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Una teoría constituye una especie de cuadro en que aparecen ordenados determinados fenómenos observados por los hombres de ciencia. Tal sucede con la teoría de la Evolución, que encierra el pensamiento de multitud de biólogos, antiguos y modernos, porque en el fondo sus conclusiones no son nada nuevas. Observando las plantas y animales se advierte que algunos son muy semejantes entre sí. Por ejemplo, el león, el tigre, el leopardo y el gato son claramente mucho más parecidos entre sí que cualquiera de ellos con respecto a una vaca. Un pequeño estudio demostrará que una vaca es más semejante a un antílope que a un cerdo y más a éste que a una ballena. Parece razonable suponer que los animales semejantes estén relacionados entre sí; y estar relacionados significa, entre los animales como entre los seres humanos, que proceden de un tronco común antecesor. Estas sencillas verdades se ofrecieron probablemente a los primeros observadores, pero no parecen haber sido presentadas como una «teoría de la evolución» hasta el siglo vi a. de J.C., en que Anaximandro apuntó la idea de que las formas de vida superiores procedían de otras inferiores. Doscientos años más tarde Aristóteles aprobó las ideas de Anaximandro.
A la ciencia primitiva interesó principalmente la respuesta a la pregunta «¿qué?». La idea de la evolución contestaba satisfactoriamente a esta pregunta: «¿qué puede explicar la relación evidente entre los seres vivos?». A finales del siglo xviii y principios del xix, la ciencia dirigió más la atención hacia la cuestión, «¿cómo?». El «¿cómo?» de la evolución suscitó no pocos conflictos. Jean Lamarck creyó, como muchos de su época, que las diferencias entre animales similares eran debidas a su ambiente. Esta creencia condujo a la teoría de la transmisión por herencia de las características adquiridas. Se suponía que un animal, en el transcurso de su vida, modificábase físicamente para adaptarse mejor a su ambiente y que sus cambios físicos se transmitían a sus descendientes. Muchos en el siglo xix trataron de probar esta teoría cultivando plantas y animales bajo condiciones modificadoras de su forma. En tales experimentos se pretendía transmitir los cambios formales a la descendencia, pero ninguno de ellos resistió la prueba del tiempo. El intento realizado por Trofim Lysenko de resucitar semejante teoría partiendo de experimentos sobre plantas parece haber tenido un alcance político más bien que científico.
A mediados del siglo xix, Charles Darwün y Alfred Wallace, bien versados ambos en los fenómenos evolutivos, lanzaron la nueva teoría de la selección natural. Esta teoría se basaba en el hecho de que los retoños de plantas y animales nunca eran semejantes a sus progenitores. Los que diferían de éstos en una forma que los adaptara mejor al medio tenían más probabilidades de sobrevivir y desarrollarse. Esta teoría, que se mantuvo firme ante las pruebas a que fue sometida, constituye la base de la ciencia biológica actual y aparece como promotora de la mayor parte de los descubrimientos modernos. Por ejemplo, no se hubiera descubierto la penicilina si Sir Alexander Fleming no se hubiera preguntado por qué un moho es capaz de sobrevivir mejor que una bacteria.
Luego vinieron —o surgieron de él— muchas otras teorías en apoyo del concepto evolutivo. La teoría de la generación espontánea suponía que los seres vivos procedían de la materia muerta. Anaximandro pretendió que toda vida procedía de una especie de poso cenagoso. Aristóteles fue más lejos aún al escribir que los gusanos procedían de la carne muerta, las moscas de las basuras, etc. Las enseñanzas de Aristóteles arraigaron tanto que hasta el siglo xvii no se puso en tela de juicio esta teoría. Se demostró entonces que los gusanos provenían de huevos de mosca depositados en la carne en descomposición y no de la misma carne corrompida. Esta fue la primera de la larga serie de experiencias que culminaron en la demostración por Louis Pasteur de que las bacterias solamente podían originarse de otras bacterias vivas. Por errónea que fuera la teoría de la generación espontánea, hizo que la biología se convirtiera en ciencia experimental. La demostración de su falsedad condujo inmediatamente al concepto de la esterilización y la asepsia que hicieron posible la actual Cirugía.
