Llamado por Monck, entró triunfalmente en Londres el 29 de mayo de 1660. El pueblo, harto de las restricciones a que había sido sometido por los puritanos, recibió al monarca —que ya había adquirido fama de libertino— con el mayor entusiasmo (v. Inglaterra, Historia, La Restauración). Aunque la Restauración fue tan completa que el repuesto rey heredó todas las prerrogativas reales cuya abolición tanta sangre costara, sus primeras medidas fueron prudentes y conciliadoras. Nombró a Lord Clarendon primer ministro (v. Clarendon, Conde de). Decretó una amnistía general que solamente excluía a los que habían intervenido directamente en la muerte de su padre. Aunque trató de aparecer como un monarca tolerante, sus preferencias por la religión anglicana y la persecución de que hicieron objeto al presbiterianismo sus ministros, motivaron el resurgimiento del descontento en gran parte del país. En 1662 casó con Catalina de Braganza, con lo que se comprometía tácitamente a apoyar a Portugal contra España (v. Catalina de Braganza). La boda no hizo variar sus costumbres licenciosas, que pronto le causarían dificultades económicas. La venta en 1662 de Dunkerque a Francia, cuyo rey le pasaba un subsidio regular a cambio de su neutralidad, si no de su apoyo, fue una de las primeras y más impopulares medidas con que trató de solventar sus apuros económicos.
En 1664 la expansión comercial y algunas diferencias políticas motivaron la guerra con Holanda. Los encuentros fueron de resultado incierto, pero, debilitada la nación por la Gran Peste (1665) y por el incendio de Londres (1666), Inglaterra se vio obligada a negociar la paz cuando una flota holandesa realizó una incursión por el Támesis y dio fuego a varias naves inglesas en el Medway. El Parlamento exigía algún sacrificio por parte de Carlos, quien gustoso consintió en desterrar a Clarendon, tanto más cuanto que las censuras del consejero a su vida libertina comenzaban a cansarle.
Libre de las riendas del primer ministro, Carlos se dispuso a gobernar por sí solo. El régimen parlamentario no le era grato y pensó que le sería fácil instaurar una monarquía absoluta uniendo a católicos y disidentes con el apoyo financiero de Luis XIV de Francia. Aunque a partir de este momento retiró toda su confianza a los ministros, fue en esta época cuando, paradójicamente apareció la Cábala, grupo de cinco políticos poco escrupulosos que le ayudaron a independizarse del Parlamento. En 1668 firmó una alianza tripartita (v. Triple alianza) con Holanda y Suecia, mero disfraz con que pretendía encubrir su verdadero deseo de apaciguar a Luis XIV, con el que celebró el tratado secreto de Dover (1676). El pacto entregaba Inglaterra a la influencia francesa y a la guerra con Holanda a cambio de ayuda en hombres y dinero franceses. A pesar de todo, en 1674, se vio obligado a firmar la paz con Holanda; más tarde (1677), contentó a sus súbditos negociando el matrimonio de su sobrina, la princesa María, con Guillermo de Orange.
En 1678 fue «descubierta» una conspiración católica para asesinar al Rey e implantar el catolicismo en Inglaterra (v. Oates, Titus). Aunque todo el mundo sabía que la supuesta conjura no era sino una invención, la plebe y el Parlamento se rasgaron las vestiduras. Para calmar a los protestantes, Carlos ordenó la detención de destacados católicos y no tuvo el menor gesto para impedir que varios fueran ahorcados o decapitados. El hermano de Carlos, Jacobo, duque de York y notorio católico, se retiró a Bruselas. Entonces el Parlamento promulgó una ley de exclusión, que le apartaba de la sucesión al trono.
Entre 1678 y 1681, Carlos convocó tres Parlamentos, que disolvió rápidamente, hasta que, al igual que su padre, decidió gobernar prescindiendo de tan molesta asamblea. La pérdida de libertad que implicaba este acuerdo originó un estado de tensión en todo el país que dio lugar a un intento frustrado de asesinar al
Rey en 1683. Desde la restauración hasta su muerte, toda la táctica política de Carlos tendió a evitar la vuelta al exilio. A su muerte era uno de los monarcas más absolutistas de Europa. De haber sido más activo hubiese llegado a establecer una tiranía aun más firme en Inglaterra; pero, víctima del sensualismo, al fin de sus días era indiferente a todo salvo a sus propios placeres.
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