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Aunque el movimiento cristiano se fundó en la creencia judía en un Dios y en las Sagradas Escrituras (Antiguo Testamento) de los judíos, su genio ha de buscarse en la singularidad de la vida y mensaje de Jesús, que añadió, fundamentalmente, al Judaísmo un espíritu nuevo, un nuevo concepto de Dios y una nueva ética del amor.
Por otra parte es difícil separar el mensaje de Cristo sobre Dios de sus afirmaciones sobre su relación con Dios. Hablaba de Dios como del misericordioso Padre celestial, al tiempo que declaraba que Él era una misma cosa con el Padre.
Predicó el arrepentimiento y el juicio, pero su mensaje positivo fue «la buena nueva» de que Dios amaba al mundo y enviaba a su Hijo para que por su fe en Él pudiera el hombre tener vida perdurable (lo. 3:16).
Subrayó la posibilidad de intimidad con el Padre y la participación en su reino, al mismo tiempo que se presentaba como el Mesías portador de un reino, aunque su mesianismo consistiera en «aliviar a los que sufren» (Lc. 4:6-21) y su reino fuera espiritual (lo. 18:36).
Jesús desempeñó su misión durante cerca de tres años en Palestina, reuniendo y enseñando a pequeños núcleos de discípulos.
La oposición de los dirigentes judíos dio lugar a su crucifixión bajo Poncio Pilato, hacia el año 30. Después de su resurrección mandó a sus discípulos que fueran «por todo el mundo a predicar el evangelio a toda criatura» (Mc. 16:15). Véase Jesucristo.
El movimiento cristiano empezó en Jerusalén con la predicación de la muerte y resurrección de Jesús de acuerdo con su mandato. Nació en un mundo pleno de supersticiones y religiones: sistemas filosóficos, religiones de misterio y judaísmo. El cristianismo, descartando las restricciones del Judaísmo, se convirtió en una religión para todos los hombres.
Superó la tendencia a dividir a éstos en dos grupos —judíos y gentiles— y el espíritu de disensión alentado por algunas sectas, como la de los gnósticos. Se abrió camino entre el ostracismo, la rivalidad y las persecuciones.
A finales del siglo iii había ganado la batalla a sus enemigos y conquistado nominalmente el Imperio Romano. Se había extendido a todos los territorios del Imperio y penetrado en Asia, Persia y Arabia después de resistir a varias importantes persecuciones imperiales.
Fue proclamado religión legal por Constantino en 313 y, a finales del siglo iv, religión oficial del Imperio por Teodosio. Considerada en un principio una pequeña y despreciable secta del Judaísmo, había alcanzado en esta época el respeto social. Presentaba un historial envidiable de humanitarismo, había dado escritores teológicos que podían compararse favorablemente con los filósofos romanos y contaba con una organización eficaz.
Entre las razones que dieron el triunfo al Cristianismo cabe señalar:
1) la personalidad histórica de Jesucristo y su resurrección indubitablemente demostrada;
2) la adopción de los puntos buenos del judaísmo, pero no de sus limitaciones;
3) la promesa del perdón y la inmortalidad;
4) su llamamiento individual y universal;
5) el entusiasmo misionero;
6) su fuerza moral y ética;
7) su llamada al hombre común.
El Cristianismo influyó en la sociedad de esta época quizá más que en cualquiera otra; pero a su vez también se dejó influir por ella. En su organización, la Iglesia Latina copió la estructura del Imperio Romano.
La filosofía griega, en su último desarrollo, ejerció creciente influencia en la teología cristiana. Los jerarcas cristianos sintieron la necesidad de recoger los relatos de la vida y doctrina de Jesús y de recopilar las cartas de los Apóstoles; con ellos se formó el Nuevo Testamento (aceptado por los cristianos como divinamente inspirado). Véase Evangelio.
