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Una de las más sorprendentes características del hombre es su sed de conocimiento. Necesita conocer su mundo, conocerse a sí mismo, conocer el por qué y cómo de las cosas que suceden.
Nadie en el resto del Universo posee semejante privilegio, a menos que lo comparemos con la oscura luz poseída por ciertos animales para reconocer sus propias especies y los objetos del hambre o del temor.
Aún más asombroso resulta el hecho de que el hombre parece estar persuadido de que puede conocer, que el conocimiento es posible. Tanto el hombre común como el científico, técnicamente adiestrado, dan por sentado este principio.
La interrelación del hombre con las cosas y personas en su vida revela hasta qué punto se confía en su conocimiento: piensa el hombre que sabe lo que la gente, quiere decir por medio de sus palabras y acciones, cree que sabe en qué día está y que a hoy ha de seguir con toda seguridad mañana
Gran parte de sus conocimientos apenas pueden separarse de sus creencias. Cuando el hombre cree algo con suficiente seguridad, confiere a sus creencias la categoría de conocimiento.
A menudo advierte que tal conocimiento puede no serlo en manera alguna, sino solamente el reflejo de prejuicios, esperanzas, gustos o disgustos.
Para muchos el conocimiento es indisciplinado. Es incoherente e inconsistente. Carece de esa máxima seguridad capaz de resistir la crítica investigadora.
A los filósofos no se les oculta cuán amplio es el campo del seudoconocimiento, de las supersticiones, de la simple ignorancia que pasa por conocimiento. Y hacen de él objeto de un estudio especial, que designan con un nombre especial: epistemología (tratado del conocimiento, según la etimología griega).
Se preguntan cómo es posible el conocimiento de algo; cómo puede uno discernir la verdad del error; cómo distinguir la creencia o fe del conocimiento; qué pruebas habrán de excogitarse para diferenciarlo de la mera opinión; y cómo trabaja la mente cuando sus ideas se dicen lógicas y sus conclusiones suficientemente convincentes para incluirse en la esfera del conocimiento.
La meta del pensamiento a este respecto es alcanzar la clase de conocimiento que pueda afrontar la prueba de la crítica, que pueda hacer comprensible la totalidad de la experiencia humana.
Hay, por supuesto, quien defiende que no puede darse el conocimiento genuino. Son los agnósticos (agnosticismo significa en griego desconocimiento).
El filósofo hace ver a los mantenedores de tal teoría que su posición es contradictoria en sí misma, ya que afirma un conocimiento al negar su posibilidad. En otras palabras, el agnóstico presupone el conocimiento cuando pretende que no puede conocer, afirmando así lo que niega.
Sería preferible, sin duda, ser escéptico, ya que éste no dice que no pueda saber: se limita a confesar que nunca está seguro de lo que sabe. Existen dos clases de escépticos: los extremistas y los moderados.
El extremista se mantiene cerrado en la incertidumbre, impidiendo así la entrada aun a la misma posibilidad del conocimiento. Su misma actitud impide cualquier grado de certeza en el conocimiento.
Por lo demás, también cae en delito de lesa lógica: en efecto, siendo escéptico en todo, lógicamente ha de ser escéptico hasta de su mismo esceptismo. El escéptico extremista se encuentra así con el mismo dilema que el agnóstico.
La vida requiere adaptaciones, que han de llevarse a cabo sin la absoluta certeza del conocimiento. Para este fin la naturaleza nos ha provisto de adecuados medios de reacción que actúan inmediatamente sin esperar a la tardía acción de la razón crítica y del conocimiento cierto.
Para vivir, el hombre ha de ser heroico; debe acometer la acción aun cuando no esté seguro del resultado; debe tomar decisiones aun antes de poseer la evidencia. El escéptico extremista no podría vivir con el escepticismo que pregona.
El conocimiento va unido a la vida. El escéptico moderado, en cambio, se encuentran en bastante mejor posición. Le gustaría conocer, pero es cauteloso; necesita mayor evidencia en ciertos puntos; se reservaría el juicio si fuese posible; camina lentamente hacia sus conclusiones.
Si no existiera escepticismo, al menos en cierto grado, el hombre sería un perfecto ingenuo. El ingenuo no duda de nada, con lo que introduce el desorden en su pensamiento. Creerlo todo es no creer nada: signo seguro de carencia de conocimiento.
El escepticismo (o la duda) tiene sus límites. Por un lado su exceso da como resultado la imposibilidad de cualquier conocimiento; su carencia, por otro lado, es una invitación al error y a la incomprensión. Todo conocimiento exige la creencia de que es posible el conocimiento en algún grado. Esto, por supuesto, puede ser negado.
Pero negarlo todo sin discriminación es una forma de locura. En alguna parte, a lo largo de su ruta, uno ha de hacer alguna declaración positiva que parezca razonable. Tal declaración supondrá la afirmación de la posibilidad del conocimiento.
Uno de los más grandes filósofos modernos, René Descartes, encontró, después de mucha autocrítica investigadora, que uno debe sostener el conocimiento de su propia existencia, puesto que toda duda implica una persona que duda, su propia persona. De tan razonable premisa partió toda su teoría.
