Elegido censor en el 184, se mostró tan escrupuloso en el cumplimiento de sus deberes que le fue atribuido con carácter permanente el epíteto de Censorias, aplicado a cuantos ejercían tal cargo. Reparó los cursos de agua, pavimentó las presas, limpió los vertederos, aumentó las rentas impuestas a los publícanos y redujo los precios abonados por el Estado a los contratistas de obras públicas. Más discutibles fueron sus reformas en lo que respecta al precio de los esclavos, vestidos, muebles y otras mercancías. Se opuso a cualquier innovación buena o mala con idéntica animosidad e intolerancia. Su mojigata idea de la decencia quedó bien demostrada con la degradación del pre-toriano Manilio por el delito de haber besado a su esposa en presencia de su hija.
En el 157 fue enviado como embajador a Cartago, donde quedó tan impresionado de la fortaleza de la ciudad que pasó el resto de su vida clamando por su destrucción. Cualquiera que fuese el tema debatido, terminaba siempre sus discursos ante el Senado con estas palabras: Ceterum censeo Carthaginem delendam esse (por lo demás opino que Cartago debe ser destruida). Catón es el prototipo del carácter romano en sus extremos mejores y peores: valiente, sencillo y patriota, pero también vengativo, arrogante y avaricioso. Véase Cartago; Guerras púnicas.
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