Las referencias que nos proporciona de él el Génesis (11:31) constituyen más que una biografía, una serie de escenas de su vida.
Con el nombre de Abram, hijo de Taré, aparece como una noble figura, grande en moral y espíritu religioso así como en bienes naturales.
Oriundo de Ur de los Caldeos (en Mesopotamia o, menos probablemente, Uru, actual Mugheir, en Babilonia), casó con su hermanastra Sarai y emigró a Harán, en la alta Mesopotamia. De aquí, obedeciendo el mandato divino, se dirigió a Canaán, tierra desde entonces prometida a su descendencia (Gen. 12: 1-6).
Ulteriormente llevó una vida de jefe nómada por las proximidades de Siquem, Betel y Hebrón. Luego viajó a Egipto donde puso en peligro el honor de Sarai al hacerla pasar por hermana (al igual que lo hizo en Gerara, Gen. 20:1-11).
Hace gala de auténtica abnegación al permitir a su sobrino Lot la elección de tierras de pasto y de gran valor al derrotar al victorioso Quedorlaomer; por otra parte revela su natural tierno al oponerse a expulsar de su tienda, a ruegos de Sarai, a Agar e Ismael y al interceder patéticamente en favor de Sodoma.
Posteriormente estableció Yahveh una alianza trascendental con él y su descendencia, imponiéndole el rito de la circuncisión y cambiándole el nombre de Abram por el de Abraham (y el de su esposa Sarai por el de Sara) en señal del pacto.
Recibió varias veces la visita de mensajeros celestes y sus plegarias encontraban acogida en lo Alto (Gen. 17,18).
Tardíamente y por especial merced del Señor le nació Isaac y con él la ocasión de que la fe de Abraham se manifestara con escalofriante grandeza, ya que no dudó en llevarlo hasta el ara del sacrificio en obediencia al mandato divino (Gen. 21,22). A la muerte de Sara casó con Cetura, de quien tuvo seis hijos.
Finalmente murió a los 175 años y fue enterrado junto a Sara en la cueva de Machpelah, enfrente de Mambre, lugar de la ciudad de Hebrón, en la tierra de Canaán (Gen. 25:1-10).
El patriarca desempeña un gran papel en el judaísmo posterior así como en el Nuevo Testamento.
En torno a su nombre se han tejido numerosas leyendas. Para los árabes él es, bajo el nombre de Ibrahim, el primero y más grande de los musulmanes.
Los mahometanos sostienen que sus restos descansan bajo la famosa mezquita que se levanta junto a Hebrón.
Está considerado como progenitor no sólo de los israelitas y de los árabes ismaelitas, sino también de los edomitas (a través de Esaú) y los madianitas.
El Gen. 14 nos proporciona datos cronológicos de la época en que Abraham residió en Palestina. Allí se dice que cuatro reyes orientales, después de haber derrotado a cinco reyes cananeos, fueron a su vez derrotados en la de Dam por su contemporáneo Abraham y sus 318 hombres.
Uno de los cuatro reyes, «Amrafael, rey de Sennar», suele identificarse como el gran Hammurabi, legislador y sexto rey de la primera dinastía babilónica, encuadrado entre los años 2100-1690 a. de J.C. En otro de ellos, «Tadal, rey de las naciones», ven algunos a Tadal I, fundador de una dinastía hitita (hacia 1550 a. de J.C.).
Es de advertir aquí que el lapso comprendido entre el Éxodo (siglo xiii a. de J.C.) y estos contemporáneos de Abraham —Tadal e incluso Hammurabi, si aceptamos la última fecha que se le asigna— no es tan lato que no permita satisfacer todas las exigencias cronológicas relativas a la real entrada de Abraham en Canaán. De esta manera el relato bíblico se ve corroborado por los descubrimientos arqueológicos.
Véase Judaísmo; Mahoma; Islam.

Abraham (patriarca hebreo)
La figura de Abraham para las religiones
Abraham es una figura central en las religiones abrahámicas, como el judaísmo, el cristianismo y el islam. Su historia y legado tienen un profundo significado espiritual y cultural para millones de personas en todo el mundo.
En el judaísmo, Abraham es considerado el primer patriarca del pueblo judío. Su fe inquebrantable en Dios y su disposición a obedecer sus mandamientos son ejemplos de virtud y devoción. La alianza que Dios estableció con Abraham y su descendencia se convirtió en la base de la relación especial entre Dios y el pueblo judío.
En el cristianismo, Abraham es reconocido como un modelo de fe y obediencia. El apóstol Pablo lo menciona en varias ocasiones en sus epístolas, destacando su justificación por la fe y su papel como antepasado de Jesucristo. La figura de Abraham también aparece en las enseñanzas de Jesús, quien se refiere a él como "padre Abraham".
En el islam, Abraham (conocido como Ibrahim) es considerado uno de los profetas más importantes. Se le atribuye la construcción de la Kaaba en La Meca, que se convirtió en el centro sagrado del islam. La historia del sacrificio de su hijo Ismael es celebrada durante la festividad del Eid al-Adha.
La vida de Abraham está llena de episodios significativos que reflejan su carácter y su relación con Dios. Desde su partida de Ur hasta su muerte en Canaán, Abraham enfrentó desafíos, pruebas y bendiciones divinas. Su disposición a dejar todo atrás por obediencia a Dios y su confianza en las promesas divinas lo convierten en un ejemplo de fe y entrega.
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