En Hispanoamérica las viviendas reflejaban el influjo de sus conquistadores, andaluces y extremeños en su mayoría. Sus casas eran alargadas y bajas en torno a patios cerrados. Al exterior abrían ventanas enrejadas y puertas labradas. Las cubiertas solían ser de tejas. En climas secos eran frecuentes las azoteas. En las zonas montañosas se utilizaba el adobe y en las bajas, la madera. En las costas central y septentrional del Brasil los tejados eran a cuatro vertientes al estilo portugués.
La primera casa de estilo norteamericano aparece a finales del siglo xviii con la granja típica del Middle West, en que toda la vida gira en torno al hogar. La cocina era lo bastante amplia para dar cabida a todos los braceros que acudían en la época de la recolección. Por la noche la familia leía en la cocina a la luz de la lámpara de petróleo. Las camas se instalaban en las frías habitaciones del piso superior. Muchas casas disponían de una pretenciosa sala de visitas, que sólo se utilizaba en las grandes ocasiones. Los exteriores eran desvaídos y desnudos, como el paisaje de los campos ondulantes y desarbolados. Sus líneas rimaban tan poco con el paisaje como sus inquilinos. Este tipo de morada se edificó también en las ciudades pequeñas que se extendieron por las inmensas praderas.
Para más información ver: casa.
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