Al cesar la persecución y ganar el Cristianismo mayor aceptación social, personas de catadura moral no muy elevada introdujeron «el mundo» en la iglesia. La vida monástica sucede al martirio como ideal de santidad cristiana.
Aún cabe señalar otros cambios: relajada su expectación en torno a un inminente retorno de Jesús, los cristianos dedicaron su afán a vivir con el mundo y a extender más metódicamente el reino de Cristo con la ayuda del Imperio.
La lozanía y sencillez del evangelio, tal como lo enseñaron los apóstoles, dio paso a una interpretación más compleja y formulista de la vida cristiana.
Todas esas tendencias se acentúan en el decurso de la Edad Media. Cabe señalar como rasgo más saliente de evolución el gran desarrollo del aspecto institucional de la Iglesia, muchas veces sobre el modelo mismo del Imperio y en íntima compenetración con él.
Al final de la Edad Media, la Iglesia ejercía considerable dominio sobre la vida particular, social e intelectual. Su influencia era poderosa incluso en asuntos temporales.
El Romano Pontífice era la autoridad máxima tanto en asuntos espirituales como seculares. En este periodo se produjo la división de la cristiandad en dos grandes grupos, Oriente y Occidente, como consecuencia de la división política del Imperio en las mismas zonas geográficas.
En esta época se hicieron asimismo grandes progresos en la esfera de la teología y se suscitaron numerosas controversias. En una serie de concilios generales, convocados por los principales gobernantes del Imperio desde el año 325 al 787, se formularon credos que resumieron los puntos de vista ortodoxos en relación con la naturaleza de Cristo, la Trinidad, las imágenes y otros puntos fundamentales.
El monasticismo, iniciado en Occidente en el siglo vi, se extendió rápidamente, especialmente con motivo de la multiplicación de las abadías benedictinas.
Los monjes se convirtieron en los principales misioneros del norte de Europa y depositarios de la cultura. Durante los siglos xi y xii surgieron las universidades, muchas de ellas promovidas por los monasterios y las catedrales.
El siglo XIII presenció el rápido establecimiento de órdenes religiosas mendicantes, como la de los franciscanos y dominicos. La teología y la filosofía que se enseñaban en las universidades medievales, influidas grandemente por las doctrinas de Aristóteles, prestaron creciente atención a la argumentación y la discusión lógica.
Durante el último periodo de la Edad Media, aprovechándose de la relajación de una parte del clero, del debilitamiento de la autoridad pontificia por culpa del cisma de Occidente, de los conflictos de los papas con los gobernantes temporales, de la indiferencia y escepticismo religiosos que acompañaron al Renacimiento y del despertar del nacionalismo político, surgió la llamada Reforma, encabezada por Lutero, Calvino y otros, a la que opuso la Iglesia la Contrarreforma.
La nueva doctrina, que dio pábulo al desencadenamiento de las pasiones con su sistema moral y a la codicia de los príncipes temporales, que vieron en ella ocasión propicia para apoderarse de los bienes de la Iglesia, se extendió sobre todo el norte y centro de Europa.
Martín Lutero y sus seguidores protestaron puntos esenciales de la doctrina católica —de ahí su denominación de «protestantes»— y consiguieron que gran parte de Europa se alejara del seno de la Iglesia Católica. Eran puntos básicos del Protestantismo:
- la libre interpretación del Evangelio;
- la doctrina de la justificación por la sola fe;
- el acceso directo a Dios por Cristo más bien que por los sacramentos ó los sacerdotes;
- una presunta revalorización de la doctrina evangélica presentada bajo una nueva luz que rompía con la milenaria tradición de la Iglesia y hacía imposible toda fórmula de compromiso.
El Concilio de Trento (1545-63) fue convocado tanto para examinar la actitud que había de seguirse frente a los protestantes como para tratar de la reforma de las costumbres. El concilio afirmó nuevamente las doctrinas atacadas por los sectarios y dictó normas encaminadas a la depuración de la Iglesia.
