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Cuanto sabemos del antiguo Egipto se basa casi enteramente en los resultados de la investigación arqueológica, iniciada con la invasión napoleónica el año 1798. Al año siguiente, los soldados franceses descubrieron accidentalmente la Piedra de Rosetta, que contenía un decreto de Tolomeo Epífanes en tres escrituras: jeroglífica egipcia, demótica (popular) egipcia y griega. El estudio de estos textos permitió al orientalista francés Champollion descifrar, en 1822, la antigua escritura jeroglífica. Tales estudios, proseguidos por eruditos de numerosas naciones, dieron como resultado un extenso diccionario, numerosas gramáticas y la traducción de miles de inscripciones egipcias.
Ya en los tiempos napoleónicos, las excavaciones realizadas al azar habían revelado la existencia de considerables depósitos de interesantes y, con frecuencia, valiosísimas antigüedades. La arqueología se convirtió en una caza de tesoros y los anticuarios amasaron considerables fortunas. La gran mayoría de los objetos egipcios que atesoran hoy los museos de todo el mundo proceden de excavaciones realizadas sin supervisión ni control de ninguna clase. Es imposible calcular la pérdida que para el conocimineto científico representó este tipo dé excavaciones. El descuidado trato que recibieron los hallazgos acarreó la destrucción de muchos objetos frágiles y, probablemente, la pérdida irreparable de miles de papiros manuscritos.
Es probable que la expedición de Richard Lepsius fuera la primera en trabajar sobre una base científica en Egipto. En cuatro años (1842-46) la expedición reunió no sólo vastos folios de inscripciones cuidadosamente copiadas, sino también numerosos monumentos inscritos seleccionados principalmente a causa de su valor histórico. Todo ello sirvió de núcleo a la gran colección berlinesa.
Entre los sucesores de Champollion en la Escuela Francesa de Egiptología destacan Auguste Mariette, fundador del Museo de El Cairo e inspirador del libreto de la ópera Aída de Verdi, y Gastón Camille
Charles Maspero, que continuaba como director general del museo de Mariette en plena era de investigación científica moderna. Por último, el Service des Antiquités del Gobierno egipcio estableció limitaciones cada vez más rigurosas sobre las excavaciones e implantó una supervisión más adecuada de los monumentos. Estas medidas tendían a perseguir la excavación ilegal y considerar las antigüedades como legado público. El Instituto Francés de Arqueología Oriental, fundado por Napoleón en El Cairo, dirigió numerosas excavaciones y público cientos de volúmenes de memorias e inscripciones, desde las cultas de los templos a las desmañadas de albañiles y operarios.
En 1882 se fundaba en Londres el Fondo de Exploración Egipcia, al que aparecen vinculados la mayoría de los arqueólogos ingleses. Sir William Flinders Petrie fue el primero en advertir la importancia de la alfarería como medio de establecer una cronología estratigráfica. A él se debe igualmente el sistema de las fechas escalonadas, o por secuencias, aceptado umversalmente durante medio siglo para asignar fechas relativas a las culturas prehistóricas.
Las exploraciones de los arqueólogos alemanes en las proximidades de las pirámides de El Giza (Gizeh) y Abusir aumentaron considerablemente nuestro conocimiento sobre los lugares de enterramiento de los constructores de pirámides y sus contemporáneos. Ellos fueron también los iniciadores de las excavaciones de Tell el Amarna, capital del imperio egipcio durante un corto periodo de tiempo, bajo el «rey herético» Amenofis IV (Ekhnatón), esposo de la hermosa Nefertiti y suegro de Tut-Ánkh-Amen. Tales excavaciones, continuadas por los ingleses, ofrecen un cuadro detallado de una ciudad egipcia de hace 3300 años, con sus viviendas, villas y templos. Del mismo lugar proceden las Tablillas de Tell el Amarna, valiosa fuente de información sobre las relaciones internacionales egipcias del 1375 a. de J.C. Las escenas de los muros sepulcrales de Amarna publicadas por N. de G. Davies vinieron a corroborar y ampliar gran parte de los descubrimientos conseguidos en las excavaciones. Por último, en 1922, Amarna reveló aún más íntimos secretos de la vida y muerte en la corte de Ekhnatón. Nos referimos al sensacional descubrimiento realizado por Howard Cárter de la tumba intacta de Tut-Ankh-Amen, el más notable y valioso de todos los hallazgos egipcios. La tumba contenía muestras perfectamente conservadas de incontables artículos de mobiliario, jarrones, cofres, carros, armas, vestidos y objetos ceremoniales, muchos de ellos de oro y metales preciosos. También se descubrieron en ella recuerdos personales del rey niño, como un rizo de su abuela y una pequeña imagen en plata de su abuelo.
