Entre los primeros sostenedores de tal doctrina cuéntanse Diógenes, Crates, Estilpo y Zenón, fundador más tarde de la escuela estoica. De Diógenes cuentan que, con una lámpara en la mano, buscaba en pleno día en la multitud a un hombre honrado, y que se alojaba en un tonel al aire libre y se dedicaba a la práctica de actos indecorosos para alardear de su menosprecio a la opinión de sus semejantes. Un día Alejandro Magno fue a verle en su refugio y le preguntó si en algo podía servirle. Diógenes, que en aquel momento estaba tomando el sol, le contestó: «Sí, hazte a un lado, que me quitas el sol». Véase Diógenes; Zenón.
Los cínicos resurgieron en Roma en los dos primeros siglos de nuestra era. Demetrio, amigo de Séneca, Oenomao y Démonax, ponderado por Luciano, aparecen en ese periodo como dirigentes del cinismo. Aunque fieles a los principios de Antístenes, debieron mostrarse más comedidos, pues los romanos los equiparaban en su estimación a los estoicos.
Históricamente, la doctrina de los cínicos adquiere importancia por su criterio sobre la finalidad de la virtud, opuesto al de los cirenaicos, otra escuela de derivación socrática. Para aquéllos la virtud poseía un valor moral intrínseco, mientras que para los cirenaicos era un medio de hacer la vida agradable. Este antagonismo perduró en la historia antigua entre los estoicos, descendientes del cinismo y seguidores de Zenón, y los epicúreos, variante del cirenaísmo (v. Ci-renaica, Escuela; Epicureísmo; Estoicismo). Nunca pudo el cinismo —con su virtud negativa y antipática— inducir a los hombres a bien vivir, aunque es preciso reconocer que obraban rectamente al reconocer la voluntad como elemento determinante del destino de los individuos.
Para más información ver: cinismo (filosofía).
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