El condado de Barcelona se extendió a fuerza de tenacidad, ora mediante enlaces matrimoniales, ora mediante conquistas. Al casarse Berenguer IV con la princesa Petronila, hija de Ramiro el Monje, rey de Aragón, se formó la confederación catalano-aragonesa, que bajo el reinado de Alfonso II el Casto, hijo de entrambos, prosiguió la obra iniciada por él y continuada por sus sucesores con el engrandecimiento a ambos lados del Pirineo y mar adentro: conquistas de Valencia, parte de Murcia, Baleares, Sicilia, Córcega y Cerdeña, Atenas y Neopatria, etc. El señorío del Mediterráneo, que tenía su centro natural en el puerto de Barcelona, creó lo que algunos historiadores extranjeros han llamado «la talasocracia catalana». Sus consecuencias fueron la codificación del derecho consuetudinario marítimo en el llamado «Consulat del Mar», la creación de consulados en toda la costa mediterránea, el auge de la cartografía con intervención predominante de los judíos mallorquines (los dos Cresques, Valldestes y Vallseca) y una gran prosperidad del comercio y de la artesanía.
Barcelona participó en la guerra de «los remenees» o payeses redimidos, que resolvió Fernando de Antequera, primer rey de la casa de Trastamara. En 1493 la ciudad recibió a Colón, que regresaba de su primer viaje a América, porque en esta ciudad se encontraban a la sazón, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel. La decadencia de Barcelona no tardó en presentarse y se acentuó sobre todo durante el gobierno del Conde-Duque de Olivares, en el siglo xvii, cuando Barcelona vivió la trágica «guerra deis Segadors». Pocos lustros más tarde se vio envuelta en otra lucha que sacudió gran parte de Europa: la guerra de Sucesión a la corona de España por la muerte de Carlos II el Hechizado. Barcelona tomó partido por el archiduque Carlos y los ejércitos de Felipe V, el primer rey de la casa de Borbón, tomaron la ciudad al asalto (1714). El castigo que recibió Barcelona fue duro y prácticamente no terminó hasta 80 años más tarde, en que se le permitió volver a comerciar con América y se le restituyeron la Universidad, que había sido trasladada a Cervera, y otras prerrogativas.
El siglo xviii terminó con un gran incremento de la población y un auge de la industria y el arte, movimiento al que no fue ajena la huida de Francia de gran número de nobles, artistas, etc., que, escapando de la Revolución Francesa, encontraron, en Barcelona buena acogida. La llamada Junta de Comercio, creada en aquella época, con sus fundaciones y escuelas, suplió en parte las deficiencias administrativas. El siglo xix amaneció en Barcelona con la dominación napoleónica. Algunos patriotas pagaron caro su amor a la independencia, pero Barcelona no sufrió directamente los horrores de la guerra. En cambio, la restauración de Fernando VII inició la era de luchas políticas en las que se mezclaron muchas veces inte,-reses sociales. En 1833 tuvo lugar la primera quema de conventos. En 1888, siendo alcalde Rius y Taulet, se inauguró la Primera Exposición Internacional de Barcelona, que al mismo tiempo lo era de España.
El siglo xx ha significado para la ciudad una época de riqueza y desarrollo. Desde que Carlos III suprimió en el siglo xviii la interdicción que pesaba sobre el comercio catalán con América, el desarrollo industrial y económico en general fue incontenible. Pese a los numerosos atentados anarquistas, al incremento del sindicalismo y al malestar social y político que culminaron en la Semana Trágica de 1909, la ciudad fue creciendo. En 1929, siendo alcalde el Barón de Viver, se inauguró la II Exposición Internacional, que se celebró al mismo tiempo que la Hispanoamericana de Sevilla. La revolución de 1934 y la sangrienta guerra de 1936-39 dejaron a la ciudad arruinada y desmoralizada. El desarrollo alcanzado en los últimos 20 años ha sido extraordinario y la ha situado a un nivel insospechado, no sólo en cuanto a población, vida cultural y religiosa, sino también en lo que afecta a la vida económica de sus habitantes.
Para más información ver: Barcelona, Ciudad.
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