El conocimiento es siempre una cuestión de grado: desde la certeza de la fe pura a las conclusiones alcanzadas por los métodos demostrativos admitidos. Cuanto más cierto sea el conocimiento, más elevado será el grado de probabilidad.
Cuanto entendemos por conocimiento científico, en el más estricto sentido, puede definirse como un conjunto de conclusiones derivado de datos cuidadosamente observados y susceptibles de ser confirmados por otros, sobre todo si los factores pueden ser controlados.
Existe un creciente acervo de tales conocimientos. Sin embargo, sería estúpido negar la posibilidad del conocimiento sin la prueba citada. Resulta perfectamente concebible que una persona pueda conocer algo, aunque sea incapaz de aportar los elementos o razones de su conocimiento.
Un místico, por ejemplo, que pretende poseer algún conocimiento privilegiado adquirido por experiencia directa no debe ser repudiado por el mero hecho de sentirse incapaz de aclarar con la evidencia exterior el alcance de su experiencia.
Pero bueno será comprobar sus pretensiones por medio de la consulta a otras regiones de la experiencia para ver cómo se compaginan con ellas.
Una de las pruebas de validez de cualquier pretensión de conocimiento consistirá en que tal pretensión armonice con la totalidad de la experiencia y la razón. A menos que ello sea así, el conocimiento mismo sería imposible. Porque el acto de conocer implica relaciones ordenadas, armonía y adecuación.
El presunto conocimiento de una persona que se supone perturbada provoca la duda porque revela inadecuación con los esquemas más generales de la experiencia humana.
El estudio de la función de la mente en tales relaciones ordenadas de ideas y en el establecimiento de conclusiones corresponde a la «lógica». Aristóteles contribuyó fundamentalmente al estudio de esta disciplina con su análisis de las formas de los procesos de razonamiento y de las reglas necesarias para la validez de las conclusiones.
Se admite, sin embargo, que la adecuación no es suficiente. Una persona, claro está, puede poseer armonía de ideas y carecer de conocimiento, puesto que tal armonía puede estar desconectada del mundo exterior a las ideas.
Consecuentemente, los filósofos añaden otras pruebas, tales como el funcionamiento práctico de las ideas en relación con situaciones reales (prueba denominada pragmática o de viabilidad) y la correspondencia de las ideas con los datos situados más allá de la misma mente (prueba de la «correspondencia» de la verdad).
Se sugiere leer: Agnosticismo; Deducción; Empirismo; Escepticismo; Escolasticismo; Inducción; Intuición; Lógica; Misticismo; Nominalismo; Pragmatismo; Racionalismo
Nadie en el resto del Universo posee semejante privilegio, a menos que lo comparemos con la oscura luz poseída por ciertos animales para reconocer sus propias especies y los objetos del hambre o del temor.
Aún más asombroso resulta el hecho de que el hombre parece estar persuadido de que puede conocer, que el conocimiento es posible. Tanto el hombre común como el científico, técnicamente adiestrado, dan por sentado este principio.
La interrelación del hombre con las cosas y personas en su vida revela hasta qué punto se confía en su conocimiento: piensa el hombre que sabe lo que la gente, quiere decir por medio de sus palabras y acciones, cree que sabe en qué día está y que a hoy ha de seguir con toda seguridad mañana
Gran parte de sus conocimientos apenas pueden separarse de sus creencias. Cuando el hombre cree algo con suficiente seguridad, confiere a sus creencias la categoría de conocimiento.
A menudo advierte que tal conocimiento puede no serlo en manera alguna, sino solamente el reflejo de prejuicios, esperanzas, gustos o disgustos.
Para muchos el conocimiento es indisciplinado. Es incoherente e inconsistente. Carece de esa máxima seguridad capaz de resistir la crítica investigadora.
A los filósofos no se les oculta cuán amplio es el campo del seudoconocimiento, de las supersticiones, de la simple ignorancia que pasa por conocimiento. Y hacen de él objeto de un estudio especial, que designan con un nombre especial: epistemología (tratado del conocimiento, según la etimología griega).
Se preguntan cómo es posible el conocimiento de algo; cómo puede uno discernir la verdad del error; cómo distinguir la creencia o fe del conocimiento; qué pruebas habrán de excogitarse para diferenciarlo de la mera opinión; y cómo trabaja la mente cuando sus ideas se dicen lógicas y sus conclusiones suficientemente convincentes para incluirse en la esfera del conocimiento.
La meta del pensamiento a este respecto es alcanzar la clase de conocimiento que pueda afrontar la prueba de la crítica, que pueda hacer comprensible la totalidad de la experiencia humana.
Agnosticismo y escepticismo
Hay, por supuesto, quien defiende que no puede darse el conocimiento genuino. Son los agnósticos (agnosticismo significa en griego desconocimiento).
El filósofo hace ver a los mantenedores de tal teoría que su posición es contradictoria en sí misma, ya que afirma un conocimiento al negar su posibilidad. En otras palabras, el agnóstico presupone el conocimiento cuando pretende que no puede conocer, afirmando así lo que niega.
