Cantidad de comida y bebida que una persona ingiere diariamente. Una dieta bien proporcionada debe comprender: alimentos o sustancias que produzcan la cantidad necesaria de energía; bebida, en forma de agua; vitaminas o sustancias complejas que ayuden a la adecuada utilización de los alimentos; ciertos elementos minerales indispensables en la realización de funciones específicas.
Véase Nutrición; Desnutrición; Hambre y apetito; Enfermedades carenciales; Adelgazamiento, Dietas y drogas de; Metabolismo; Digestión.
Por dieta básica se entiende la que proporciona la cantidad suficiente de estas materias para la conservación de la buena salud. Con ella, el individuo no experimenta ni mejoría ni empeoramiento en su estado físico. Una dieta será adecuada sr procura al individuo la cantidad apropiada de elementos dietéticos para que pueda realizar eficazmente todas las funciones propias de su edad y circunstancias. Esta dieta se diferencia, por tanto, de la anterior o básica en que contiene un exceso de las materias metabólicas indispensables. Esta abundancia de elementos ayuda al crecimiento en los jóvenes y estimula todas las funciones de la vida del adulto, incluida la sexual. Además, con ella se proporcionan al organismo las suficientes materias para aumentar la sensación de vigor y bienestar, característicos de una buena salud en cualquier edad. Es evidente que una dieta adecuada para un bebé sería del todo absurda para un niño en época de crecimiento. De igual modo la dieta adecuada para el hombre de edad avanzada no lo será para el que se encuentra en el pleno vigor de la juventud. Un régimen alimenticio adecuado para el verano o climas cálidos resultaría de todo punto inadecuado para el invierno o climas fríos. Finalmente, una dieta adecuada en condiciones de salud puede ser contraproducente en estado de enfermedad.
Los aspectos reales de la dietética resultan demasiado complejos para ser tratados en un breve artículo. Un hecho cabe señalar, sin embargo, y es que los habitantes de un país normalmente desarrollado, al satisfacer su apetito en cuanto a la cantidad, cubren sus necesidades en cuanto a las materias anteriormente mencionadas como indispensables en una dieta adecuada. Y ello porque los alimentos ordinarios contienen en abundancia todas esas sustancias. Sólo la escasez de una u otra variedad de alimentos puede provocar casos de dieta insuficiente. En tal insuficiencia pueden incurrir los individuos que se encuentran en difícil situación económica, los que a consecuencia de alguna enfermedad tienen estragado el gusto y los que, por ignorancia o por capricho, se entregan a restricciones absurdas. Esto último seguirá siendo cierto a despecho de lo que en contra puedan afirmar gratuitamente algunos fabricantes en su afán de ponderar las virtudes salutíferas de determinados productos. Toda persona sana que satisfaga libremente su apetito y que incluya en su dieta una cantidad razonable de fruta cruda, verduras, carne y productos lácteos (huevos, mantequilla y leche) puede estar segura de no ser víctima de ninguna enfermedad por insuficiencia dietética. Estos alimentos contienen hoy, como lo han contenido siempre a través de los tiempos, grandes cantidades de todas las vitaminas y sustancias accesorias de una dieta y las contienen por añadidura en las formas más convenientes. Las dietas artificiales son sumamente peligrosas, salvo en casos de personas enfermas y ello sólo bajo control médico.
Las sustancias energéticas se dividen químicamente en tres grandes grupos: proteínas, grasas e hidratos de carbono.
Los tres contienen carbono, oxígeno e hidrógeno; las proteínas contienen además nitrógeno. Ejemplo muy corriente de hidratos de carbono son los almidones y los azúcares. Las grasas se encuentran en las partes pingües de la carne, la mantequilla, la manteca y los aceites comestibles. Las proteínas, en fin, abundan en el magro de la carne y las claras de los huevos. Tanto los alimentos vegetales como los animales poseen por regla general todos estos principios alimenticios, aunque en proporciones muy distintas y raramente en estados físicamente separados. La carne contiene proteína y grasa en- estado en cierto modo separado en forma de vetas de grasa y vetas de magro. La carne magra fresca contiene además cierta cantidad de hidratos de carbono en forma de glucógeno o almidón animal. El pan, compuesto primordialmente de hidratos de carbono (almidón del trigo), contiene además una proteína vegetal llamada gliadina del trigo y alguna grasa vegetal. Las tres sustancias mencionadas —hidratos de carbono, proteínas y grasas— pasan por transformaciones químicas dentro del cuerpo, como la de la oxidación, que conducen a la liberación de la energía. Esta se libera por los tejidos del cuerpo en diferentes formas apropiadas a la clase particular del tejido. En última instancia, sin embargo, toda la energía del cuerpo degenera en definitiva en calor.
Las necesidades de proteínas, hidratos de carbono y grasas dependen fundamentalmente de la cantidad de calor que el cuerpo consuma en su propio mantenimiento, cantidad que varía con los diferentes grados de actividad, la edad y el medio ambiente. La unidad cuantitativa de medida de producción de calor es la llamada caloría grande. En condiciones de consumo mínimo de energía, el cuerpo animal despierto necesita extraer de los hidrocarbonos, proteínas y grasas la cantidad de energía suficiente para realizar funciones tan elementales como la circulación de la sangre, la respiración y cierta actividad muscular y glandular. Esta producción de energía mínima recibe el nombre de cantidad metabólica basal (v. Metabolismo basal). Aunque el ritmo del metabolismo difiere con el sexo y la edad, en una edad y sexo determinados guarda relación definida con la extensión superficial del cuerpo. Dada una edad, sexo, altura y peso conocidos, las exigencias de metabolismo basal en forma de calorías pueden ser determinadas matemáticamente con precisión extraordinaria.
Como es lógico, una persona normal necesita más energía de la que demandan los procesos mínimos vitales. En efecto, habrá menester de energía adicional para comer y digerir sus alimentos, sostener su actividad de trabajo o juego, conservar la temperatura del cuerpo inalterable frente al frío o el calor y, en fin, tratándose de menores, desarrollar su organismo. Estas necesidades de calorías complementarias no pueden calcularse exactamente porque cambian con los días, las estaciones y los años. Pero, como afortunadamente no son críticas, han podido confeccionarse tablas científicas en que se señalan con precisión las necesidades calóricas diarias. Estas tablas, por lo demás, fácilmente asequibles, muestran la cantidad de calorías que la experiencia considera suficientes para personas de edades diferentes y bajo diferentes climas y condiciones de actividad diversas. Un adulto de estatura y peso medios que consuma 2000 cal de energía diarias cuando realiza trabajos sedentarios, necesitará 3000 o más si ha de sostener un esfuerzo físico. Los niños precisan un número mucho mayor del que pudiera esperarse de su peso o estatura por la gran cantidad de energía empleada en el crecimiento. Por otra parte, los ancianos necesitan menos calorías que las personas de edad mediana al ser menor su actividad física.
Además de su contenido real en calorías, la dieta adecuada dependerá de la apropiada distribución de la energía calórica entre las tres clases de sustancias energéticas. Ello significa que ha de existir el apropiado equilibrio de proteínas, grasas e hidratos de carbono, equilibrio que afortunadamente deja un amplio margen para la variación.
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