El resultado más espectacular de las excavaciones realizadas por George A. Reisner, de Harvard, en Gizeh y el Sudán, fue el descubrimiento de la tumba de la madre de Cheops (Kéops), constructor de la Gran Pirámide. Las excavaciones en el templo tebano de la reina Hatsehpsut, patrocinadas por el Museo
Metropolitano de Arte de Nueva York, proporcionaron la más valiosa colección egiptológica norteamericana. El Museo Metropolitano lanzó una serie de publicaciones entre las que figuraron numerosos volúmenes preparados por N. de G. Davies sobre las tumbas de los nobles tebanos. Además, el propio Davies facilitó traducciones de las inscripciones y exhaustivas descripciones de escenas relativas a muchos aspectos de la vida y cultura egipcias.
Por su parte, la señora Davies realizó trabajos similares para la Sociedad de Exploraciones Egipcias y para el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, fundado por James H. Breadsted. Esta entidad, quizá la mejor organizada para el estudio del hombre antiguo en el Próximo Oriente, mantuvo durante muchos años una o varias expediciones en Egipto. Una de ellas tuvo como misión copiar y publicar los relieves e inscripciones de los poderosos templos de Tebas, la capital imperial; otra se especializó en las tumbas del Imperio Antiguo, época de las pirámides; y una tercera realizó un reconocimiento arqueológico exhaustivo del valle del Nilo, siguiendo las huellas del hombre en Egipto hasta una época anterior a aquélla en que el gran Sahara engulló al África septentrional.
En 1939, Pierre Montet dirigió la expedición francesa que inició las excavaciones en la necrópolis real de Tanis, localizó las tumbas de varios reyes de la XXI y XXII dinastías, y otra, muy valiosa, perteneciente a un rey de cuya existencia no se tenían noticias. El descubrimiento de las tumbas y objetos funerarios de estos reyes, contemporáneos de David y Salomón, resultó de gran ayuda para los estudios bíblicos. Las sepulturas demostraron con toda claridad que Egipto había alcanzado un periodo de decadencia, aunque todavía era rico y poderoso en comparación con el reciente y pequeño reino que en aquel tiempo se estaba formando en Palestina.
En años posteriores fueron egipcios los arqueólogos que realizaron la mayoría de las excavaciones. Entre los principales descubrimientos merecen citarse: la calzada decorada que unía el Templo del Valle con la pirámide del rey Unis, primer faraón que hiciera inscribir en su tumba los famosos Textos de las Pirámides (el más antiguo ejemplo conocido de literatura religiosa); una vasta necrópolis de la I y II dinastías en Helouan al oriente del Niío (casi todas las grandes necrópolis estaban situadas en el lado occidental) y la identificación de la «pirámide inclinada» como obra del rey Snefru.
Otro importante descubrimiento (1954) fue el de la gigantesca barca solar del rey Cheops (Kéops) al sur de su importante tumba, la Gran Pirámide, en una cámara subterránea, donde había sido colocada 4500 años atrás.
Para más información ver: arqueología.
Ya en los tiempos napoleónicos, las excavaciones realizadas al azar habían revelado la existencia de considerables depósitos de interesantes y, con frecuencia, valiosísimas antigüedades. La arqueología se convirtió en una caza de tesoros y los anticuarios amasaron considerables fortunas. La gran mayoría de los objetos egipcios que atesoran hoy los museos de todo el mundo proceden de excavaciones realizadas sin supervisión ni control de ninguna clase. Es imposible calcular la pérdida que para el conocimineto científico representó este tipo dé excavaciones. El descuidado trato que recibieron los hallazgos acarreó la destrucción de muchos objetos frágiles y, probablemente, la pérdida irreparable de miles de papiros manuscritos.
Es probable que la expedición de Richard Lepsius fuera la primera en trabajar sobre una base científica en Egipto. En cuatro años (1842-46) la expedición reunió no sólo vastos folios de inscripciones cuidadosamente copiadas, sino también numerosos monumentos inscritos seleccionados principalmente a causa de su valor histórico. Todo ello sirvió de núcleo a la gran colección berlinesa.
Entre los sucesores de Champollion en la Escuela Francesa de Egiptología destacan Auguste Mariette, fundador del Museo de El Cairo e inspirador del libreto de la ópera Aída de Verdi, y Gastón Camille
Charles Maspero, que continuaba como director general del museo de Mariette en plena era de investigación científica moderna. Por último, el Service des Antiquités del Gobierno egipcio estableció limitaciones cada vez más rigurosas sobre las excavaciones e implantó una supervisión más adecuada de los monumentos. Estas medidas tendían a perseguir la excavación ilegal y considerar las antigüedades como legado público. El Instituto Francés de Arqueología Oriental, fundado por Napoleón en El Cairo, dirigió numerosas excavaciones y público cientos de volúmenes de memorias e inscripciones, desde las cultas de los templos a las desmañadas de albañiles y operarios.
