A medida que se fueron ampliando y perfeccionando los telescopios en los tiempos posteriores a Galileo, continuaron acumulándose los descubrimientos, por ejemplo: el hallazgo de nuevos satélites en torno a los planetas; el anillo delgado y plano, totalmente despegado del planeta, que rodea a Saturno, espectáculo único en el Universo hasta ahora conocido; los cambiantes cinturones de nubes que envuelven a Júpiter; las marcas permanentes de luz y sombra que distinguen a Marte, así como sus blancos casquetes polares, que, al igual que la nieve, se funden al permanecer expuestos al Sol mucho tiempo; las rotaciones del Sol y de algunos planetas alrededor de su eje; los eclipses de los satélites de Júpiter, que ayudaron a Roemer a determinar por vez primera la velocidad de la luz; el carácter doble de algunas estrellas (a pesar de que el telescopio, por la distancia enorme de ellas, no podía ofrecerlas con aumento sensible) y el hecho, descubierto ulteriormente, de que las acompañantes giraban alrededor de sus primarias; la existencia, en fin, entre las estrellas, de numerosos objetos nubiformes débilmente luminosos que fueron llamados Stellae nebulosae y, posteriormente, nebulosas simplemente. Véase Nebulosa.
Para más información ver: astronomía.
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