Sería preferible, sin duda, ser escéptico, ya que éste no dice que no pueda saber: se limita a confesar que nunca está seguro de lo que sabe. Existen dos clases de escépticos: los extremistas y los moderados.
El extremista se mantiene cerrado en la incertidumbre, impidiendo así la entrada aun a la misma posibilidad del conocimiento. Su misma actitud impide cualquier grado de certeza en el conocimiento.
Por lo demás, también cae en delito de lesa lógica: en efecto, siendo escéptico en todo, lógicamente ha de ser escéptico hasta de su mismo esceptismo. El escéptico extremista se encuentra así con el mismo dilema que el agnóstico.
La vida requiere adaptaciones, que han de llevarse a cabo sin la absoluta certeza del conocimiento. Para este fin la naturaleza nos ha provisto de adecuados medios de reacción que actúan inmediatamente sin esperar a la tardía acción de la razón crítica y del conocimiento cierto.
Para vivir, el hombre ha de ser heroico; debe acometer la acción aun cuando no esté seguro del resultado; debe tomar decisiones aun antes de poseer la evidencia. El escéptico extremista no podría vivir con el escepticismo que pregona.
El conocimiento va unido a la vida. El escéptico moderado, en cambio, se encuentran en bastante mejor posición. Le gustaría conocer, pero es cauteloso; necesita mayor evidencia en ciertos puntos; se reservaría el juicio si fuese posible; camina lentamente hacia sus conclusiones.
Si no existiera escepticismo, al menos en cierto grado, el hombre sería un perfecto ingenuo. El ingenuo no duda de nada, con lo que introduce el desorden en su pensamiento. Creerlo todo es no creer nada: signo seguro de carencia de conocimiento.
Descartes
El escepticismo (o la duda) tiene sus límites. Por un lado su exceso da como resultado la imposibilidad de cualquier conocimiento; su carencia, por otro lado, es una invitación al error y a la incomprensión. Todo conocimiento exige la creencia de que es posible el conocimiento en algún grado. Esto, por supuesto, puede ser negado.
Pero negarlo todo sin discriminación es una forma de locura. En alguna parte, a lo largo de su ruta, uno ha de hacer alguna declaración positiva que parezca razonable. Tal declaración supondrá la afirmación de la posibilidad del conocimiento.
Uno de los más grandes filósofos modernos, René Descartes, encontró, después de mucha autocrítica investigadora, que uno debe sostener el conocimiento de su propia existencia, puesto que toda duda implica una persona que duda, su propia persona. De tan razonable premisa partió toda su teoría.
El conocimiento es siempre una cuestión de grado: desde la certeza de la fe pura a las conclusiones alcanzadas por los métodos demostrativos admitidos. Cuanto más cierto sea el conocimiento, más elevado será el grado de probabilidad.
Lógica y pragmatismo
Cuanto entendemos por conocimiento científico, en el más estricto sentido, puede definirse como un conjunto de conclusiones derivado de datos cuidadosamente observados y susceptibles de ser confirmados por otros, sobre todo si los factores pueden ser controlados.
Existe un creciente acervo de tales conocimientos. Sin embargo, sería estúpido negar la posibilidad del conocimiento sin la prueba citada. Resulta perfectamente concebible que una persona pueda conocer algo, aunque sea incapaz de aportar los elementos o razones de su conocimiento.
Un místico, por ejemplo, que pretende poseer algún conocimiento privilegiado adquirido por experiencia directa no debe ser repudiado por el mero hecho de sentirse incapaz de aclarar con la evidencia exterior el alcance de su experiencia.
Pero bueno será comprobar sus pretensiones por medio de la consulta a otras regiones de la experiencia para ver cómo se compaginan con ellas.
Una de las pruebas de validez de cualquier pretensión de conocimiento consistirá en que tal pretensión armonice con la totalidad de la experiencia y la razón. A menos que ello sea así, el conocimiento mismo sería imposible. Porque el acto de conocer implica relaciones ordenadas, armonía y adecuación.
El presunto conocimiento de una persona que se supone perturbada provoca la duda porque revela inadecuación con los esquemas más generales de la experiencia humana.
El estudio de la función de la mente en tales relaciones ordenadas de ideas y en el establecimiento de conclusiones corresponde a la «lógica». Aristóteles contribuyó fundamentalmente al estudio de esta disciplina con su análisis de las formas de los procesos de razonamiento y de las reglas necesarias para la validez de las conclusiones.
Se admite, sin embargo, que la adecuación no es suficiente. Una persona, claro está, puede poseer armonía de ideas y carecer de conocimiento, puesto que tal armonía puede estar desconectada del mundo exterior a las ideas.
Consecuentemente, los filósofos añaden otras pruebas, tales como el funcionamiento práctico de las ideas en relación con situaciones reales (prueba denominada pragmática o de viabilidad) y la correspondencia de las ideas con los datos situados más allá de la misma mente (prueba de la «correspondencia» de la verdad).
Se sugiere leer: Agnosticismo; Deducción; Empirismo; Escepticismo; Escolasticismo; Inducción; Intuición; Lógica; Misticismo; Nominalismo; Pragmatismo; Racionalismo
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