La teoría de la recapitulación sostuvo que una planta o animal recorre en su desarrollo todas las fases de su evolución. Se da como ejemplo la rana, cuya larva, pez en todos los sentidos, significaría que este anfibio procede originariamente de un pez. En esta teoría, aparentemente cierta, se presentan demasiadas excepciones para que sea aceptada como ley. El estudio de la Embriología permitió formular la teoría de la capa-germen y la teoría germen-célula-continuidad. La primera sostiene que las tres capas que se manifiestan en el desarrollo de los animales superiores son una prueba de la evolución a partir de un antecesor común. La segunda se basa en el hecho de que las células reproductoras aparecen muy pronto en el embrión en desarrollo. Se sugiere que la célula germen no pierde su identidad y es, en realidad, el animal. El resto del cuerpo es meramente un temporáneo alojamiento de la célula germen continua e «inmortal».
Las teorías del gen y la herencia mendeliana constituyen simples intentos ulteriores de explicar los fenómenos evolutivos (v. Mendel, Gregor) . El gen es una unidad de herencia que se aloja en el núcleo. Se cree que todo carácter transmisible por herencia en las plantas o animales tiene su gen correspondiente, responsable de la transmisión del carácter de padres a hijos. Se desconoce lo que son los genes. Las leyes de herencia mendeliana suponen un mero intento de reducir el problema de la herencia a fórmulas matemáticas. Véase Célula; Genética; Herencia.
La teoría del campo biológico representa un nuevo paso adelante en el problema de los seres vivos. Han observado los embriólogos que ciertos grupos de células afectan a otras células con las que no se encuentran en contacto directo; o que la posición de un grupo de células en un embrión determina lo que han de ser estas células. Se ha demostrado que tales efectos no se deben a sustancia química alguna. El hecho sugirió que tales grupos de células deben tener un campo en su torno capaz de ejercer influencia sobre las células comprendidas en dicho campo. No ha merecido aprobación el supuesto natural de que ese campo sea eléctrico. Si no ha sido rechazada la sugerencia de que las células emiten rayos que afectan a las células próximas, es, en cambio, totalmente falsa la pretensión de que tales rayos formen parte del espectro electromagnético. Semejante situación deja libre el campo a la posibilidad de que los seres vivos estén rodeados de un campo no definible con el lenguaje de la física y química modernas.
Para más información ver: biología.
A la ciencia primitiva interesó principalmente la respuesta a la pregunta «¿qué?». La idea de la evolución contestaba satisfactoriamente a esta pregunta: «¿qué puede explicar la relación evidente entre los seres vivos?». A finales del siglo xviii y principios del xix, la ciencia dirigió más la atención hacia la cuestión, «¿cómo?». El «¿cómo?» de la evolución suscitó no pocos conflictos. Jean Lamarck creyó, como muchos de su época, que las diferencias entre animales similares eran debidas a su ambiente. Esta creencia condujo a la teoría de la transmisión por herencia de las características adquiridas. Se suponía que un animal, en el transcurso de su vida, modificábase físicamente para adaptarse mejor a su ambiente y que sus cambios físicos se transmitían a sus descendientes. Muchos en el siglo xix trataron de probar esta teoría cultivando plantas y animales bajo condiciones modificadoras de su forma. En tales experimentos se pretendía transmitir los cambios formales a la descendencia, pero ninguno de ellos resistió la prueba del tiempo. El intento realizado por Trofim Lysenko de resucitar semejante teoría partiendo de experimentos sobre plantas parece haber tenido un alcance político más bien que científico.