Desde el siglo xvi, las comuniones católica y protestante se han venido desarrollando independientemente: la primera, principalmente, en la parte meridional de Europa (España, Francia, Italia); y la segunda en la septentrional (Alemania, Inglaterra, Escandinavia). Sus relaciones se han caracterizado históricamente por la persecución de que han sido objeto las minorías religiosas por parte de la mayoría dominante.
Quizá la más fundamental diferencia entre ambas teologías provenga de la actitud protestante de considerar a Cristo como único mediador entre Dios y el hombre.
Ello supone negar el papel intercesor de la Iglesia, a la que, en general, se despojó de toda autoridad dogmática.
Los protestantes abogan, en conferencias, por la interpretación individual de las Escrituras y niegan a los sacramentos y al sacerdocio el carácter de instrumentos de la divina gracia. Por su parte, los católicos creen que Cristo ejerce su única mediación a través de la Iglesia visible, sucesora de la fundada por Cristo, una proyección en el tiempo del mismo Cristo.
El concepto católico de la autoridad doctrinal de la Iglesia quedó expresado en 1870 con la definición de la infalibilidad papal en materia de fe y de costumbres.
La historia del Cristianismo en la Europa del siglo xvii se caracterizó por las guerras religiosas, reajustes, demarcación de fronteras y el refinamiento doctrinal en confesiones y credos. En los siglos subsiguientes los sistemas filosóficos opuestos a la revelación divina debilitaron el sentimiento religioso y ejercieron una lamentable influencia en las creencias y prácticas cristianas.
Sin embargo, el Cristianismo siguió demostrando su vigor con la intensa y extensa actividad misionera llevada a cabo en Asia, África y América.
Para más información ver: Cristianismo.

Distribución del cristianismo en la actualidad.
En violeta: Países y regiones donde es mayoritario el catolicismo
En azul: Países y regiones donde es mayoritario el protestantismo
En rojo: Países y regiones donde es mayoritario el cristianismo ortodoxo
En bordó: Países y regiones donde son mayoritarias las iglesias cristianas primitivas
CC
Por otra parte es difícil separar el mensaje de Cristo sobre Dios de sus afirmaciones sobre su relación con Dios. Hablaba de Dios como del misericordioso Padre celestial, al tiempo que declaraba que Él era una misma cosa con el Padre.
Predicó el arrepentimiento y el juicio, pero su mensaje positivo fue «la buena nueva» de que Dios amaba al mundo y enviaba a su Hijo para que por su fe en Él pudiera el hombre tener vida perdurable (lo. 3:16).
Subrayó la posibilidad de intimidad con el Padre y la participación en su reino, al mismo tiempo que se presentaba como el Mesías portador de un reino, aunque su mesianismo consistiera en «aliviar a los que sufren» (Lc. 4:6-21) y su reino fuera espiritual (lo. 18:36).
Jesús desempeñó su misión durante cerca de tres años en Palestina, reuniendo y enseñando a pequeños núcleos de discípulos.
La oposición de los dirigentes judíos dio lugar a su crucifixión bajo Poncio Pilato, hacia el año 30. Después de su resurrección mandó a sus discípulos que fueran «por todo el mundo a predicar el evangelio a toda criatura» (Mc. 16:15). Véase Jesucristo.
Primeros años del Cristianismo
El movimiento cristiano empezó en Jerusalén con la predicación de la muerte y resurrección de Jesús de acuerdo con su mandato. Nació en un mundo pleno de supersticiones y religiones: sistemas filosóficos, religiones de misterio y judaísmo. El cristianismo, descartando las restricciones del Judaísmo, se convirtió en una religión para todos los hombres.
Superó la tendencia a dividir a éstos en dos grupos —judíos y gentiles— y el espíritu de disensión alentado por algunas sectas, como la de los gnósticos. Se abrió camino entre el ostracismo, la rivalidad y las persecuciones.
