Luego viene la violación de la partición por García y la reacción de Sancho, que le despoja de Galicia, arrebata seguidamente León a su otro hermano don Alfonso y envía al Cid a Zamora para que gestione la venta o cambio de la plaza. Doña Urraca le recibe con airadas palabras: «Afuera, afuera, Rodrigo / el soberbio castellano! / Acordársete debía / de aquel tiempo ya pasado / ...Mi padre te dio las armas, / mi madre te dio el caballo, / yo te calcé las espuelas / porque fueses más honrado.»
En la ciudad cunde la desolación. Uno de los nobles, Bellido Dolfos, sale de la ciudad. Faltando a la verdad histórica, el autor del poema hace exclamar al noble Arias Gonzalo, organizador de la defensa de la plaza: «¡Rey don Sancho, rey don Sancho! / No digas que no te aviso / que del cerco de Zamora. / un traidor había salido». El fugitivo se acerca hipócritamente a don Sancho, acierta a ganar su confianza y le da alevosa muerte. En la perfecta dosificación de los efectos dramáticos se adivina aquí la mano de un artista experto. Sobre el mismo tema de esta segunda parte, o Cantar del cerco de Zamora propiamente dicho, ha sacado Puyol y Alonso de la Crónica del Cid un Cantar de gesta de don Sancho II de Castilla, cuyo original parece datar del siglo xi.
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