El cólera se contrae al comer o beber cualquier producto contaminado por el vibrión colérico. Una vez ingerido, el bacilo se alberga en el intestino, donde libera sus poderosas toxinas. Éstas producen intensos vómitos y diarreas que constituyen los síntomas primeros más típicos y que a veces ocurren sin previo aviso o sospecha. Las diarreas y vómitos expolian rápidamente al organismo de grandes cantidades de líquidos que, por repercutir sobre la circulación, precipitan el colapso. El tratamiento atiende como primera y principal medida a la administración subcutánea o endovenosa de líquidos que sustituyan a los perdidos. La enfermedad tiene una duración limitada y breve, corrientemente de tres a cinco días. En las epidemias de cólera el índice de mortalidad es a veces del 60 %, pero, si el tratamiento se instaura precozmente, se consiguen índices de mortalidad de sólo el 5 por ciento.
El germen del cólera se propaga por medio del agua, comida y en ocasiones las moscas. En las regiones donde es frecuente la enfermedad se utilizan vacunas que consiguen inmunidades parciales de tres a seis meses. No obstante, es fundamental tomar ciertas precauciones. En las zonas donde abunda el cólera se hervirá toda el agua que se utilice para beber o guisar y la leche se tomará también hervida o pasterizada. En los parajes donde se empleen los excrementos humanos como fertilizantes se excluirán de la dieta la fruta y vegetales, crudos, puesto que el bacilo colérico vive en la tierra húmeda y templada. Los desperdicios de los pacientes afectos de cólera deben quemarse y cuanto esté en contacto con ellos desinfectarse o esterilizarse cuidadosamente o bien quemarse.
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