En 1882 se fundaba en Londres el Fondo de Exploración Egipcia, al que aparecen vinculados la mayoría de los arqueólogos ingleses. Sir William Flinders Petrie fue el primero en advertir la importancia de la alfarería como medio de establecer una cronología estratigráfica. A él se debe igualmente el sistema de las fechas escalonadas, o por secuencias, aceptado umversalmente durante medio siglo para asignar fechas relativas a las culturas prehistóricas.
Las exploraciones de los arqueólogos alemanes en las proximidades de las pirámides de El Giza (Gizeh) y Abusir aumentaron considerablemente nuestro conocimiento sobre los lugares de enterramiento de los constructores de pirámides y sus contemporáneos. Ellos fueron también los iniciadores de las excavaciones de Tell el Amarna, capital del imperio egipcio durante un corto periodo de tiempo, bajo el «rey herético» Amenofis IV (Ekhnatón), esposo de la hermosa Nefertiti y suegro de Tut-Ánkh-Amen. Tales excavaciones, continuadas por los ingleses, ofrecen un cuadro detallado de una ciudad egipcia de hace 3300 años, con sus viviendas, villas y templos. Del mismo lugar proceden las Tablillas de Tell el Amarna, valiosa fuente de información sobre las relaciones internacionales egipcias del 1375 a. de J.C. Las escenas de los muros sepulcrales de Amarna publicadas por N. de G. Davies vinieron a corroborar y ampliar gran parte de los descubrimientos conseguidos en las excavaciones. Por último, en 1922, Amarna reveló aún más íntimos secretos de la vida y muerte en la corte de Ekhnatón. Nos referimos al sensacional descubrimiento realizado por Howard Cárter de la tumba intacta de Tut-Ankh-Amen, el más notable y valioso de todos los hallazgos egipcios. La tumba contenía muestras perfectamente conservadas de incontables artículos de mobiliario, jarrones, cofres, carros, armas, vestidos y objetos ceremoniales, muchos de ellos de oro y metales preciosos. También se descubrieron en ella recuerdos personales del rey niño, como un rizo de su abuela y una pequeña imagen en plata de su abuelo.
El resultado más espectacular de las excavaciones realizadas por George A. Reisner, de Harvard, en Gizeh y el Sudán, fue el descubrimiento de la tumba de la madre de Cheops (Kéops), constructor de la Gran Pirámide. Las excavaciones en el templo tebano de la reina Hatsehpsut, patrocinadas por el Museo
Metropolitano de Arte de Nueva York, proporcionaron la más valiosa colección egiptológica norteamericana. El Museo Metropolitano lanzó una serie de publicaciones entre las que figuraron numerosos volúmenes preparados por N. de G. Davies sobre las tumbas de los nobles tebanos. Además, el propio Davies facilitó traducciones de las inscripciones y exhaustivas descripciones de escenas relativas a muchos aspectos de la vida y cultura egipcias.
Por su parte, la señora Davies realizó trabajos similares para la Sociedad de Exploraciones Egipcias y para el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, fundado por James H. Breadsted. Esta entidad, quizá la mejor organizada para el estudio del hombre antiguo en el Próximo Oriente, mantuvo durante muchos años una o varias expediciones en Egipto. Una de ellas tuvo como misión copiar y publicar los relieves e inscripciones de los poderosos templos de Tebas, la capital imperial; otra se especializó en las tumbas del Imperio Antiguo, época de las pirámides; y una tercera realizó un reconocimiento arqueológico exhaustivo del valle del Nilo, siguiendo las huellas del hombre en Egipto hasta una época anterior a aquélla en que el gran Sahara engulló al África septentrional.
En 1939, Pierre Montet dirigió la expedición francesa que inició las excavaciones en la necrópolis real de Tanis, localizó las tumbas de varios reyes de la XXI y XXII dinastías, y otra, muy valiosa, perteneciente a un rey de cuya existencia no se tenían noticias. El descubrimiento de las tumbas y objetos funerarios de estos reyes, contemporáneos de David y Salomón, resultó de gran ayuda para los estudios bíblicos. Las sepulturas demostraron con toda claridad que Egipto había alcanzado un periodo de decadencia, aunque todavía era rico y poderoso en comparación con el reciente y pequeño reino que en aquel tiempo se estaba formando en Palestina.
En años posteriores fueron egipcios los arqueólogos que realizaron la mayoría de las excavaciones. Entre los principales descubrimientos merecen citarse: la calzada decorada que unía el Templo del Valle con la pirámide del rey Unis, primer faraón que hiciera inscribir en su tumba los famosos Textos de las Pirámides (el más antiguo ejemplo conocido de literatura religiosa); una vasta necrópolis de la I y II dinastías en Helouan al oriente del Niío (casi todas las grandes necrópolis estaban situadas en el lado occidental) y la identificación de la «pirámide inclinada» como obra del rey Snefru.
Otro importante descubrimiento (1954) fue el de la gigantesca barca solar del rey Cheops (Kéops) al sur de su importante tumba, la Gran Pirámide, en una cámara subterránea, donde había sido colocada 4500 años atrás.
Para más información ver: arqueología.
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