La pugna económica por el monopolio del comercio y la banca surgió en la Edad Media. No pudiendo poseer con seguridad tierras y otros bienes, los judíos se hicieron prestamistas (profesión prohibida entonces a los cristianos), con lo que se convirtieron en objeto de odios económicos y cargaron con el sambenito de usureros. También fueron víctimas propiciatorias durante las Cruzadas. Cuando la Muerte Negra hizo estragos en Europa, su aislamiento en los ghettos y sus leyes especiales de alimentación e higiene los hicieron parcialmente inmunes a la epidemia, pero despertaron fantásticas sospechas de que envenenaban las fuentes. Las depresiones económicas, como las que siguieron a la Guerra de los Treinta Años, las guerras napoleónicas, la Guerra Franco-Prusiana y la I Guerra Mundial, coincidieron con estallidos de antisemitismo.
La emancipación legal y económica durante los siglos xviii y xix no tuvo como secuela la emancipación social ni eliminó antagonismos. A eso de 1880 apareció en Alemania una forma moderna de antisemitismo envuelta en la pseudociencia de una teoría racista que fue explotada con fines políticos. Los estudios filológicos de las lenguas arias y semitas fueron interpretados torcidamente para suministrar la prueba de dos razas ficticias, la semita y la aria, cada una de las cuales fue dotada con imaginarias peculiaridades biológicas y raciales y heredaba presuntamente rasgos mentales y culturales (astucia comercial los semitas y judíos, noble valor los arios y cristianos) que se ajustaban a los atribuidos al tipo ideal de cristiano europeo
y a la tradicional imagen peyorativa del judío. El cúmulo de supersticiones y prejuicios populares fue adaptado para acomodarse a los nuevos conceptos y así se fraguó en el mundo este gran mito como justificación del histórico «problema judío».
El resentimiento provocado por los males del industrialismo y las presiones de la competencia e incertidumbre económicas centraron el antagonismo sobre los judíos, eligiendo a veces como blanco algunos individuos destacados en su condición de «capitalistas» y «banqueros internacionales», como los Rothschild, o de jefes de movimientos radicales, como Karl Marx. Inculpados con la responsabilidad de los extremismos radicales, los judíos vinieron a constituir la excusa clásica de que echó mano la reacción política en los países occidentales. Como ejemplos pueden citarse la Rusia zarista y Francia (v. Dreyfus, Caso.) La Europa moderna ha utilizado también la acusación de que los judíos aspiraban al dominio del universo. Los «Protocolos de los Sabios de Sión», superchería fraguada en Rusia que pretendía revelar una conspiración judía para hacerse con el dominio del mundo, tuvieron gran difusión y estimularon el antisemitismo en Europa y América.
El antisemitismo hizo acto de presencia en Estados Unidos con ocasión del colapso económico y la reacción antiextranjera que siguieron a la I Guerra Mundial. Hubo gran agitación contra la «judería internacional» y un resurgir de las actividades del Ku Klux Klan contra católicos, judíos y negros. El antisemitismo organizado cobró auge en este país durante la cuarta década del siglo por influencia de grupos racistas, prohitlerianós y antijudíos, aunque pudo darse por liquidado en 1947 ante la reacción producida durante la guerra y después de ella contra el nazismo, el racismo y el antisemitismo.
La Alemania nazi, antes de la II Guerra Mundial y a lo largo de ella, se erigió en centro del más concentrado estallido antisemita de la historia. Sus satélites y aliados, haciendo suyas las falaces teorías del racismo, colaboraron en la tarea de persecución y exterminio en masa de los judíos. El resultado de todo ello fueron, según cálculos moderados, 4 millones de víctimas, cifra que algunos elevan a 6 millones.
La vasta desorganización social que siguió en Europa a la II Guerra Mundial, el conflicto provocado por el desplazamiento de millones, judíos y no judíos, llevado a cabo por los nazis, el intento de reintegrar a los desplazados, después de la guerra, a sus hogares y haciendas, todo ello volvió a agitar el fermento antisemita. El antisemitismo, volviendo por sus fueros en Rusia y sus satélites, se tradujo en 1952 en un movimiento de propaganda antijudío y antiisraelita que invadió el mundo comunista y desembocó en la ruptura temporal de relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética e Israel. Los países árabes, en su tenaz oposición al Estado de Israel (establecido en 1948), intensificaron dentro y fuera la agitación antisemita.
En su forma virulenta, como ocurrió en la Alemania nazi, el antisemitismo aparece como un ataque básico a todo freno religioso y moral, como un ataque a la civilización misma. Este movimiento antisemita fue al mismo tiempo un movimiento anticristiano. Pronto lo advirtió Pío XI al declarar en 1938: «El antisemitismo es un movimiento en el que no podemos participar los cristianos por ningún concepto. El antisemitismo es inaceptable. Espiritualmente somos semitas.» Los modernos jefes religiosos de todos los credos, al igual que los sociólogos, percatados de la amenaza que el antisemitismo supone para la civilización, lo han condenado.
Para más información ver: antisemitismo.
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