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En el Egipto predinástico la danza ritual, sumamente compleja, ejecutada en público o bien en el recinto del templo, llegó a constituir parte integrante de los ritos religiosos.
La aristocracia había abandonado la danza a los campesinos, que siguieron practicando los ritos coreográficos de sus antepasados tribales, y a los bailarines profesionales. Los templos mantuvieron como clase especial, conjuntos de baile, al igual que la corte de los faraones. La danza litúrgica y cortesana egipcia se caracterizó, durante la época dinástica, por la austeridad de los movimientos y el hieratismo de los gestos, cultivados quizá como reacción contra la exuberancia de las danzas tribales, pues las danzas y costumbres de las tribus eran detestadas por la corte, que abolió numerosos usos tribales, como el tatuaje. Más tarde halláronse aceptables las danzas exóticas a cargo de artistas importados y los movimientos suavemente ondulantes de las bayaderas asiáticas fueron modificando, hasta terminar eclipsándolo, el hieratismo de la danza egipcia con sus movimientos rígidos, angulosos o envarados.
En las danzas corales de la primitiva Grecia (700-600 a. de J.C.), especialmente el ditirambo en honor de Dionisos (el vivificador, que anualmente —como el Osiris egipcio— crecía, florecía, se marchitaba y moría al compás de las estaciones para renacer de nuevo con el resurgir de la primavera) ha de buscarse el origen del drama. Un hierofante ataviado de Dionisos aparecía rodeado de 50 danzantes corales, que con él interpretaban ese ciclo de la vida, imitando sus movimientos, acompañando su danza con sus cantos y llevando el ritmo, al principio con taconear de pies y batir de palmas y luego con instrumentos de percusión. El momento culminante del año era la vendimia, que se celebraba con un jubiloso festival en honor del dios. A este festival eran llevados el representante de Dionisos y su cortejo en un barco sobre ruedas, el carrus navalis, de donde deriva la voz carnaval.
En Roma, sobre todo después de la conquista de Grecia, privó hasta tal punto la danza entre los patricios que traían de Grecia maestros de danza y clases. El baile se convirtió en una necesidad social que arrancó a Cicerón la observación amarga: Nemo fere saltat sobrius (nadie apenas baila sobrio). Los festivales religiosos se celebraban de manera muy semejante a como se celebraron los ritos griegos, pero las bacanales romanas (en honor de Baco) y los exóticos excesos que acompañaban a las lupereales (fiestas de la purificación) degeneraron en orgías, a las que se encargó de poner freno el Cristianismo. Los primeros cristianos no rompieron con la tradición pagana hasta que la jerarquía condenó un arte tan íntimamente vinculado al paganismo. La danza cayó de nuevo bajo la jurisdicción del sacerdocio, que supo imprimirle ceremoniosa solemnidad y fastuoso colorido. Pero un medio tan elemental de expresión no podía ser reprimido largo tiempo; la danza mímica con fines religiosos fue él anticipo de la danza considerada como entretenimiento, particularmente en las cortes de los poderosos. El pueblo, asimismo, terminó celebrando fiestas ostensiblemente religiosas de una manera decididamente mundana, con pantomimas, malabarismos y un retorno a la danza coral en la celebración de los carnavales que recordaba su abolengo bacanal.
Para más información ver: danza.
La aristocracia había abandonado la danza a los campesinos, que siguieron practicando los ritos coreográficos de sus antepasados tribales, y a los bailarines profesionales. Los templos mantuvieron como clase especial, conjuntos de baile, al igual que la corte de los faraones. La danza litúrgica y cortesana egipcia se caracterizó, durante la época dinástica, por la austeridad de los movimientos y el hieratismo de los gestos, cultivados quizá como reacción contra la exuberancia de las danzas tribales, pues las danzas y costumbres de las tribus eran detestadas por la corte, que abolió numerosos usos tribales, como el tatuaje. Más tarde halláronse aceptables las danzas exóticas a cargo de artistas importados y los movimientos suavemente ondulantes de las bayaderas asiáticas fueron modificando, hasta terminar eclipsándolo, el hieratismo de la danza egipcia con sus movimientos rígidos, angulosos o envarados.
En las danzas corales de la primitiva Grecia (700-600 a. de J.C.), especialmente el ditirambo en honor de Dionisos (el vivificador, que anualmente —como el Osiris egipcio— crecía, florecía, se marchitaba y moría al compás de las estaciones para renacer de nuevo con el resurgir de la primavera) ha de buscarse el origen del drama. Un hierofante ataviado de Dionisos aparecía rodeado de 50 danzantes corales, que con él interpretaban ese ciclo de la vida, imitando sus movimientos, acompañando su danza con sus cantos y llevando el ritmo, al principio con taconear de pies y batir de palmas y luego con instrumentos de percusión. El momento culminante del año era la vendimia, que se celebraba con un jubiloso festival en honor del dios. A este festival eran llevados el representante de Dionisos y su cortejo en un barco sobre ruedas, el carrus navalis, de donde deriva la voz carnaval.
En Roma, sobre todo después de la conquista de Grecia, privó hasta tal punto la danza entre los patricios que traían de Grecia maestros de danza y clases. El baile se convirtió en una necesidad social que arrancó a Cicerón la observación amarga: Nemo fere saltat sobrius (nadie apenas baila sobrio). Los festivales religiosos se celebraban de manera muy semejante a como se celebraron los ritos griegos, pero las bacanales romanas (en honor de Baco) y los exóticos excesos que acompañaban a las lupereales (fiestas de la purificación) degeneraron en orgías, a las que se encargó de poner freno el Cristianismo. Los primeros cristianos no rompieron con la tradición pagana hasta que la jerarquía condenó un arte tan íntimamente vinculado al paganismo. La danza cayó de nuevo bajo la jurisdicción del sacerdocio, que supo imprimirle ceremoniosa solemnidad y fastuoso colorido. Pero un medio tan elemental de expresión no podía ser reprimido largo tiempo; la danza mímica con fines religiosos fue él anticipo de la danza considerada como entretenimiento, particularmente en las cortes de los poderosos. El pueblo, asimismo, terminó celebrando fiestas ostensiblemente religiosas de una manera decididamente mundana, con pantomimas, malabarismos y un retorno a la danza coral en la celebración de los carnavales que recordaba su abolengo bacanal.
Para más información ver: danza.
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