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Los bailes de sociedad españoles —como la polca, mazurca y varsoviana (polacas), el galop (alemán), el minué y cancán (franceses), el vals (alemán-austriaco)— han sido importados casi todos. Importadas unas veces y otras nacidas en el propio suelo, gozaron de gran predicamento a lo largo de los siglos numerosas danzas como la alta) el brando o branle (siglos xv-xviii), el canario o canarie (xvi), el candamo, la carola (medieval), la corea, la cuadrilla, la contradanza, la corranda (xvi), el cotillón, la chacona (xvii), el escarramán (xvii), la españoleta (xvi), la folia (medieval) y su derivado los folijones, la gallarda o romanesca (medieval), la gavota, la giga, la guaracha (xviii), los lanceros, la mariona, el matachín, la moresca o morisca, la paisana, la palmadilla, el paloteo o paloteado, las paradetas, la pataletilla, el pasodoble, el paspié, la pavana (xvi), el pésamedello (xvi-xvii), el pie de gibao (xvi-xvii), la redova, el rigodón (xviii), el saltarelo (xv), la seguida, el sueño (licencioso, xviii), la tárraga (xvii), el torneo, el turdión, el villano (xvi-xvii), la zarabanda (xvi-xvii) y otras muchas, sin contar las más modernas como el boston, el chotis, el fox-trot, la rumba, el tango, el vals y otros.
Pero lo que enorgullece a España en el campo de la coreografía es su riquísimo acervo folklórico de danzas populares, sumamente bellas, cuyos orígenes, antiquísimos, se pierden a veces en la oscuridad de los tiempos. Así ocurre con la mayoría de los bailes vascongados: la espata-dantza, recia y espectacular, de carácter guerrero, el aurresku, danza que consta de siete figuras, el zorcico, el ariñ-ariñ y otros, casi todos al son del txistu y el tamboril. No menos populares son la jota, que se baila en varias regiones —Navarra, Valencia—, pero que tiene un sello particularmente brillante y vigoroso en Aragón; la sardana, hermoso baile catalán ejecutado en corro por hombres y mujeres, con acompañamiento de la tenora y el tamboril, que proviene de las antiguas danzas griegas; las asturianas danza pirma y giraldillas; la muñeira y la gallegada, de Galicia; la charrada, de Salamanca; el periquín, santanderino; las habas verdes, de Castilla la Vieja; las seguidillas, manchegas; las folias, canarias (de oriundez portuguesa). Las danzas andaluzas, con modalidades en cada provincia, son un derroche de movimientos rítmicos, vivos, graciosos, en conjuntos de inimitable colorido que hacen las delicias de los extranjeros, como las sevillanas, malagueñas, panaderos, zapateado, bolero, fandango, fandanguillo, vito, jaleo, zorongo, olé, jácara, zarabanda, soledad (soleares), cachucha y otros.
En Hispanoamérica, además de las danzas adoptadas por las salas de baile de todo el mundo, hay en cada país un crecido número de danzas típicas, procedentes muchas de ellas de la música popular española. Destacan entre otras: en Argentina, el pericón (baile nacional), la chacarera, el cacharpari (baile cié despedida), gato, cielito (gaucho), malambo; en Brasil, la machicha: en Venezuela, el joropo de los llaneros, baile nacional; en Chile, la cueca y el manseque (baile infantil); en Perú, la zamacueca, la marinera, el triunfo, el yaraví; en Colombia, el bambuco; en Panamá, el tamborito, de origen africano, baile nacional; en Ecuador y Bolivia, el cachua (indio); en México, jarabe tapatío, modalidad de Jalisco, la sandunga (Tehuantepec); finalmente, en las Antillas, el fandanguillo, la guaracha, la habanera, el danzón, la rumba, el cariaco, la titundia, la conga, el guineo y el (ambos negros), el mambo y el changüí.
Para más información ver: danza.
Pero lo que enorgullece a España en el campo de la coreografía es su riquísimo acervo folklórico de danzas populares, sumamente bellas, cuyos orígenes, antiquísimos, se pierden a veces en la oscuridad de los tiempos. Así ocurre con la mayoría de los bailes vascongados: la espata-dantza, recia y espectacular, de carácter guerrero, el aurresku, danza que consta de siete figuras, el zorcico, el ariñ-ariñ y otros, casi todos al son del txistu y el tamboril. No menos populares son la jota, que se baila en varias regiones —Navarra, Valencia—, pero que tiene un sello particularmente brillante y vigoroso en Aragón; la sardana, hermoso baile catalán ejecutado en corro por hombres y mujeres, con acompañamiento de la tenora y el tamboril, que proviene de las antiguas danzas griegas; las asturianas danza pirma y giraldillas; la muñeira y la gallegada, de Galicia; la charrada, de Salamanca; el periquín, santanderino; las habas verdes, de Castilla la Vieja; las seguidillas, manchegas; las folias, canarias (de oriundez portuguesa). Las danzas andaluzas, con modalidades en cada provincia, son un derroche de movimientos rítmicos, vivos, graciosos, en conjuntos de inimitable colorido que hacen las delicias de los extranjeros, como las sevillanas, malagueñas, panaderos, zapateado, bolero, fandango, fandanguillo, vito, jaleo, zorongo, olé, jácara, zarabanda, soledad (soleares), cachucha y otros.
En Hispanoamérica, además de las danzas adoptadas por las salas de baile de todo el mundo, hay en cada país un crecido número de danzas típicas, procedentes muchas de ellas de la música popular española. Destacan entre otras: en Argentina, el pericón (baile nacional), la chacarera, el cacharpari (baile cié despedida), gato, cielito (gaucho), malambo; en Brasil, la machicha: en Venezuela, el joropo de los llaneros, baile nacional; en Chile, la cueca y el manseque (baile infantil); en Perú, la zamacueca, la marinera, el triunfo, el yaraví; en Colombia, el bambuco; en Panamá, el tamborito, de origen africano, baile nacional; en Ecuador y Bolivia, el cachua (indio); en México, jarabe tapatío, modalidad de Jalisco, la sandunga (Tehuantepec); finalmente, en las Antillas, el fandanguillo, la guaracha, la habanera, el danzón, la rumba, el cariaco, la titundia, la conga, el guineo y el (ambos negros), el mambo y el changüí.
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