphonsus de Guimaráens (1870-1921), al que se ha considerado verdadero discípulo de Verlaine.
La última tendencia poética, ya en el siglo xx, conocida con el nombre de Modernismo Brasileño, fue inaugurada oficialmente por una conferencia de Graga Aranha en Sao Paulo (1922) y tuvo como características una exaltación de lo nacional y desprecio absoluto de lo europeo, con una apreciación de la modernidad y originalidad en el poeta como ideales máximos de belleza; aunque esta tendencia desembocó en ciertas extravagancias, tuvo en principio algunos representantes notables, como el gran poeta Jorge de Lima (1893-1953), autor de Poemas (1925), Nuovos Poemas (1927), Bangué e Negra Fulo (1928), Tempo e eternidade (1935), en colaboración esta última con Murilo Mendes.
De los demás poetas contemporáneos debemos recordar a Mario de Andrade (1893-1945), Manuel Ban-deira (1886), Emilio Moura, Guilherme de Almeida (1890), Murilo Mendes (1901) y Vinicius de Moraes (1914).
Por lo que respecta a la novela, volviendo a la época romántica, nos encontramos con una serie de escritores que nos dan una visión idealista y exaltada de su país, del paisaje y la raza, visión que, aunque alejada de la realidad, no deja de tener un gran encanto poético. Tal es el caso de José de Al encar (1829-77), autor de O Guarany (1857), Iracema (1865) y Ubirajara (1875). Las primeras manifestaciones de novela realista las encontramos ya en esta época con Manuel Antonio de Almeida (1831-61), autor de Memorias de um Sargento de Milicias (1854).
La novela regional tuvo notables representantes como Bernardo J. Silva Guimaraes (1825-84), autor de Historia e Tradigoes (1872), O ermitáo de Munquém (1871) y Mauricio (1877), cuya acción nos traslada al «Sertáo» o tierras brasileñas del interior, exploradas por los «Bandeirantes». Siguieron esta misma tendencia Franklin Távora (1842-88), Goelho Netto, Af-fonso Arinos, así como el gran novelista Euclides da Cunha (1866-1909), autor de Os Sertoes (1902).
El tránsito del Romanticismo al Realismo en la novela está claramente representado por Affonso d’Es-cragnolle, vizconde de Taunay (1843-99), autor de Retirada da Laguna (1871) e Inocencia (1872). La novela realista, propiamente dicha, fue cultivada por el ya citado Joaquim Maria Machado de Assis, autor de Bras Cubas (1881), Quincas Borba (1891) y Dom Casmu-rro (1900), en las que además muestra su maestría en el arte del análisis psicológico.
El Naturalismo francés ejerció un profundo influjo en los novelistas brasileños, que cultivaron con acierto el «Román Expérimental» de Zola; merece citarse entre los más destacados a Aluízio Azevedo (1857-1913), autor de O mulato (1881), y Júlio Ribeiro (1845-90), que compuso A carne (1888). Un realismo más delicado exhibieron Raúl Pompéia (1863-95) y H. M. Inglez de Souza (1853-1918).
Como puede verse, la novela brasileña a finales del siglo 19 tomó un giro netamente realista y naturalista y en cierto modo regionalista, gracias sobre todo a Euclides da Cunha. Al propio tiempo, Graga Aranha (1868-1913) le dio un carácter nacional y brasileñista, pues con su obra de tesis Chanaan (1901), en la que presenta la discusión de dos personajes sobre la formación de la nación brasileña, consiguió despertar en el mundo entero el interés por la literatura nacional.
Los novelistas más modernos han procurado continuar esta tendencia, describiendo y analizando la vida brasileña, ya sea de la ciudad, del campo o la selva, y en especial de las tierras del Sertao, al NE del país. Digna de tenerse en cuenta en este sentido es la obra de Domingos Olimpo (1850-1906), autor de Luzia-Homen (1903), y Affonso Henrique de Lima Barreto (1881-1922), autor de Recordagoes do escrivao Isaís Caminha (1909), Triste firn de Policarpo Quaresma (1915) y Vida e Morte de J. M. Gonzaga de Sá (1909). Novelistas posteriores que se han distinguido por su descripción de la vida rural y la tierras del NE son José Lins do Regó (1901-57), autor de Menino de engenho (1932), O Moleque Ricardo (1935), Fogo Morto (1943); José Amé-rico de Almeida (1887), autor de A bagaceira (1928); y Graciliano Ramos (1892-1953), que en sus novelas Cahetés (1933), Sao Bernardo (1935), Angùstia (1936) y Vidas Secas (1938) nos da a conocer su absoluto dominio del lenguaje y el análisis psicológico. En cambio, Erico Verissimo (1905) ha preferido describir escenas ciudadanas en sus obras Caminos Cruzados (1935), Um lugar ao sol (1936), Saga (1940), en las que acusa la influencia de otros novelistas europeos, en especial Aldous Huxley. Jorge Amado (1912), mostró en su ciclo de seis novelas de Bahía el apego a su tierra: O país do Carnaval (1931), Cacau (1933), Suor (1934), Jubiabá (1935), Mar Morto (1936) y Capiteles da Areia (1937).
El cuento ha tenido también algunos destacados cultivadores, como Antonio de Alcántara Machado (1901-35) y Marques Rebelo (1907).
Para más información ver: Brasil.
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