A finales del siglo iii había ganado la batalla a sus enemigos y conquistado nominalmente el Imperio Romano. Se había extendido a todos los territorios del Imperio y penetrado en Asia, Persia y Arabia después de resistir a varias importantes persecuciones imperiales.
Fue proclamado religión legal por Constantino en 313 y, a finales del siglo iv, religión oficial del Imperio por Teodosio. Considerada en un principio una pequeña y despreciable secta del Judaísmo, había alcanzado en esta época el respeto social. Presentaba un historial envidiable de humanitarismo, había dado escritores teológicos que podían compararse favorablemente con los filósofos romanos y contaba con una organización eficaz.
Entre las razones que dieron el triunfo al Cristianismo cabe señalar:
1) la personalidad histórica de Jesucristo y su resurrección indubitablemente demostrada;
2) la adopción de los puntos buenos del judaísmo, pero no de sus limitaciones;
3) la promesa del perdón y la inmortalidad;
4) su llamamiento individual y universal;
5) el entusiasmo misionero;
6) su fuerza moral y ética;
7) su llamada al hombre común.
El Cristianismo influyó en la sociedad de esta época quizá más que en cualquiera otra; pero a su vez también se dejó influir por ella. En su organización, la Iglesia Latina copió la estructura del Imperio Romano.
La filosofía griega, en su último desarrollo, ejerció creciente influencia en la teología cristiana. Los jerarcas cristianos sintieron la necesidad de recoger los relatos de la vida y doctrina de Jesús y de recopilar las cartas de los Apóstoles; con ellos se formó el Nuevo Testamento (aceptado por los cristianos como divinamente inspirado). Véase Evangelio.
Al cesar la persecución y ganar el Cristianismo mayor aceptación social, personas de catadura moral no muy elevada introdujeron «el mundo» en la iglesia. La vida monástica sucede al martirio como ideal de santidad cristiana.
Aún cabe señalar otros cambios: relajada su expectación en torno a un inminente retorno de Jesús, los cristianos dedicaron su afán a vivir con el mundo y a extender más metódicamente el reino de Cristo con la ayuda del Imperio.
La lozanía y sencillez del evangelio, tal como lo enseñaron los apóstoles, dio paso a una interpretación más compleja y formulista de la vida cristiana.
Época medieval del cristianismo
Todas esas tendencias se acentúan en el decurso de la Edad Media. Cabe señalar como rasgo más saliente de evolución el gran desarrollo del aspecto institucional de la Iglesia, muchas veces sobre el modelo mismo del Imperio y en íntima compenetración con él.
Al final de la Edad Media, la Iglesia ejercía considerable dominio sobre la vida particular, social e intelectual. Su influencia era poderosa incluso en asuntos temporales.
El Romano Pontífice era la autoridad máxima tanto en asuntos espirituales como seculares. En este periodo se produjo la división de la cristiandad en dos grandes grupos, Oriente y Occidente, como consecuencia de la división política del Imperio en las mismas zonas geográficas.
En esta época se hicieron asimismo grandes progresos en la esfera de la teología y se suscitaron numerosas controversias. En una serie de concilios generales, convocados por los principales gobernantes del Imperio desde el año 325 al 787, se formularon credos que resumieron los puntos de vista ortodoxos en relación con la naturaleza de Cristo, la Trinidad, las imágenes y otros puntos fundamentales.
El monasticismo, iniciado en Occidente en el siglo vi, se extendió rápidamente, especialmente con motivo de la multiplicación de las abadías benedictinas.
Los monjes se convirtieron en los principales misioneros del norte de Europa y depositarios de la cultura. Durante los siglos xi y xii surgieron las universidades, muchas de ellas promovidas por los monasterios y las catedrales.
El siglo XIII presenció el rápido establecimiento de órdenes religiosas mendicantes, como la de los franciscanos y dominicos. La teología y la filosofía que se enseñaban en las universidades medievales, influidas grandemente por las doctrinas de Aristóteles, prestaron creciente atención a la argumentación y la discusión lógica.
