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La raíz histórica de esta región española se hunde en el tiempo; la Biblia ya menciona a los reyes de Tharsis y las islas lejanas, hasta donde llegaban los navegantes fenicios, aliados de Salomón. Aún antes existió una serie de complejas y viejas civilizaciones líticas, entre las que pueden distinguirse las llamadas culturas argárica y de Almería o las del bronce en Huelva. Se han hallado restos humanos de Neandertal en Gibraltar y, posiblemente, en la región situada al N de Granada. Estas ocupaciones humanas prepararon el terreno a la aparición del legendario reino de Tharsis o de Tartessos, que debió ocupar las márgenes del profundo golfo marítimo que, entonces, continuaba la actual Cádiz hasta las cercanías de Sevilla. Más tarde, las colonizaciones de diversos pueblos orientales, fenicios, griegos y cartagineses, hicieron nacer a ambos lados del Estrecho de Gibraltar distintas acrópolis que trataban de asegurarse su dominio. Tal pretensión tuvo primero la legendaria Gades, la ciudad más antigua de la Europa occidental, de origen fenicio, lo mismo que Malaca, Sexi, Calpe y Abdera; más tarde intentó ese dominio la helénica Mainake. Pero tales ocupaciones fueron meramente costeras, sin influir gran cosa sobre las diferentes agrupaciones indígenas del interior, como la de los turdetanos, que ocupaban —según las fuentes romanas— el valle del Guadalquivir, los oretanos de Sierra Morena y los bastetanos de la costa mediterránea.
Mucho más trascendentales resultaron las dominaciones cartaginesa y romana. La II Guerra Púnica entregó a Roma toda la costa mediterránea, así como las depresiones del Ebro y el Guadalquivir. La rápida romanización de esta última región dio lugar a la aparición de la provincia Bética, de gobierno senatorial, que coincidía en líneas generales con la actual Andalucía. En ella surgió una rica y poderosa civilización urbana que convirtió a la Bética, en frase de Plinio, en la más importante de las regiones de Hispania; nacieron urbes como Híspalis (Sevilla), Córduba (Córdoba), Onuba (Huelva), Iliberri (Granada), Astigi (Écija), Acci (Guadix) y otras hoy desaparecidas, como Itálica.
Durante la monarquía visigoda Andalucía siguió como principal región española y fue el núcleo esencial de la conversión al catolicismo de la primera organización arriana, y por otra parte, en su zona oriental, foco de la expansión bizantina por el Mediterráneo occidental. La invasión islámica ocupó la Bética en seguida e hizo de ella el más esplendoroso foco de civilización musulmana que hasta la fecha ha existido; en este gran centro cultural no es posible olvidar, junto a los elementos estrictamente islámicos, la base primitiva hispano romana. Favoreció en aquellos momentos a Andalucía su proximidad al mundo africano y sus antiguos contactos con Oriente, que se desarrollaron con más intensidad.
La Bética, llamada entonces Al-Andalus, formó parte del Califato de Damasco y, al desaparecer éste, se organizó como unidad política independiente, primero en Emirato de Córdoba y más tarde en Califato del mismo nombre. Durante este periodo del Califato la vieja urbe romana de Córdoba llegó a ocupar el primer lugar entre todas las ciudades del mundo mediterráneo de entonces. Por efecto de la ruina del Califato cordobés, Al-Andalus se desmembró en una serie de reinos de «taifas», como los de Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga, Almería y otros menos importantes y extensos. Cuando la Reconquista cristiana avanza desde las tierras norteñas de Asturias y León hacia el centro de la Península, recibe Andalucía una nueva oleada africana: la de los almorávides en 1086. Posteriormente llegan los almohades en 1146 y mucho más tarde los benimerines en 1340. Pero para esta fecha, pese a que las dos primeras invasiones habían vuelto a integrar en parte a los hispanomusulmanes, los avances cristianos habían alcanzado Andalucía. La derrota de los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) abrió a los cristianos castellanos Al-Andalus y las conquistas se sucedieron: San Fernando tomó Córdoba en 1236, Jaén en 1246 y Sevilla dos años después, incorporando a Castilla, el valle del Guadalquivir. La unidad geográfica de las Cordilleras Béticas, centrada en torno a Granada, conservó su independencia hasta finales del siglo xv.
Durante los tres siglos escasos que median entre las conquistas de Córdoba y Granada, la división de Andalucía en dos unidades políticas diferentes creó un espíritu específico, el de la «frontera», que marcará indeleblemente a la antigua Bética.
