El utilitarismo, como corriente ética y filosófica, sostiene que la mejor acción es aquella que maximiza la utilidad, entendida esta como el bienestar general de la mayor cantidad de personas.
Esta doctrina se fundamenta en el principio de "la mayor felicidad para el mayor número", proponiendo que la valoración moral de una acción se determine por sus consecuencias. En este sentido, el fin último del utilitarismo es alcanzar el mayor grado de felicidad posible para la comunidad.
Desde su concepción, el utilitarismo ha evolucionado y diversificado, dando lugar a distintas variantes. Entre ellas, se encuentra el utilitarismo clásico, representado principalmente por Jeremy Bentham y John Stuart Mill, quienes enfatizan en el cálculo de placeres y dolores para determinar la moralidad de las acciones.
Bentham, por ejemplo, propuso una fórmula conocida como el "cálculo felicífico" para cuantificar el valor moral de las acciones basándose en criterios como intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad y pureza.
Por otro lado, John Stuart Mill introdujo modificaciones significativas al utilitarismo benthamiano, distinguiendo entre placeres inferiores y superiores con el argumento de que algunos placeres (como los intelectuales y morales) son cualitativamente superiores a otros más básicos o físicos. Mill argumentaba que la felicidad no solo se mide por la cantidad sino también por la calidad de los placeres.
En tiempos más recientes, el utilitarismo ha sido objeto de críticas y reformulaciones. Algunas críticas se centran en su aparente incapacidad para considerar los derechos individuales y la justicia distributiva, mientras que otras cuestionan la viabilidad de calcular objetivamente el mayor bien.
A pesar de estas críticas, el utilitarismo sigue siendo una teoría ética influyente y ampliamente estudiada en la filosofía contemporánea.
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