Sigue al Sistema arcaico y precede al cámbrico, por lo que algunos autores agrupan los Sistemas arcaico y algonquino en la Era «precámbrica» o agnostozoica.
El cámbrico es el periodo inferior del paleozoico y el primero en que aparecen fósiles en número y estado de conservación adecuados.
Los geólogos norteamericanos dan al sistema algonquino categoría de era y la subdividen en dos periodos: Huronense y Keweenawiense, que según la clasificación europea serían simplemente pisos.
Las rocas del Huroniense (dividido en Inferior, Medio y Superior), conglomerados, areniscas y pizarras, son principalmente sedimentarias y han experimentado profundas alteraciones por efecto del Metamorfismo.
Las rocas eruptivas del Keweenawiense, producidas por fantásticas efusiones de lava, apenas han sufrido fenómenos metamórficos. El algonquino es notable por su duración, aproximadamente igual a la de todas las eras posteriores juntas, y por el valor de sus depósitos minerales.
La gran Revolución Laurentina (en Europa, Suecofeniana), que tuvo lugar durante la última parte del periodo arcaico, elevó todo el continente norteamericano y formó las montañas Laurentinas a lo largo de la frontera meridional del Escudo Laurentino, desde Labrador a Minnesota.
La larga erosión subsiguiente redujo este formidable sistema montañoso a una penillanura antes del comienzo del Sistema algonquino y los mares invadieron de nuevo grandes extensiones continentales.
Durante el periodo la sedimentación y alguna actividad volcánica secundaria originaron diversas series de rocas, perfectamente diferenciadas por notables Discordancias que también señalan los límites superior e inferior del periodo.
Los materiales depositados procedían de la erosión de las rocas arcaicas expuestas y las partes expuestas de las rocas formadas en las primeras épocas del sistema algonquino.
Los mayores depósitos del mundo de menas de hierro, incluidas las famosas minas de Suecia, Brasil y del Lago Superior, corresponden a este periodo. Tal es la riqueza de estos depósitos minerales que, en Estados Unidos, por ejemplo, sólo el distrito del Lago Superior ha llegado a suministrar el 80 % de todo el hierro estadounidense, mientras las famosas minas de Sudbury (Canadá) proporcionan el 90 % del níquel mundial.
También existen formaciones algonquinas en Groenlandia, Escandinavia, Alemania y China. En España todavía no puede afirmarse su existencia de modo indudable.
La vida durante el período algonquino
La presencia de hiladas de caliza, hierro y grafito en los estratos algonquinos apunta hacia un clima templado, apropiado para la vida. La existencia de evidente acción glacial en muchas regiones indica, sin embargo, que los largos periodos de clima cálido alternaron con intervalos de baja temperatura.
Muy escasos son los fósiles descubiertos en rocas algonquinas: algunos segmentos y huellas de anélidos (gusanos), en Montana; espículas de esponjas silíceas en las capas superiores de las series del Gran Cañón, en Arizona; y unos pocos radiolarios en Francia.
Quizá pueda explicarse esta escasez de fósiles por el hecho de que las especies que poblaron el periodo no habían desarrollado los duros esqueletos y conchas externas característicos de las formas posteriores y porque el metamorfismo de las rocas puede haber destruido la mayor parte de los fósiles que acaso existieron originalmente.
La existencia de muy diversas especies apenas iniciado el periodo siguiente es, probablemente, la mejor demostración del desarrollo de numerosas formas de vida durante el algonquino.
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