Conseguida la unidad española con la conquista de Granada en 1492 por los Reyes Católicos, Andalucía se convirtió pronto en la avanzada de la civilización occidental frente al mundo musulmán, hostil, dueño de África del Norte; y, sobre todo, de avanzadilla hacia el Nuevo Mundo, descubierto por marinos españoles —andaluces en gran parte— al mando de Colón. Palos de Moguer, Cádiz y posteriormente Sevilla fueron la última escala antes de la travesía del Atlántico; esas ciudades se constituyeron, por tanto, en adelantados del «periodo oceánico». La empresa americana definirá plenamente la Andalucía moderna, que padeció después humana y económicamente con la emancipación de las Indias Occidentales. Después la historia de Andalucía se confunde con la del resto de España, si bien interesa resaltar que en los últimos años, desaparecida la emigración intensa hacia América, los andaluces iniciaron el camino del N de España, que antes se había sentido a su vez atraido por la Bética.
Para más información ver: andalucía.
Mucho más trascendentales resultaron las dominaciones cartaginesa y romana. La II Guerra Púnica entregó a Roma toda la costa mediterránea, así como las depresiones del Ebro y el Guadalquivir. La rápida romanización de esta última región dio lugar a la aparición de la provincia Bética, de gobierno senatorial, que coincidía en líneas generales con la actual Andalucía. En ella surgió una rica y poderosa civilización urbana que convirtió a la Bética, en frase de Plinio, en la más importante de las regiones de Hispania; nacieron urbes como Híspalis (Sevilla), Córduba (Córdoba), Onuba (Huelva), Iliberri (Granada), Astigi (Écija), Acci (Guadix) y otras hoy desaparecidas, como Itálica.
Durante la monarquía visigoda Andalucía siguió como principal región española y fue el núcleo esencial de la conversión al catolicismo de la primera organización arriana, y por otra parte, en su zona oriental, foco de la expansión bizantina por el Mediterráneo occidental. La invasión islámica ocupó la Bética en seguida e hizo de ella el más esplendoroso foco de civilización musulmana que hasta la fecha ha existido; en este gran centro cultural no es posible olvidar, junto a los elementos estrictamente islámicos, la base primitiva hispano romana. Favoreció en aquellos momentos a Andalucía su proximidad al mundo africano y sus antiguos contactos con Oriente, que se desarrollaron con más intensidad.
La Bética, llamada entonces Al-Andalus, formó parte del Califato de Damasco y, al desaparecer éste, se organizó como unidad política independiente, primero en Emirato de Córdoba y más tarde en Califato del mismo nombre. Durante este periodo del Califato la vieja urbe romana de Córdoba llegó a ocupar el primer lugar entre todas las ciudades del mundo mediterráneo de entonces. Por efecto de la ruina del Califato cordobés, Al-Andalus se desmembró en una serie de reinos de «taifas», como los de Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga, Almería y otros menos importantes y extensos. Cuando la Reconquista cristiana avanza desde las tierras norteñas de Asturias y León hacia el centro de la Península, recibe Andalucía una nueva oleada africana: la de los almorávides en 1086. Posteriormente llegan los almohades en 1146 y mucho más tarde los benimerines en 1340. Pero para esta fecha, pese a que las dos primeras invasiones habían vuelto a integrar en parte a los hispanomusulmanes, los avances cristianos habían alcanzado Andalucía. La derrota de los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) abrió a los cristianos castellanos Al-Andalus y las conquistas se sucedieron: San Fernando tomó Córdoba en 1236, Jaén en 1246 y Sevilla dos años después, incorporando a Castilla, el valle del Guadalquivir. La unidad geográfica de las Cordilleras Béticas, centrada en torno a Granada, conservó su independencia hasta finales del siglo xv.
Durante los tres siglos escasos que median entre las conquistas de Córdoba y Granada, la división de Andalucía en dos unidades políticas diferentes creó un espíritu específico, el de la «frontera», que marcará indeleblemente a la antigua Bética.
Conseguida la unidad española con la conquista de Granada en 1492 por los Reyes Católicos, Andalucía se convirtió pronto en la avanzada de la civilización occidental frente al mundo musulmán, hostil, dueño de África del Norte; y, sobre todo, de avanzadilla hacia el Nuevo Mundo, descubierto por marinos españoles —andaluces en gran parte— al mando de Colón. Palos de Moguer, Cádiz y posteriormente Sevilla fueron la última escala antes de la travesía del Atlántico; esas ciudades se constituyeron, por tanto, en adelantados del «periodo oceánico». La empresa americana definirá plenamente la Andalucía moderna, que padeció después humana y económicamente con la emancipación de las Indias Occidentales. Después la historia de Andalucía se confunde con la del resto de España, si bien interesa resaltar que en los últimos años, desaparecida la emigración intensa hacia América, los andaluces iniciaron el camino del N de España, que antes se había sentido a su vez atraido por la Bética.
Para más información ver: andalucía.
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