Más actividad todavía que los poetas mostraron los gramáticos, que salvaron del olvido las obras maestras de la literatura griega. Entre ellos brillaron Zenodoto de Éfeso, Aristófanes de Bisancio y Aristarco de Samotracia, que compilaron las obras entonces existentes, prepararon y corrigieron los textos y los transmitieron a las generaciones futuras. El geómetra Euclides, los geógrafos Erastótenes y Tolomeo y el astrónomo Hipaíco pusieron aquí los cimientos y extendieron las fronteras de sus ciencias respectivas. Alejandría fue sede asimismo de la erudición judía, una escuela de pensamiento que cayó bajo la influencia de la filosofía griega y cuyo maestro más ilustre fue Filón. Alejandría, la última fortaleza del paganismo, llegó a ser a su vez la ciudadela del Cristianismo a través de sus famosos exponentes, Clemente y Orígenes, grandes maestros, y de Atanasio, padre de la Iglesia griega y patriarca de la ciudad. Fue en Alejandría, por añadidura, donde se realizó la versión del Antiguo Testamento (del hebreo al griego), llamada de los Setenta.
Filosofía alejandrina. Se caracteriza por una mezcla de las filosofías de Oriente y Occidente y por una tendencia general hacia el eclecticismo, o sea, un empeño por reconciliar sistemas de especulación en conflicto, coordinar lo que hay en cada uno de verdad. Los más famosos representantes de esta escuela fueron los neoplatónicos. Combinando los conceptos religiosos de Oriente con la dialéctica griega, representan la pugna de la antigua civilización con el cristianismo; su sistema, por tal motivo, no dejó de influir en la forma que asumieron en Egipto los dogmas cristianos. La amalgama de las ideas orientales con las cristianas dio paso al sistema de los gnósticos, elaborado, principalmente en Alejandría.
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