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La más importante de las artes chinas es la pintura. Los antiguos artistas empleaban pinceles semejantes a los que usaban los literatos para escribir. Como para llegar a pintar bien era necesario vencer las dificultades inherentes a la escritura a pincel, no existe en realidad el mito del artista chino ignorante. Toda obra buena de un pintor pregonaba, en efecto, su condición de hombre culto. La pintura china se ejecuta por un procedimiento de acuarela aplicada a pincel sobre seda o papel de tal suerte que no cabe la rectificación ni el retoque una vez fijada la pincelada. No se intenta pintar los objetos tan al natural que engañen la vista, pues las obras están destinadas a gente culta no interesada en tales «trucos». Sin embargo, la leyenda nos habla de grandes artistas chinos que pintaban dragones sobre las paredes de los templos con tal vitalidad y vigor espiritual que, «como criaturas de carne y hueso, se remontaban a las nubes».
Restos de famosos frescos que adornan los muros de los templos y palacios indican que algunos de ellos debieron de ser magníficos. No se trataba de verdaderos frescos, pues se pintaban sobre yeso seco en perjuicio de su permanencia. La mayor parte de las pinturas adoptaban tres formas: las pequeñas, a menudo en forma de abanico, llamadas hojas de álbum (que se encuadernaban en álbumes); las destinadas a ser colgadas, que podían enrollarse para su almacenaje; las ejecutadas en largos rollos, que no se ven más que en el arte chino y japonés. Estos rollos medían de 3 a 25 m de largo y de 0,20 a 0,50 m de ancho. Aunque contenían panoramas ininterrumpidos, no se desenrollaban del todo para su contemplación, ya que no se destinaban a ser contemplados de una vez. Se guardaban enrollados en cajas de las que no se sacaban más que en especiales ocasiones. Extendidos encima de una mesa, sólo podía contemplarse la porción que abarcaban las manos y, sin embargo, siempre aparecía a la vista una composición perfecta. Los artistas occidentales nunca intentaron nada parecido a estas composiciones continuas.
Los paisajes, Shan Shui, gozaban de gran veneración. En ellos los temas favoritos eran las montañas y el agua. Los grandes paisajistas de la dinastía Sung (960-1297) trataron con éxito de simplificar y expresar todos los aspectos importantes de un paisaje con algunas líneas y tonos fundamentales, principalmente en blanco y negro. Para ello empleaban una tinta china aterciopelada en matices que variaban desde el negro intensísimo al gris plateado casi tan claro como el papel mismo. Las pinturas sobre seda no se consideraban más importantes que las realizadas sobre papel y hasta se decía que exigían menos pericia. Cuando se usaba el color, no era para acentuar el realismo, sino para realzar el efecto decorativo.
La mayor parte de los retratos chinos no se hicieron a la vista del modelo, sino después que éste había desaparecido. No obstante, el resultado final era convincente. El artista, que guardaba colecciones de todo tipo de rostros, decidía en conversaciones con los familiares del difunto cuál de dichos rostros presentaba más semejanza con el fallecido. Generalmente el retrato resultaba satisfactorio. Pero aun en este menester el trabajo aparecía especializado. Mientras un artista pintaba la cara, otro añadía el vestido y los detalles decorativos. Estas pinturas se destinaban al sancta sanctorum familiar de los antepasados, donde se celebraban las honras fúnebres de los difuntos. Se consideraban, pues, más como objeto de rito que como obras de arte.
Todos los pintores chinos tuvieron en alta estima los procedimientos empleados por sus antecesores en el oficio. No pocos artistas faltos de originalidad creyeron que su obra era grande tan sólo por responder fielmente a las tradiciones. Su mediocridad se hace, sin embargo, patente en cuanto se la compara con las muestras de verdadera categoría. Las grandes pinturas chinas son poco conocidas de los occidentales, pues rara vez se venden a extranjeros.
Para más información ver: China, país.
Restos de famosos frescos que adornan los muros de los templos y palacios indican que algunos de ellos debieron de ser magníficos. No se trataba de verdaderos frescos, pues se pintaban sobre yeso seco en perjuicio de su permanencia. La mayor parte de las pinturas adoptaban tres formas: las pequeñas, a menudo en forma de abanico, llamadas hojas de álbum (que se encuadernaban en álbumes); las destinadas a ser colgadas, que podían enrollarse para su almacenaje; las ejecutadas en largos rollos, que no se ven más que en el arte chino y japonés. Estos rollos medían de 3 a 25 m de largo y de 0,20 a 0,50 m de ancho. Aunque contenían panoramas ininterrumpidos, no se desenrollaban del todo para su contemplación, ya que no se destinaban a ser contemplados de una vez. Se guardaban enrollados en cajas de las que no se sacaban más que en especiales ocasiones. Extendidos encima de una mesa, sólo podía contemplarse la porción que abarcaban las manos y, sin embargo, siempre aparecía a la vista una composición perfecta. Los artistas occidentales nunca intentaron nada parecido a estas composiciones continuas.
Los paisajes, Shan Shui, gozaban de gran veneración. En ellos los temas favoritos eran las montañas y el agua. Los grandes paisajistas de la dinastía Sung (960-1297) trataron con éxito de simplificar y expresar todos los aspectos importantes de un paisaje con algunas líneas y tonos fundamentales, principalmente en blanco y negro. Para ello empleaban una tinta china aterciopelada en matices que variaban desde el negro intensísimo al gris plateado casi tan claro como el papel mismo. Las pinturas sobre seda no se consideraban más importantes que las realizadas sobre papel y hasta se decía que exigían menos pericia. Cuando se usaba el color, no era para acentuar el realismo, sino para realzar el efecto decorativo.
La mayor parte de los retratos chinos no se hicieron a la vista del modelo, sino después que éste había desaparecido. No obstante, el resultado final era convincente. El artista, que guardaba colecciones de todo tipo de rostros, decidía en conversaciones con los familiares del difunto cuál de dichos rostros presentaba más semejanza con el fallecido. Generalmente el retrato resultaba satisfactorio. Pero aun en este menester el trabajo aparecía especializado. Mientras un artista pintaba la cara, otro añadía el vestido y los detalles decorativos. Estas pinturas se destinaban al sancta sanctorum familiar de los antepasados, donde se celebraban las honras fúnebres de los difuntos. Se consideraban, pues, más como objeto de rito que como obras de arte.
Todos los pintores chinos tuvieron en alta estima los procedimientos empleados por sus antecesores en el oficio. No pocos artistas faltos de originalidad creyeron que su obra era grande tan sólo por responder fielmente a las tradiciones. Su mediocridad se hace, sin embargo, patente en cuanto se la compara con las muestras de verdadera categoría. Las grandes pinturas chinas son poco conocidas de los occidentales, pues rara vez se venden a extranjeros.
Para más información ver: China, país.
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