En la conversación corriente se denomina «causa» a lo que produce un «efecto». Se considera «efecto» un cambio en la condición de una persona o cosa.
La causa precede en el tiempo al efecto que produce. Si la relación causa-efecto existe realmente, el efecto se considera regular, es decir, dada la causa sigue el efecto: A produce B, nunca C.
La causa se considera suficiente en sí misma para producir el efecto. Habitualmente consideramos la causa como que debe producir necesariamente cierto efecto.
Por ejemplo: es difícil imaginar una cerilla encendida que, puesta en contacto con residuos grasientos, no les prenda fuego.
Otras veces creemos que un efecto determinado procedió, sin duda alguna, de una causa apropiada; sin embargo, hay otros casos en los que sospechamos que, si bien la causa existía, el efecto no provino de ella.
Si una casa arde como resultado, aparentemente, de la inflamación espontánea de trapos grasientos amontonados en el desván, consideramos ese montón de harapos como causa del incendio; recordamos, sin embargo, casos en los que trapos viejos aceitosos han estado amontonados en buhardillas durante largos periodos de tiempo y no se han inflamado.
Así, la causa de una cosa es la condición necesaria y suficiente para la existencia de esa cosa, admitida la posibilidad de la no existencia de la cosa.
En tales casos, en que el efecto esperado no llega a producirse o por lo menos tarda mucho en producirse, el sentido común suele atribuir a la «casualidad» la no ocurrencia del hecho. O quizás han intervenido otras «causas» y éstas han formado una fuerza contraria de determinada especie.
Esta asociación según el sentido común de la causa y el efecto ha sido la manera más generalizada de pensar sobre los acontecimientos del mundo.
Identificadas originariamente en la mente primitiva con agentes personales y con animales (v. Animismo) las fuerzas que parecen producir cambios en el Universo, éstas se transformaron poco a poco en el principio abstracto de causa y efecto.
No cabe duda que tal concepto ha resultado de universal utilidad y seguramente continuará utilizándose como si fuera cierto. Sin embargo, la mayoría de los filósofos y científicos se niegan a aceptar dicho concepto como una teoría exacta o integral del cambio.
Al considerar la historia del concepto debiera tenerse en cuenta la verdad de que nuestra actitud frente a cualquier explicación dada de un cambio en la realidad está en armonía con la idea que de tal realidad tenemos; en definitiva refleja nuestro punto de vista metafísico (v. Metafísica).
En la medida que nuestras ideas metafísicas cambian, cambia asimismo nuestro concepto de la naturaleza del problema.
Cuando actuamos desde el punto de vista vulgar de la causa-efecto, aceptamos un modo de ver determinista de la realidad respecto a la porción del Universo a la que aplicamos el concepto; admitimos que este mundo está sujeto a un orden y que «todo tiene una causa».
• Historia De Causa-Efecto (Filosofía): Para dar con el origen de la filosofía occidental hay que remontarse hasta los griegos; por lo tanto es conveniente buscar en ese pueblo el origen filosófico de la idea causa-efecto. Ya desde el siglo v a. de J.C. se atribuye a Leucipo la afirmación: «nada acontece sin causa; todo tiene una causa y ... Para seguir leyendo ver: Historia De Causa-Efecto (Filosofía)
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