Reforma y Contrarreforma
Durante el último periodo de la Edad Media, aprovechándose de la relajación de una parte del clero, del debilitamiento de la autoridad pontificia por culpa del cisma de Occidente, de los conflictos de los papas con los gobernantes temporales, de la indiferencia y escepticismo religiosos que acompañaron al Renacimiento y del despertar del nacionalismo político, surgió la llamada Reforma, encabezada por Lutero, Calvino y otros, a la que opuso la Iglesia la Contrarreforma.
La nueva doctrina, que dio pábulo al desencadenamiento de las pasiones con su sistema moral y a la codicia de los príncipes temporales, que vieron en ella ocasión propicia para apoderarse de los bienes de la Iglesia, se extendió sobre todo el norte y centro de Europa.
Martín Lutero y sus seguidores protestaron puntos esenciales de la doctrina católica —de ahí su denominación de «protestantes»— y consiguieron que gran parte de Europa se alejara del seno de la Iglesia Católica. Eran puntos básicos del Protestantismo:
- la libre interpretación del Evangelio;
- la doctrina de la justificación por la sola fe;
- el acceso directo a Dios por Cristo más bien que por los sacramentos ó los sacerdotes;
- una presunta revalorización de la doctrina evangélica presentada bajo una nueva luz que rompía con la milenaria tradición de la Iglesia y hacía imposible toda fórmula de compromiso.
El Concilio de Trento (1545-63) fue convocado tanto para examinar la actitud que había de seguirse frente a los protestantes como para tratar de la reforma de las costumbres. El concilio afirmó nuevamente las doctrinas atacadas por los sectarios y dictó normas encaminadas a la depuración de la Iglesia.
Desde el siglo xvi, las comuniones católica y protestante se han venido desarrollando independientemente: la primera, principalmente, en la parte meridional de Europa (España, Francia, Italia); y la segunda en la septentrional (Alemania, Inglaterra, Escandinavia). Sus relaciones se han caracterizado históricamente por la persecución de que han sido objeto las minorías religiosas por parte de la mayoría dominante.
Quizá la más fundamental diferencia entre ambas teologías provenga de la actitud protestante de considerar a Cristo como único mediador entre Dios y el hombre.
Ello supone negar el papel intercesor de la Iglesia, a la que, en general, se despojó de toda autoridad dogmática.
Los protestantes abogan, en conferencias, por la interpretación individual de las Escrituras y niegan a los sacramentos y al sacerdocio el carácter de instrumentos de la divina gracia. Por su parte, los católicos creen que Cristo ejerce su única mediación a través de la Iglesia visible, sucesora de la fundada por Cristo, una proyección en el tiempo del mismo Cristo.
El concepto católico de la autoridad doctrinal de la Iglesia quedó expresado en 1870 con la definición de la infalibilidad papal en materia de fe y de costumbres.
Época moderna del cristianismo
La historia del Cristianismo en la Europa del siglo xvii se caracterizó por las guerras religiosas, reajustes, demarcación de fronteras y el refinamiento doctrinal en confesiones y credos. En los siglos subsiguientes los sistemas filosóficos opuestos a la revelación divina debilitaron el sentimiento religioso y ejercieron una lamentable influencia en las creencias y prácticas cristianas.
Sin embargo, el Cristianismo siguió demostrando su vigor con la intensa y extensa actividad misionera llevada a cabo en Asia, África y América.
Para más información ver: Cristianismo.

Distribución del cristianismo en la actualidad.
En violeta: Países y regiones donde es mayoritario el catolicismo
En azul: Países y regiones donde es mayoritario el protestantismo
En rojo: Países y regiones donde es mayoritario el cristianismo ortodoxo
En bordó: Países y regiones donde son mayoritarias las iglesias cristianas primitivas
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