A mediados del siglo xix, Charles Darwün y Alfred Wallace, bien versados ambos en los fenómenos evolutivos, lanzaron la nueva teoría de la selección natural. Esta teoría se basaba en el hecho de que los retoños de plantas y animales nunca eran semejantes a sus progenitores. Los que diferían de éstos en una forma que los adaptara mejor al medio tenían más probabilidades de sobrevivir y desarrollarse. Esta teoría, que se mantuvo firme ante las pruebas a que fue sometida, constituye la base de la ciencia biológica actual y aparece como promotora de la mayor parte de los descubrimientos modernos. Por ejemplo, no se hubiera descubierto la penicilina si Sir Alexander Fleming no se hubiera preguntado por qué un moho es capaz de sobrevivir mejor que una bacteria.
Luego vinieron —o surgieron de él— muchas otras teorías en apoyo del concepto evolutivo. La teoría de la generación espontánea suponía que los seres vivos procedían de la materia muerta. Anaximandro pretendió que toda vida procedía de una especie de poso cenagoso. Aristóteles fue más lejos aún al escribir que los gusanos procedían de la carne muerta, las moscas de las basuras, etc. Las enseñanzas de Aristóteles arraigaron tanto que hasta el siglo xvii no se puso en tela de juicio esta teoría. Se demostró entonces que los gusanos provenían de huevos de mosca depositados en la carne en descomposición y no de la misma carne corrompida. Esta fue la primera de la larga serie de experiencias que culminaron en la demostración por Louis Pasteur de que las bacterias solamente podían originarse de otras bacterias vivas. Por errónea que fuera la teoría de la generación espontánea, hizo que la biología se convirtiera en ciencia experimental. La demostración de su falsedad condujo inmediatamente al concepto de la esterilización y la asepsia que hicieron posible la actual Cirugía.
La teoría de la recapitulación sostuvo que una planta o animal recorre en su desarrollo todas las fases de su evolución. Se da como ejemplo la rana, cuya larva, pez en todos los sentidos, significaría que este anfibio procede originariamente de un pez. En esta teoría, aparentemente cierta, se presentan demasiadas excepciones para que sea aceptada como ley. El estudio de la Embriología permitió formular la teoría de la capa-germen y la teoría germen-célula-continuidad. La primera sostiene que las tres capas que se manifiestan en el desarrollo de los animales superiores son una prueba de la evolución a partir de un antecesor común. La segunda se basa en el hecho de que las células reproductoras aparecen muy pronto en el embrión en desarrollo. Se sugiere que la célula germen no pierde su identidad y es, en realidad, el animal. El resto del cuerpo es meramente un temporáneo alojamiento de la célula germen continua e «inmortal».
Las teorías del gen y la herencia mendeliana constituyen simples intentos ulteriores de explicar los fenómenos evolutivos (v. Mendel, Gregor) . El gen es una unidad de herencia que se aloja en el núcleo. Se cree que todo carácter transmisible por herencia en las plantas o animales tiene su gen correspondiente, responsable de la transmisión del carácter de padres a hijos. Se desconoce lo que son los genes. Las leyes de herencia mendeliana suponen un mero intento de reducir el problema de la herencia a fórmulas matemáticas. Véase Célula; Genética; Herencia.
La teoría del campo biológico representa un nuevo paso adelante en el problema de los seres vivos. Han observado los embriólogos que ciertos grupos de células afectan a otras células con las que no se encuentran en contacto directo; o que la posición de un grupo de células en un embrión determina lo que han de ser estas células. Se ha demostrado que tales efectos no se deben a sustancia química alguna. El hecho sugirió que tales grupos de células deben tener un campo en su torno capaz de ejercer influencia sobre las células comprendidas en dicho campo. No ha merecido aprobación el supuesto natural de que ese campo sea eléctrico. Si no ha sido rechazada la sugerencia de que las células emiten rayos que afectan a las células próximas, es, en cambio, totalmente falsa la pretensión de que tales rayos formen parte del espectro electromagnético. Semejante situación deja libre el campo a la posibilidad de que los seres vivos estén rodeados de un campo no definible con el lenguaje de la física y química modernas.
Para más información ver: biología.
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