No es posible supervalorar el papel desempeñado por Isadora Duncan en la liberación de la danza dramática. Su revolucionaria teoría de que «todo movimiento expresivo arranca del alma» —fuente ésta de toda emoción— significó el retorno a los mismos principios de la danza. Con la ejecución de sus danzas a pie desnudo, su atavío de vestiduras tenuemente ondulantes, su exclusión de las acrobacias y de toda ornamentación innecesaria, su insistencia en considerar, la música como fuente de inspiración más bien que como mero acompañamiento, su empleo de la música de Beethoven, Wagner y Gluck estremeció y horrorizó a sus contemporáneos. Pero abrió el camino que llevaría a redescubrir una especie de danza que se había perdido para la civilización occidental desde hacía casi 2000 años. No pasó mucho tiempo sin que su influencia se dejara sentir en todo el mundo de la danza.
A otra artista, Ruth St. Denis, cupo en suerte crear en Estados Unidos lo que, a falta de nombre mejor, se ha dado en llamar danza moderna. Ayuna en cierto modo de preparación técnica pero dotada de una enorme capacidad para expresar la emoción por el movimiento, creó con su esposo y pareja de baile Ted Shawn la compañía y escuela Denishawn que supo combinar algunos aspectos del ballet clásico con formas de danza etnológica y expresivos movimientos del cuerpo. Una de sus innovaciones más importantes consistió en tratar el grupo coreográfico como un conjunto sinfónico en que cada danzante actuaba de acuerdo con un instrumento específico: idea* que fue recogida y perfeccionada por su alumna Doris Humphrey que formó su propia compañía con ayuda de Charles Weidman, coreógrafo de agrupaciones como Candide (1933). Otros innovadores fueron Martha Graham, que llevó al teatro la rudeza y angularidad de la escultura moderna, Helen Tamiris, que se valió en sus expresivas danzas de temas folklóricos, José Limón, Valérie Bettis, Agna Enters y otros.
Una de las más eximias exponentes de la nueva danza en Europa fue la alemana Maria Wigman, que fue la primera en utilizar multitud de artificios teatrales hasta entonces descuidados e incorporó a las ideas abstractas de Isadora Duncan realismo, densidad y un nuevo concepto del espacio. Su discípula Hanya Holm, recogiendo y propagando sus ideas, utilizó música grabada especialmente como fondo de sus danzas corales. Otros geniales creadores como Pearl Primus, Katherine Dunham, Asadata Dafora y Joséphine Prémice contribuyeron con importantes aportaciones afrocubanas al triunfo de la danza etnológica.
El ballet clásico se ve sometido, en tanto, a su propia revolución. El ballet ruso de Diaghilev que asimiló las manifestaciones más afortunadas de las técnicas extranjeras y supo hacerse con la colaboración de los mejores bailarines rusos y excelentes compositores y decoradores de todos los países europeos, inicia una nueva era en la historia del ballet. Las formas modernas, ignoradas enteramente al principio, empiezan a ser utilizadas por una nueva generación de coreógrafos que, laborando dentro de los límites que impone la técnica del ballet, lo revitalizan y nacionalizan en cierto modo, liberándolo de la servidumbre rusa. De ello se encargan Ninette de Valois y Anthony Tudor en Inglaterra, Roland Petit en Francia y Agnes de Mille, Eugene Loring, Ruth Page y Jerome Robbins en Estados Unidos. En las últimas obras el ballet actúa como parte integrante de la acción más bien que como el divertissement que venía a ser en obras anteriores.
Para más información ver: danza.
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