En 1958 Bruselas fue escenario de la primera Exposición Universal celebrada después de la II Gran Guerra, grandioso alarde tecnológico en que se dieron cita 50 naciones de todos los continentes y que recibió millones de visitantes. Instalada a unos 7 km de la ciudad, en la meseta de Heysel, ocupaba 200 ha, tenía un perímetro de 25 km y fue organizada por el municipio bruselense y el Gobierno belga con un presupuesto de 40000000000 de francos belgas. Símbolo tanto de la Exposición como de la nueva era que nace al conjuro de la Ciencia fue el Atomium, gigantesca armazón metálica de 110 m de altura, que subsiste como testimonio perdurable del colosal empeño. El recinto alojaba, además de su principal atracción (los pabellones representativos de los países participantes), un parque de atracciones, 50 cafés y casi un centenar de restaurantes, cines, un banco, etc., atendido todo ello por un plantel femenino de intérpretes y un servicio especial de helicópteros y «autotrenes». La Exposición tuvo por fin no sólo presentar los últimos progresos tecnológicos, sino también las posibles soluciones a muchos y diversos problemas de nuestro presente y futuro. Entre los distintos pabellones destacaron los de Francia, por su osadía arquitectónica, Checoslovaquia y Gran Bretaña, por su gusto y tecnicismo depurados, Estados Unidos, por su deliberada y perfecta sencillez, la URSS, por el colosalismo de sus presentaciones, la Santa Sede, por la espiritualidad de su Civitas Dei, y los iberoamericanos de Venezuela, México y Argentina, tan ricos en colorido como exponentes de su alta cultura y su herencia española.
Para más información ver: Bruselas.
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