La cocaína pura fue aislada de la hoja de coca en 1858 por A. Nieman, discípulo del gran químico alemán Friedrich Wöhler. La sustancia quedó definida por Wöhler como un estupefaciente capaz de insensibilizar muchas partes del cuerpo. La anestesia por cocaína fue tan sólo una curiosidad científica hasta 1884, en que Karl Koller, joven médico vienés, tras recibir accidentalmente unas gotas de solución de cocaína en un ojo, observó una ausencia temporal de toda sensación en su superficie. Después de realizar pruebas semejantes con animales de experimentación, pruebas que vinieron a corroborar el mismo fenómeno anestésico, Koller propuso que la cocaína fuese adoptada urgentemente como anestésico local en operaciones de ojos, nariz y garganta. El famoso Sigmund Freud pretendió haber sido él quien sugiriera el uso de la cocaína a su amigo Koller.
Poco después de publicar Koller su descubrimiento, el médico norteamericano William Halsted observó que la inyección de cocaína en los troncos nerviosos o en sus proximidades bloqueaba o anulaba el dolor en la zona regida por dicho nervio. Así nació la llamada anestesia de conducción o regional. Pocos años después, el mismo Halsted y el médico vienés C. L. Schleich informaron que la inyección de grandes cantidades de soluciones diluidas de cocaína en los tejidos tornábalos insensibles, permitiendo en ellos la intervención quirúrgica indolora. Esta clase de anestesia, llamada de infiltración, se produce en parte por la presión que ejerce el volumen del líquido y en parte por la acción de la cocaína misma.
Para más información ver: cocaína.
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